sábado, 31 de enero de 2026

ALGUNAS PELÍCULAS QUE COMPITEN POR LOS OSCARS

Los Oscars (las nominaciones, la alfombra roja, la carrera hacia los Oscars) me la trae al pairo, como todos los premios cinematográficos, pero esta vez, por extrañas circunstancias, he acabado viendo tres películas que han sido ampliamente nominadas, dada la escasa competencia. Una de ellas batiendo incluso el récord histórico de nominaciones. Dos de ellas las vi de casualidad en una plataforma; con la tercera, cometí el grave error de ir a verla al cine. Mi disconformidad en el cine fue por varios factores: un asiento demasiado delantero, demasiados anuncios previos...Además, con el paso del tiempo se ha ido acrecentando mi hipocondría, de manera que no aguanto que se me siente un tipo al lado y se pase media película tosiendo. 

En fin, hablemos de las películas, que es lo que toca en este espacio. La primera que vi fue One battle after another, la película de Paul Thomas Anderson, con Leonardo Di Caprio como estrella. La descarté en su momento del cine (demasiado hype, muchas cosas que hacer) y la vi en HBO. ¿De qué va la película? Veamos qué dicen Letterboxd y Filmaffinity. 

Según Letterboxd: 

Cuando su malvada némesis resurge después de 16 años, una banda de ex revolucionarios se reúne para rescatar a la hija de uno de los suyos. 

Según Filmaffinity: 

Un ex revolucionario, tras años apartado de la lucha, se ve obligado a volver a la acción para enfrentar a viejos enemigos en un ambiente cargado de política, racismo y violencia militar. Adaptación modernizada de "Vineland", de Thomas Pynchon (1990), sobre los movimientos radicales de los años sesenta. 

Tengo que reconocer que, contra todo pronóstico, la película me gustó, la vi de una sentada, y eso que eran 161 minutos con la tentación del mando a distancia a mano. Una de dos, o el último Paul Thomas Anderson me gusta, o yo he envejecido con él. Como dije hace poco, desde Phantom Thread  lo tolero más, incluso lo llego a disfrutar. Pasando por alto su tema, de mucha actualidad (militarización y contracultura en Estados Unidos), esta película presenta personajes histriónicos (Di Caprio en bata durante media película, como El Nota), situaciones delirantes, de mucha imaginación, rozando lo caricaturesco. Ese delirio seguramente está sacado de Pynchon, del que no he leído Vineland, pero sí algún otro libro, centrado en la concatenación caótica y alucinada de acontecimientos y personajes. Interesante película, en términos generales, que puede gozarse ampliamente y que incluso podrá interpretarse, pasado un tiempo, como una comedia definitoria de estos días. 

Se ha hablado mucho de la mejor persecución de la historia, pero la película tiene otras virtudes.

Maternidad y guerrilla. 

Benicio Del Toro interpreta a un profesor de karate implicado. 

Todas las escenas en torno al olvido de las contraseñas son geniales. 


Luego me acerqué a Sinners (Ryan Coogler), película que en su momento pasó completamente desapercibida en las salas de cine, al menos en España. La curiosidad me entró por las nominaciones, como es lógico. Ya se sabe, los Oscars como recurso publicitario, pero también como aviso para ponerse a la defensiva. La sinopsis, según Filmaffinity, es la siguiente: 

Tratando de dejar atrás sus problemáticas aunque exitosas vidas en Chicago, dos hermanos gemelos (Jordan) regresan a su pueblo natal para empezar de nuevo montando un club de blues, solo para descubrir que un mal aún mayor les espera para darles la bienvenida.

La película es buena, se deja ver hasta cierto punto, pero no es ni mucho menos para ser la más nominada de la historia, signifique eso lo que signifique. Aúna el espíritu de Get Out de Jordan Peele con toques más de género, en una de esas mixturas que tanto hacen las delicias de ciertos críticos y espectadores (no es mi caso). 

La película tiene una primera hora realmente buena, muy bien ambientada (años 30, bajo Mississippi, campos de algodón, interminables paisajes y maravillosos cielos), con una excelente fotografía, un ritmo pausado y un acompañamiento constante de música blues. El camino de los gemelos para reclutar a sus músicos recuerda, salvando las distancias, a la búsqueda de los samuráis de Kurosawa. Hay un misterio envolvente en torno a esos dos gemelos, interpretados ambos por Michael B. Jordan. Aunque, siendo sinceros, no estamos ante Dead Ringers: los gemelos apenas se diferencian en cuanto a carácter, cuesta descubrir cuándo Michael B. Jordan interpreta a uno o a otro. De pronto la película cambia, con un deus ex machina en toda regla, y deriva en otra cosa, completamente distinta, que a mí particularmente se me hizo demasiado larga. 

SPOILER. La escena que marca el cambio se supone una de las más artísticas de la película, una en la que la canción blues que canta el talentoso músico joven sirve para convocar a músicos del pasado y del futuro. En manos de otro director más virtuoso en lo visual, esa escena hubiera sido más emocionante sensorialmente, no solo de forma conceptual. A mí en particular me despertó un poco de vergüenza ajena. Luego la película deriva, según las interpretaciones simbólicas que abundan en internet, en una metáfora de la apropiación cultural, bajo la forma de una película de género. Sin duda es un tema que en Estados Unidos cala mucho actualmente, pero que no funciona tanto para el resto del mundo, sin un presente tan racista. 


El plano inicial de la película. 


Otro momento de la escena inicial. La película se articula como un flashback. 

A alguno le llovió una buena en internet por comparar esta película con otra de los noventa (pero tenía razón). 



Finalmente vi Marty Supreme, esta en el cine. Grave error, como he señalado. ¿De qué va esta película? Letterboxd dice lo siguiente: Marty Mauser, un joven hombre con un sueño que nadie respeta, desciende al infierno y vuelve en busca de la grandeza. La verdad que no dice mucho esta sinopsis, y la de Filmaffinity menos. La película trata de un joven jugador de ping-pong en el Nueva York de los años cincuenta, que no duda en pasar por encima de todo el mundo, timando a unos y a otros y metiéndose en mil líos, para conseguir el dinero necesario para ir a los campeonatos del mundo. Es una película de Josh Safdie (la primera que veo de él), para lucimiento de Timothée Chalament (también productor). 

La película se presenta como un falso biopic de un jugador auténtico, un biopic deportivo, pero con un tramo intermedio más centrado en las andanzas de un joven ratero, manipulador y embaucador, un poco a lo Leonardo Di Caprio en Atrápame si puedes. Lo mejor, lo único salvable bajo mi punto de vista, son los momentos deportivos que dan inicio y cierre a la película, puesto que las peripecias centrales llegan a ser reiterativas y exasperantes. Tuve la tentación en algún momento de cerrar los ojos o de marcharme directamente de la sala, con eso lo digo todo (también el tío tosiendo al lado contó lo suyo). El recurso abusivo al primer plano, el montaje movido, privilegiando el ritmo sobre la imagen, son recursos que más bien suplen una ambientación general quizá no tan cuidada como aparenta, o quizá también un raccord no demasiado riguroso (tendría que volver a verla para analizarlo más en detalle). 

Uno de los pocos planos generales de la película. 

Desde mi punto de vista (de forma inesperada), lo mejor son las escenas del ping-pong. Lo demás...en fin. 

A veces es desesperante cómo pretende pasar por comedia. Lo consigue en contadas ocasiones, pero no lo explota al máximo, con esa tendencia norteamericana a la comedia más verbal que visual. 


La película intenta acercarse al nervio de algunas películas de Scorsese, a After hours o incluso al Lobo de Wall Street, con un personaje desagradable, engreído e insoportable, al que dan ganas de abofetear constantemente, una cara B del sueño americano, que aun así parece salirse siempre con la suya. Tiene escenas copiadas literalmente de The Hustler  y su secuela El color del dinero, pero quizá con una energía más caótica (alejadísima, claro está, de la mesura literaria de Robert Rossen)Pero, ya digo, me recordó más bien al tramo central de Anora, redundante en torno al vacío, con ese recurso tan habitual del cine norteamericano al griterío, a la verborrea avasallante, como si fuese una película que te está gritando al oído durante dos horas y media. Lo único salvable, como decía, son los momentos deportivos, que, aun entrando dentro de la lógica predecible de las películas de deportes, tienen su gracia, sobre todo por el personaje del calmado japonés. En el fondo, me quedé con más ganas de partidas de ping-pong que de peripecias newyorquinas, ya mil veces vistas en películas del pasado, con tiros, mafiosos, estafas... Lo de siempre. Si uno deja de lado toda la panoplia publicitaria que ha rodeado a esta película, sobre todo con la promoción de Chalamet (en su habitual línea anodina en esta película, aunque más sobreactuado que de costumbre), solo cabe definirla como exasperante.  

miércoles, 21 de enero de 2026

SENTIMENTAL VALUE (JOACHIM TRIER, 2025)

Sentimental Value tiene algunas de las cosas que me gusta encontrar en una película. Por ejemplo, la mezcla de ficción y de realidad, el oficio de la interpretación, el peso del pasado, el cine dentro del cine o el drama familiar. Es una película, como tantas otras, de ver la vida pasar, aquellas en las que me encuentro más a gusto. Pero no por ello Trier renuncia a cierta concepción visual muy personal, como llega a decir en algún momento de la película el personaje interpretado por Stellan Skarsgård. Su película no es, ni mucho menos, como tantos otros productos audiovisuales actuales, que tan poco se diferencian de una serie. Es una película que, además, recomiendo ver sin leer nada sobre ella (ni siquiera lo que viene a continuación). 

Un bonito juego de colores. 


En su película hay alguna pullita a Netflix (como en la última de Moretti) y también algo de tremendismo nórdico, con la afición de estos por el drama depresivo, tan a lo Bergman. Pero es una película que te convence desde el principio, desde la primera escena, en la que la cámara desmenuza en cortos travellings la casa familiar, el auténtico protagonista silencioso de la película. 

¡Qué casa! Es bonita, pero también da un poco de miedo. 


Es también una película que confía plenamente en la potencia de los intérpretes, en su aura, como se diría ahora.  Stellan Skarsgård y, no en menor medida, Renate Reinsve tienen la capacidad para conducirnos al lugar que desean. Con la expresión no solo del rostro, no solo con la dicción, sino con todo el cuerpo, especialmente ella. Es, en efecto, un ejercicio de manipulación, pero sin tantas trampas como las que emplean otros cineastas contemporáneos. Lo que consigue Reinsve es algo muy notable, rozando la excelencia.  

Por no hablar de Inga Ibsdotter Lilleaas. 


También es una película que habla, como ya lo hacía La peor persona del mundo, de cierto encorsetamiento moralista de la sociedad y la cultura actual. El personaje de Skarsgård es una especie de viejo rockero, que no duda en regalar a su pequeño nieto películas tan poco educativas como La pianista o Irreversible (una pequeña broma cinéfila de Trier). Es un personaje que, aun fuera de lugar y siendo todo un desastre como padre, se sale con la suya.

¡Vaya recomendaciones para un niño! 

 

Uno revisa la lista que ofreció Trier de sus películas favoritas, a propósito de la encuesta de Sight and Sound en 2022, y encuentra algunos referentes que aparecen aquí y allá en la película. Ocho y medio, con ese cine dentro del cine y de película en proceso, e incluso con los desdoblamientos entre actriz y personaje real al que hace referencia; Persona, con ese retrato de la depresión tan nórdico, e incluso con la icónica superposición de rostros de la película de Bergman; El espejo, con esa escena del recuerdo de la naturaleza vista desde el interior de la casa, un auténtico calco visual de alguna escena de la película de Tarkovski; e incluso Annie Hall, dadas las soluciones musicales de algunas escenas. De todas maneras, estas referencias no son nunca demasiado obvias, sino que aparecen integradas en una trama que ya no tiene la dispersión de La peor persona del mundo

El tema, ya un poco trillado, del genio anciano y desorientado que reevalúa su vida. 


En fin, me ha gustado. He salido satisfecho del cine, algo que no sucedía tras los últimos bodrios consumidos. Y por qué no decirlo, me ha emocionado. Ha tocado algunos puntos que me han resultado sensibles: la relación de las hermanas o el paso del tiempo por la casa. Emociones conseguidas con efectos simplemente interpretativos o de montaje y puesta en escena. Ya sé que esto no es una crítica, pero ya se sabe: aquí no se sirven críticas, sino experiencias de espectador. Ciao!

Una película (también) sobre la vida. 

viernes, 16 de enero de 2026

LA VALÈNCIA DE AYER

Ayer falleció Ricard Pérez Casado, alcalde de València entre 1979 y 1989. Mis primeros seis años de vida coincidieron con su mandato, del que apenas tengo memoria, como es lógico. Sí recuerdo a su sucesora, Clementina Ródenas, también del PSPV. Después vinieron los largos años de Rita Barberá, continuados por los de Joan Ribó y los de la actual María José Catalá. No recuerdo a Pérez Casado, pero sí recuerdo su València, la València en que nací, aunque de forma un tanto nebulosa, como a ráfagas.  

De niño era fan de algunos políticos que salían por la tele. Me gustaba el vocabulario que empleaban y que hablasen sin decir nada. Esa verborrea me fascinaba, aunque no la entendiera. Esa pasión por los políticos no despertó en mí hasta los años noventa, de forma que a Pérez Casado no lo tenía en mi lista. Sí en cambio a Alfonso Guerra, uno de mis favoritos en la política nacional, quizá por el acento andaluz o por las gafotas, que entonces yo todavía no llevaba. Recuerdo que se dirigía muchas veces a los descamisaos, sin saber yo muy bien quién era esa gente que no llevaba camisa o camiseta. Eran años muy andaluces, había cierta andaluz-manía en el ambiente: desde Felipe hasta la Expo 92, pasando por Gazpacho, uno de los fruitis que hablaba con acento andaluz.  

De entre los políticos internacionales, Mijaíl Gorbachov era mi preferido, sin lugar a dudas. De Gorbachov tenía la teoría personal de que la mancha de su calva reproducía exactamente (islas incluidas) el mapa de la URSS, en un rojo comunista. También me gustaba un poco François Mitterrand, pero por el simple hecho de que se parecía a mi abuelo, aunque con una cara un poco más estirada, más francesa. Eran años de consumir mucha televisión. En realidad yo era un niño de ciudad, apenas salía a la calle tras el colegio, había muchos coches y casas a las que no había que acercarse demasiado, de manera que mis hábitos eran domésticos. Se podría decir que la televisión era una especie de ventana abierta al mundo al modo albertiano, pero en la que se colaba lo bueno y lo malo. La televisión estaba encendida a todas horas, en todas las casas. Había mucha basurilla, telenovelas (mi abuela era fan de Falcon Crest), programas subidos de tono, humor tonto y personajes recurrentes, como Ruíz Mateos o Jesús Gil, pero también muchísimos dibujos animados, muchos de ellos con ciertos dejes sexistas que entonces asumíamos como normales. Por ejemplo, Ranma 1/2, que me encantaba y me hacía madrugar en fin de semana. Así salimos los de nuestra generación (y ahora nos quejamos de la adicción al móvil de los más jóvenes...). 

Lo de Pérez Casado fue en la década anterior, los ochenta, de la que apenas guardo recuerdos. Visto en perspectiva, gracias a su labor como alcalde, ya pude nacer (por un mes) en una ciudad sin la estatua ecuestre de Franco en la plaza del Ayuntamiento, por entonces Plaça del País Valencià (nombre mucho más bonito, la verdad). Aquella València era un especie de pueblo grande que se desperezaba al sol, después de muchos años de abandono.  ¿Cómo había transformado la ciudad Pérez Casado? Supongo que la València que recibió era una ciudad que había atravesado una larga noche, la del franquismo. València había sido territorio redimido, y había pagado las consecuencias. Mucho más que Madrid, por supuesto, pero también más que Barcelona, al no contar con una burguesía tan potente. El centro histórico todavía no se había recuperado de las cicatrices de la riuà del 57. Las casas se derrumbaban por sí solas. También eran los años de la fiebre automovilística. Había coches incluso en las calles más estrechas e insospechadas, como pequeñas termitas excavando sus propios túneles en una ciudad olvidada. Los edificios históricos estaban ennegrecidos por la contaminación. En esa tendencia, favorable al motor y la velocidad, se quitaron en los sesenta los tranvías y, una vez construido el Plan Sur, se pensaba hacer del cauce viejo del Turia una autopista para comunicar la salida de Barcelona con la de Madrid. La valentía vecinal, y la labor de Pérez Casado el frente de la alcaldía, impidió tal salvajada, comenzando durante su mandato el cambio hacia una ciudad más verde. 

En los barrios periféricos, emergían bloques de viviendas entre la huerta, arrinconándola y cercándola poco a poco. Eran los ejemplos del desarrollismo, pero también de los primeros años de la Transición, en los que se siguió construyendo con idéntico furor caótico. En muchos de estos barrios, los edificios precedían al asfaltado de las calles. Había zonas por las que apenas se podía transitar: todo eran tapias, naves abandonadas, talleres falleros, callejones en los que se entremezclaba el olor a higuera con el de los orines. Había mucha infravivienda y casas ocupadas. Por drogatas, sidosos, gitanos, mala gent. En aquellas observaciones o advertencias se unía el racismo con los temores de clase, pero, vista con cierta objetividad, València era una ciudad sucia y dejada, como si hubiese pasado por una guerra o por un tornado (y en gran parte era verdad). Igualmente era una ciudad también luminosa, bella a su manera. No había tanto postureo, o al menos yo no lo percibía, sino ademanes más populares. En el Mercat Central, cuando acompañaba a mi madre o a mi abuela, o en las tiendas de telas de la Avinguda de l'Oest, sentía que los comerciantes y las vendedoras las trataban como si las conocieran de toda la vida, cosa que a mí me hacía feliz. Fue un shock descubrir que trataban así a todo el mundo, porque esa era la forma popular y familiar de tratar al cliente.  

Seguramente Pérez Casado dejó en 1989 una ciudad todavía decrépita y abandonada en muchos aspectos (yo lo vi), pero dio los pasos necesarios para los cambios que vendrían después: la conversión del cauce del Turia en un jardín continuo, la protección de El Saler, la construcción del primer carril bici, el IVAM,  la construcción del metro, unas fallas municipales nuevas y frescas...Para mí aquella València era una ciudad distante (València era el centro) y cercana al mismo tiempo, un lugar que atravesar con mil ojos si ibas solo, pero también un espacio ilimitado, bañado por el sol, que se ramificaba hacia el norte en mil caminos de huerta. Muchos detalles de la València actual todavía me remiten a aquel pasado, recordándome que, con su dejadez consciente y su sensualidad, València es una ciudad plenamente mediterránea. 


lunes, 8 de diciembre de 2025

YI YI (EDWARD YANG, 2000) O LA VIDA

La entrada de hoy va a ser especialmente breve. No pretendo distraer la atención con análisis sesudos de la película, pues todo lo que no sea ponerse a verla ahora mismo es perder el tiempo. Como se dice en un determinado momento de la película, el cine nos hace vivir la vida de forma tres veces más intensa. En Yi Yi esa afirmación tiene un valor especial, sabiendo el propio Yang que iba a ser su última película. 

Yi Yi empieza con una boda. Y con unos globos, que reaparecerán más tarde.


Yi Yi es la vida, como también lo fue su precedente más claro, Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu. Ambas películas podrían encuadrarse dentro de la categoría de dramas familiares, pero de baja intensidad. No hay nada, o casi nada, que escape a lo que una familia puede de normal experimentar. Celebraciones, amores, desilusiones, pequeñas decepciones y nuevas esperanzas, el simple discurrir de una generación tras otra. 

La curiosidad del niño...

...y los dilemas del padre.

Lo reconozco: me gustan las películas de interiores domésticos. Especialmente si son desordenados, con vida. 

La hija adolescente espera su turno para entrar en el ciclo de amores de la vida.


Mi amor incondicional por esta película no fue uno a primera vista. En su momento, cuando la vi por primera vez, hará casi veinte años, me pareció lenta y plana. No había vivido suficiente, esa era la razón de mi incomprensión. 


La relación entre la abuela y la nieta. Los lazos más estrechos a veces se saltan una generación.


En su fondo, la película habla del carácter cíclico de la vida. Quizá un instinto animal latente, el de la mera perpetuación de la especie, incita a repetir códigos inconscientes. Esas repeticiones se hacen explícitas en una secuencia muy elocuente, en la que se emplea el montaje paralelo. Toda la película está construida sabiamente desde el guion, iniciando de la misma manera que acaba, empleando los raccords sonoros y visuales para enlazar escenas, en alguna ocasión de forma bastante llamativa. Otro de sus puntos fuertes es la construcción de los planos. Estos ofrecen el máximo de información, aprovechando los reflejos de ventanas y escaparates para introducir en el plano el fuera de campo. Porque, en realidad, esta película es una invitación a hacernos ver lo que de normal no podemos ver. 

Dentro y fuera. Un recurso habitual de Edward Yang. 


martes, 2 de diciembre de 2025

DIEZ CAPÍTULOS DE LOS SIMPSON

Los Simpson marcaron mi niñez y mi adolescencia, y aún hoy siguen formando parte de mis referencias diarias, casi de forma preocupante. Aquí va una selección de diez capítulos, los diez primeros que me han venido a la cabeza, todos ellos pertenecientes a la edad de oro, entre 1993 y 1997. 


10. A Star is Burns, 5 de marzo de 1995 Dir: Susie Dietter, Guion: Ken Keeler. 

Springfield acoge un festival de cine, en el que la superproducción de Montgomery Burns y el cortometraje de autor de Barney Gumble se disputan el primer premio. 

La superproducción de Burns parodia, entre otras, a Ben Hur

No llores por mí, ya estoy muerto.


9. Bart of Darkness, 4 de septiembre de 1994, Dir: Jim Reardon, Guion: Dan McGrath. 

Bart sufre un accidente en la piscina portátil del jardín y, obligado a permanecer escayolado en su habitación, desarrolla patologías al mismo tiempo que intenta resolver la misteriosa desaparición de Maude Flanders. 

Todo el capítulo es una parodia de La ventana indiscreta.


Bart es especialmente misántropo en este capítulo. ¡Incluso escribe una obra de teatro!




8. Mother Simpson, 19 de noviembre de 1995, Dir: David Silverman, Guion: Richard Appel.

Homer se reencuentra con su madre, en paradero desconocido desde 1969. 

Homer de nuevo acaba abandonado, en un bello plano final. 

En cambio, el peinado de Johnny Unitas sí que inspira confianza. 


7. Raging Abe Simpson and His Grumbling Grandson in "The Curse of Flying Hellfish", 28 de abril de 1996, Dir: Jeffrey Lynch, Guion: Jonathar Collier.  

Bart descubre que el Abuelo pertenece a una hermandad de excombatientes, creada en la II Guerra Mundial en torno a un tesoro artístico robado en Europa. 

...es otra forma de matar a un hombre, pero es tan intrincada y precisa como una estudiada partida de ajedrez.

El cuadro en torno al cual gira el misterio es una pintura de Rafael. 



Finalmente el caprichoso heredero alemán se queda con la obra de arte. 

6. You Only Move Twice, 3 de noviembre de 1996, Dir: Mike B. Anderson, Guion: John Swartzwelder. 

Homer tiene un nuevo jefe, el súpervillano Hank Scorpio, y toda la familia se muda a un lujoso barrio residencial. 

Homer cumple su sueño: comprar el sombrero del entrenador de fútbol americano Tom Landry. 

Hank Scorpio intenta torturar a James Bond (caricatura de Sean Connery).


5. The Mysterious Voyage of Homer, 5 de enero de 1997, Dir: Jim Reardon, Guion: Ken Keeler.

Homer se pasa con el chile y sufre una alucinación mística en la que se encuentra con su espíritu-guía. 

En su viaje de peyote/chile, Homer se encuentra con un coyote (en el original, con la voz de Johnny Cash)

Serpientes gigantes, pirámides, desierto...

La realidad empieza a distorsionarse una vez Homer ingiere el chile de Quetzeltenango, cultivado en un manicominio guatemalteco. 

Uno de los capítulos más atrevidos en el plano formal. 


4. The Springfield Files, 12 de enero de 1997, Dir: Steven Dean Moore, Guion: Reid Harrison.

Los agentes Mulder y Scully llegan a Springfield a desvelar el misterio que rodea a un extraño personaje resplandeciente que aparece todas las noches de sábado. 

Aquella noche, en el club de caballeros...

Caricatura de Gillian Anderson y David Duchovny, entonces la pareja de moda. 

Leonard Nimoy presenta el episodio. 

Los agentes someten a Homer a todo tipo de pruebas: de resistencia, del polígrafo...


3. Homer the Great, 8 de enero de 1995, Dir: Jim Reardon, Guion: John Swartzwelder. 

Homer es elegido el líder supremo de la orden masónica de los Canteros. 

Sutil homenaje a El último emperador. 

Homer, el líder supremo abandonado, se divierte recreando la batalla de Gettysburg con monos. 

Homer jura respetar el pergamino sagrado (luego lo utilizará como servilleta). 

Who keeps the metric system down? We do! We do!



2. $pringfield (or How I Learned to Stop Worrying and Love Legalized Gambling), 16 de diciembre de 1993, Dir: Wes Archer, Guion: Bill Oakley & Josh Weinstein. 

Montgomery Burns abre un casino en Springfield. 


Smithers, he diseñado un nuevo avión, le llamaré Alce Pulcro y trasladará a 200 pasajeros desde el aeropuerto de Nueva York al Congo belga en 17 minutos!  (Burns como Howard Hughes)

Homer recrea cómo fue el pleno municipal en el que Marge, según él, se opuso a la apertura del casino. 

Lisa, completamente desatendida, luce este infame disfraz de Florida en la gala de la escuela. ¡Yo soy Idaho!

Cameo de Dustin Hoffman y Tom Cruise, recreando la película Rain man


1. Last Exit to Springfield, 11 de marzo de 1993, Dir: Mark Kirkland, Guion: Jay Kogen y Wallace Wolodarsky. 

Homer se convierte en líder sindical y convoca una huelga en la central nuclear. 


¡Romped átomos!

Lisa in the sky with diamonds

mmm...el sindicato del crimen...(homenaje a El Padrino II)

El increíble libro de la sonrisa británica.