Los Oscars (las nominaciones, la alfombra roja, la carrera hacia los Oscars) me la trae al pairo, como todos los premios cinematográficos, pero esta vez, por extrañas circunstancias, he acabado viendo tres películas que han sido ampliamente nominadas, dada la escasa competencia. Una de ellas batiendo incluso el récord histórico de nominaciones. Dos de ellas las vi de casualidad en una plataforma; con la tercera, cometí el grave error de ir a verla al cine. Mi disconformidad en el cine fue por varios factores: un asiento demasiado delantero, demasiados anuncios previos...Además, con el paso del tiempo se ha ido acrecentando mi hipocondría, de manera que no aguanto que se me siente un tipo al lado y se pase media película tosiendo.
En fin, hablemos de las películas, que es lo que toca en este espacio. La primera que vi fue One battle after another, la película de Paul Thomas Anderson, con Leonardo Di Caprio como estrella. La descarté en su momento del cine (demasiado hype, muchas cosas que hacer) y la vi en HBO. ¿De qué va la película? Veamos qué dicen Letterboxd y Filmaffinity.
Según Letterboxd:
Cuando su malvada némesis resurge después de 16 años, una banda de ex revolucionarios se reúne para rescatar a la hija de uno de los suyos.
Según Filmaffinity:
Un ex revolucionario, tras años apartado de la lucha, se ve obligado a volver a la acción para enfrentar a viejos enemigos en un ambiente cargado de política, racismo y violencia militar. Adaptación modernizada de "Vineland", de Thomas Pynchon (1990), sobre los movimientos radicales de los años sesenta.
Tengo que reconocer que, contra todo pronóstico, la película me gustó, la vi de una sentada, y eso que eran 161 minutos con la tentación del mando a distancia a mano. Una de dos, o el último Paul Thomas Anderson me gusta, o yo he envejecido con él. Como dije hace poco, desde Phantom Thread lo tolero más, incluso lo llego a disfrutar. Pasando por alto su tema, de mucha actualidad (militarización y contracultura en Estados Unidos), esta película presenta personajes histriónicos (Di Caprio en bata durante media película, como El Nota), situaciones delirantes, de mucha imaginación, rozando lo caricaturesco. Ese delirio seguramente está sacado de Pynchon, del que no he leído Vineland, pero sí algún otro libro, centrado en la concatenación caótica y alucinada de acontecimientos y personajes. Interesante película, en términos generales, que puede gozarse ampliamente y que incluso podrá interpretarse, pasado un tiempo, como una comedia definitoria de estos días.
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| Se ha hablado mucho de la mejor persecución de la historia, pero la película tiene otras virtudes. |
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| Maternidad y guerrilla. |
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| Benicio Del Toro interpreta a un profesor de karate implicado. |
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| Todas las escenas en torno al olvido de las contraseñas son geniales. |
Luego me acerqué a Sinners (Ryan Coogler), película que en su momento pasó completamente desapercibida en las salas de cine, al menos en España. La curiosidad me entró por las nominaciones, como es lógico. Ya se sabe, los Oscars como recurso publicitario, pero también como aviso para ponerse a la defensiva. La sinopsis, según Filmaffinity, es la siguiente:
Tratando de dejar atrás sus problemáticas aunque exitosas vidas en Chicago, dos hermanos gemelos (Jordan) regresan a su pueblo natal para empezar de nuevo montando un club de blues, solo para descubrir que un mal aún mayor les espera para darles la bienvenida.
La película es buena, se deja ver hasta cierto punto, pero no es ni mucho menos para ser la más nominada de la historia, signifique eso lo que signifique. Aúna el espíritu de Get Out de Jordan Peele con toques más de género, en una de esas mixturas que tanto hacen las delicias de ciertos críticos y espectadores (no es mi caso).
La película tiene una primera hora realmente buena, muy bien ambientada (años 30, bajo Mississippi, campos de algodón, interminables paisajes y maravillosos cielos), con una excelente fotografía, un ritmo pausado y un acompañamiento constante de música blues. El camino de los gemelos para reclutar a sus músicos recuerda, salvando las distancias, a la búsqueda de los samuráis de Kurosawa. Hay un misterio envolvente en torno a esos dos gemelos, interpretados ambos por Michael B. Jordan. Aunque, siendo sinceros, no estamos ante Dead Ringers: los gemelos apenas se diferencian en cuanto a carácter, cuesta descubrir cuándo Michael B. Jordan interpreta a uno o a otro. De pronto la película cambia, con un deus ex machina en toda regla, y deriva en otra cosa, completamente distinta, que a mí particularmente se me hizo demasiado larga.
SPOILER. La escena que marca el cambio se supone una de las más artísticas de la película, una en la que la canción blues que canta el talentoso músico joven sirve para convocar a músicos del pasado y del futuro. En manos de otro director más virtuoso en lo visual, esa escena hubiera sido más emocionante sensorialmente, no solo de forma conceptual. A mí en particular me despertó un poco de vergüenza ajena. Luego la película deriva, según las interpretaciones simbólicas que abundan en internet, en una metáfora de la apropiación cultural, bajo la forma de una película de género. Sin duda es un tema que en Estados Unidos cala mucho actualmente, pero que no funciona tanto para el resto del mundo, sin un presente tan racista.
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| El plano inicial de la película. |
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| Otro momento de la escena inicial. La película se articula como un flashback. |
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| A alguno le llovió una buena en internet por comparar esta película con otra de los noventa (pero tenía razón). |
Finalmente vi Marty Supreme, esta en el cine. Grave error, como he señalado. ¿De qué va esta película? Letterboxd dice lo siguiente: Marty Mauser, un joven hombre con un sueño que nadie respeta, desciende al infierno y vuelve en busca de la grandeza. La verdad que no dice mucho esta sinopsis, y la de Filmaffinity menos. La película trata de un joven jugador de ping-pong en el Nueva York de los años cincuenta, que no duda en pasar por encima de todo el mundo, timando a unos y a otros y metiéndose en mil líos, para conseguir el dinero necesario para ir a los campeonatos del mundo. Es una película de Josh Safdie (la primera que veo de él), para lucimiento de Timothée Chalament (también productor).
La película se presenta como un falso biopic de un jugador auténtico, un biopic deportivo, pero con un tramo intermedio más centrado en las andanzas de un joven ratero, manipulador y embaucador, un poco a lo Leonardo Di Caprio en Atrápame si puedes. Lo mejor, lo único salvable bajo mi punto de vista, son los momentos deportivos que dan inicio y cierre a la película, puesto que las peripecias centrales llegan a ser reiterativas y exasperantes. Tuve la tentación en algún momento de cerrar los ojos o de marcharme directamente de la sala, con eso lo digo todo (también el tío tosiendo al lado contó lo suyo). El recurso abusivo al primer plano, el montaje movido, privilegiando el ritmo sobre la imagen, son recursos que más bien suplen una ambientación general quizá no tan cuidada como aparenta, o quizá también un raccord no demasiado riguroso (tendría que volver a verla para analizarlo más en detalle).
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| Uno de los pocos planos generales de la película. |
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| Desde mi punto de vista (de forma inesperada), lo mejor son las escenas del ping-pong. Lo demás...en fin. |
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| A veces es desesperante cómo pretende pasar por comedia. Lo consigue en contadas ocasiones, pero no lo explota al máximo, con esa tendencia norteamericana a la comedia más verbal que visual. |
La película intenta acercarse al nervio de algunas películas de Scorsese, a After hours o incluso al Lobo de Wall Street, con un personaje desagradable, engreído e insoportable, al que dan ganas de abofetear constantemente, una cara B del sueño americano, que aun así parece salirse siempre con la suya. Tiene escenas copiadas literalmente de The Hustler y su secuela El color del dinero, pero quizá con una energía más caótica (alejadísima, claro está, de la mesura literaria de Robert Rossen). Pero, ya digo, me recordó más bien al tramo central de Anora, redundante en torno al vacío, con ese recurso tan habitual del cine norteamericano al griterío, a la verborrea avasallante, como si fuese una película que te está gritando al oído durante dos horas y media. Lo único salvable, como decía, son los momentos deportivos, que, aun entrando dentro de la lógica predecible de las películas de deportes, tienen su gracia, sobre todo por el personaje del calmado japonés. En el fondo, me quedé con más ganas de partidas de ping-pong que de peripecias newyorquinas, ya mil veces vistas en películas del pasado, con tiros, mafiosos, estafas... Lo de siempre. Si uno deja de lado toda la panoplia publicitaria que ha rodeado a esta película, sobre todo con la promoción de Chalamet (en su habitual línea anodina en esta película, aunque más sobreactuado que de costumbre), solo cabe definirla como exasperante.







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