viernes, 6 de febrero de 2026

LA LONGUE DURÉE

Una tendencia del cine actual es la larga duración. Las películas actuales tienden a exasperar al espectador con duraciones abultadas, quizá por influencia de las series y su tendencia a la falta de síntesis y al relleno. Además, actualmente esa larga duración viene aderezada, en muchos casos, con una voluntad de sorpresa constante. Ya no se busca el mensaje ambiguo, el final abierto, sino la sorpresa desconcertante, el momento WTF del que se hablaba en Il sol dell'avvenire de Moretti. 

Este artículo está inspirado por la larga duración de las películas que recientemente he visto en el cine o en la tele. One battle after another, de Paul Thomas Anderson, dura 2h42m, nada menos. Marty supreme, 2h29m, y Sinners, 2h17m. En todas ellas la sensación es que sobra metraje. Se podría haber utilizado el recurso de la elipsis, hoy casi se diría que en desuso, para aliviar así el suplicio del espectador, en especial en Marty Supreme, aquella de las tres que va más a la deriva. Un precedente claro, en cuanto a cine norteamericano que va de culto, es Anora: 2h19m. 

Vayamos ahora con algunos ejemplos históricos. Es fácil sacar a colación mastodontes como Shoah (9h26m) o Satántangó (7h19m), obras maestras en lo suyo, pero que solo permiten un visionado fraccionado en dvd (sí, todavía tengo dvd, ¡y a mucha honra!). Sus revalorizaciones recientes, como también la de Jeanne Dielman, 23 quai de commerce, 1080 Bruxelles (3h21m), se deben a la benignidad del mando a distancia, que permite apretar pause e ir al baño, incluso dosificar estas películas en varios días (o semanas). Yo lo he hecho y me parece que cualquier persona normal lo haría. No se es menos cinéfilo por tener vida más allá del cine. 

Pero estas películas anteriores, sobre todo la de Tarr y la de Akerman, son de aquella clase que pone a prueba la paciencia del espectador, con planos secuencia larguísimos. La de Lanzmann, por contra, invita a su dosificación por su dureza, no tanto mostrada directamente como aludida. Hay otras películas, algunas de ellas entre mis predilectas, que también incurren en el problema de la larga duración, incluso algunas de ellas también en el de la dispersión. Pienso en La dolce vita o en La aventura, dos obras maestras del cine italiano que suscitaron en su momento condenas y bostezos. La de Fellini con 2h56m (se quedó a gusto) y la de Antonioni con 2h24m, un poco por detrás, pero no menos a la zaga en cuanto a digresión. En particular, la obra de Fellini tiende a la larguísima duración: Ocho y medio (2h20min), Roma (2h08min), Il Casanova (2h35m)... Sorrentino, emulando a sus maestros, se quedó también a gusto con sus 2h22m en La Grande Bellezza. 

Por encima de estas se encuentra Los siete samuráis, con sus 3h27m, o las de Edward Yang (Yiyi con 2h53m y A brighter summer day con...¡3h57m!). Son obras maestras, al igual que las dos primeras de El Padrino (2h55m y 3h22m respectivamente), Uno de los nuestros (2h28m), Eyes Wide Shut (2h39m) o Mulholland drive (2h27m). La lista puede ser todavía más larga, si sacamos a colación algunos éxitos del cine de autor de los noventa: Valle de Abraham, de Manoel Oliveira, llega a las 3h23m, y debe tener alguna más larga que no he visto, La mirada de Ulises, de Angelopoulos, se queda en 3 horas, y Underground, de Kusturica, se queda en 2h50m. Aun así, casi todos estos ejemplos se hacen más cortos que las películas de la pareja Straub y Huillet, adorada por cierta cinefilia y crítica: películas de tan solo una hora y media, pero qué plomiza hora y media. Será aquello de que el tiempo es subjetivo. La maestría radica en hacer pasar el tiempo de la forma más disfrutable y gozosa posible. 

También hay que tener en cuenta las películas de duración variable, según las escenas eliminadas o vueltas a colocar en un montaje que, de forma pedantilla, suele denominarse el director's cut. Ahí tenemos a Andrei Rublev, con un montaje variable entre las 3h05m y las 3h25m. O Apocalypse Now, con tres versiones, de 2h27m la estrenada en cines, 3h01m, el montaje del director, y 3h16m, la versión Redux, con la escena de los franceses. De entre estas películas estiradas como un chicle, según las circunstancias, me quedo con Cleopatra, una de esas películas con un rodaje más catastrófico, a la par que el de Apocalypse Now y Fitzcarraldo: la versión estrenada en cines fue de 3h12m, pero la versión de dvd y vhs llega a las 4h24m. ¡Y es una obra maestra! 

Buscando ejemplos de la última década, la tendencia parece clara: Toni Erdmann (2h42m), Once upon a time in Hollywood (2h40m), Anatomía de una caída (2h30m), Poor Little Things (2h21m), El triángulo de la tristeza (2h27m), e incluso en un género más comercial, las de Dune (2h35m la primera, 2h46m la segunda). La fórmula del éxito parece frisar las dos horas y media, forzando al máximo el aguante del espectador, jugando con los límites de su paciencia o su deleite y con la capacidad retentiva de sus vejigas. El tiempo dirá si esta tendencia es realmente algo que ha llegado para quedarse en el actualmente maltrecho mundo del cine, tan acosado y contagiado por los males que vienen de las plataformas y las grandes productoras. Veremos con el paso del tiempo si el recurso a anclar a los espectadores en la butaca vale realmente la pena, como valen la pena las 2h22m de 2001, una odisea en el espacio.