miércoles, 21 de enero de 2026

SENTIMENTAL VALUE (JOACHIM TRIER, 2025)

Sentimental Value tiene algunas de las cosas que me gusta encontrar en una película. Por ejemplo, la mezcla de ficción y de realidad, el oficio de la interpretación, el peso del pasado, el cine dentro del cine o el drama familiar. Es una película, como tantas otras, de ver la vida pasar, aquellas en las que me encuentro más a gusto. Pero no por ello Trier renuncia a cierta concepción visual muy personal, como llega a decir en algún momento de la película el personaje interpretado por Stellan Skarsgård. Su película no es, ni mucho menos, como tantos otros productos audiovisuales actuales, que tan poco se diferencian de una serie. Es una película que, además, recomiendo ver sin leer nada sobre ella (ni siquiera lo que viene a continuación). 

Un bonito juego de colores. 


En su película hay alguna pullita a Netflix (como en la última de Moretti) y también algo de tremendismo nórdico, con la afición de estos por el drama depresivo, tan a lo Bergman. Pero es una película que te convence desde el principio, desde la primera escena, en la que la cámara desmenuza en cortos travellings la casa familiar, el auténtico protagonista silencioso de la película. 

¡Qué casa! Es bonita, pero también da un poco de miedo. 


Es también una película que confía plenamente en la potencia de los intérpretes, en su aura, como se diría ahora.  Stellan Skarsgård y, no en menor medida, Renate Reinsve tienen la capacidad para conducirnos al lugar que desean. Con la expresión no solo del rostro, no solo con la dicción, sino con todo el cuerpo, especialmente ella. Es, en efecto, un ejercicio de manipulación, pero sin tantas trampas como las que emplean otros cineastas contemporáneos. Lo que consigue Reinsve es algo muy notable, rozando la excelencia.  

Por no hablar de Inga Ibsdotter Lilleaas. 


También es una película que habla, como ya lo hacía La peor persona del mundo, de cierto encorsetamiento moralista de la sociedad y la cultura actual. El personaje de Skarsgård es una especie de viejo rockero, que no duda en regalar a su pequeño nieto películas tan poco educativas como La pianista o Irreversible (una pequeña broma cinéfila de Trier). Es un personaje que, aun fuera de lugar y siendo todo un desastre como padre, se sale con la suya.

¡Vaya recomendaciones para un niño! 

 

Uno revisa la lista que ofreció Trier de sus películas favoritas, a propósito de la encuesta de Sight and Sound en 2022, y encuentra algunos referentes que aparecen aquí y allá en la película. Ocho y medio, con ese cine dentro del cine y de película en proceso, e incluso con los desdoblamientos entre actriz y personaje real al que hace referencia; Persona, con ese retrato de la depresión tan nórdico, e incluso con la icónica superposición de rostros de la película de Bergman; El espejo, con esa escena del recuerdo de la naturaleza vista desde el interior de la casa, un auténtico calco visual de alguna escena de la película de Tarkovski; e incluso Annie Hall, dadas las soluciones musicales de algunas escenas. De todas maneras, estas referencias no son nunca demasiado obvias, sino que aparecen integradas en una trama que ya no tiene la dispersión de La peor persona del mundo

El tema, ya un poco trillado, del genio anciano y desorientado que reevalúa su vida. 


En fin, me ha gustado. He salido satisfecho del cine, algo que no sucedía tras los últimos bodrios consumidos. Y por qué no decirlo, me ha emocionado. Ha tocado algunos puntos que me han resultado sensibles: la relación de las hermanas o el paso del tiempo por la casa. Emociones conseguidas con efectos simplemente interpretativos o de montaje y puesta en escena. Ya sé que esto no es una crítica, pero ya se sabe: aquí no se sirven críticas, sino experiencias de espectador. Ciao!

Una película (también) sobre la vida. 

viernes, 16 de enero de 2026

LA VALÈNCIA DE AYER

Ayer falleció Ricard Pérez Casado, alcalde de València entre 1979 y 1989. Mis primeros seis años de vida coincidieron con su mandato, del que apenas tengo memoria, como es lógico. Sí recuerdo a su sucesora, Clementina Ródenas, también del PSPV. Después vinieron los largos años de Rita Barberá, continuados por los de Joan Ribó y los de la actual María José Catalá. No recuerdo a Pérez Casado, pero sí recuerdo su València, la València en que nací, aunque de forma un tanto nebulosa, como a ráfagas.  

De niño era fan de algunos políticos que salían por la tele. Me gustaba el vocabulario que empleaban y que hablasen sin decir nada. Esa verborrea me fascinaba, aunque no la entendiera. Esa pasión por los políticos no despertó en mí hasta los años noventa, de forma que a Pérez Casado no lo tenía en mi lista. Sí en cambio a Alfonso Guerra, uno de mis favoritos en la política nacional, quizá por el acento andaluz o por las gafotas, que entonces yo todavía no llevaba. Recuerdo que se dirigía muchas veces a los descamisaos, sin saber yo muy bien quién era esa gente que no llevaba camisa o camiseta. Eran años muy andaluces, había cierta andaluz-manía en el ambiente: desde Felipe hasta la Expo 92, pasando por Gazpacho, uno de los fruitis que hablaba con acento andaluz.  

De entre los políticos internacionales, Mijaíl Gorbachov era mi preferido, sin lugar a dudas. De Gorbachov tenía la teoría personal de que la mancha de su calva reproducía exactamente (islas incluidas) el mapa de la URSS, en un rojo comunista. También me gustaba un poco François Mitterrand, pero por el simple hecho de que se parecía a mi abuelo, aunque con una cara un poco más estirada, más francesa. Eran años de consumir mucha televisión. En realidad yo era un niño de ciudad, apenas salía a la calle tras el colegio, había muchos coches y casas a las que no había que acercarse demasiado, de manera que mis hábitos eran domésticos. Se podría decir que la televisión era una especie de ventana abierta al mundo al modo albertiano, pero en la que se colaba lo bueno y lo malo. La televisión estaba encendida a todas horas, en todas las casas. Había mucha basurilla, telenovelas (mi abuela era fan de Falcon Crest), programas subidos de tono, humor tonto y personajes recurrentes, como Ruíz Mateos o Jesús Gil, pero también muchísimos dibujos animados, muchos de ellos con ciertos dejes sexistas que entonces asumíamos como normales. Por ejemplo, Ranma 1/2, que me encantaba y me hacía madrugar en fin de semana. Así salimos los de nuestra generación (y ahora nos quejamos de la adicción al móvil de los más jóvenes...). 

Lo de Pérez Casado fue en la década anterior, los ochenta, de la que apenas guardo recuerdos. Visto en perspectiva, gracias a su labor como alcalde, ya pude nacer (por un mes) en una ciudad sin la estatua ecuestre de Franco en la plaza del Ayuntamiento, por entonces Plaça del País Valencià (nombre mucho más bonito, la verdad). Aquella València era un especie de pueblo grande que se desperezaba al sol, después de muchos años de abandono.  ¿Cómo había transformado la ciudad Pérez Casado? Supongo que la València que recibió era una ciudad que había atravesado una larga noche, la del franquismo. València había sido territorio redimido, y había pagado las consecuencias. Mucho más que Madrid, por supuesto, pero también más que Barcelona, al no contar con una burguesía tan potente. El centro histórico todavía no se había recuperado de las cicatrices de la riuà del 57. Las casas se derrumbaban por sí solas. También eran los años de la fiebre automovilística. Había coches incluso en las calles más estrechas e insospechadas, como pequeñas termitas excavando sus propios túneles en una ciudad olvidada. Los edificios históricos estaban ennegrecidos por la contaminación. En esa tendencia, favorable al motor y la velocidad, se quitaron en los sesenta los tranvías y, una vez construido el Plan Sur, se pensaba hacer del cauce viejo del Turia una autopista para comunicar la salida de Barcelona con la de Madrid. La valentía vecinal, y la labor de Pérez Casado el frente de la alcaldía, impidió tal salvajada, comenzando durante su mandato el cambio hacia una ciudad más verde. 

En los barrios periféricos, emergían bloques de viviendas entre la huerta, arrinconándola y cercándola poco a poco. Eran los ejemplos del desarrollismo, pero también de los primeros años de la Transición, en los que se siguió construyendo con idéntico furor caótico. En muchos de estos barrios, los edificios precedían al asfaltado de las calles. Había zonas por las que apenas se podía transitar: todo eran tapias, naves abandonadas, talleres falleros, callejones en los que se entremezclaba el olor a higuera con el de los orines. Había mucha infravivienda y casas ocupadas. Por drogatas, sidosos, gitanos, mala gent. En aquellas observaciones o advertencias se unía el racismo con los temores de clase, pero, vista con cierta objetividad, València era una ciudad sucia y dejada, como si hubiese pasado por una guerra o por un tornado (y en gran parte era verdad). Igualmente era una ciudad también luminosa, bella a su manera. No había tanto postureo, o al menos yo no lo percibía, sino ademanes más populares. En el Mercat Central, cuando acompañaba a mi madre o a mi abuela, o en las tiendas de telas de la Avinguda de l'Oest, sentía que los comerciantes y las vendedoras las trataban como si las conocieran de toda la vida, cosa que a mí me hacía feliz. Fue un shock descubrir que trataban así a todo el mundo, porque esa era la forma popular y familiar de tratar al cliente.  

Seguramente Pérez Casado dejó en 1989 una ciudad todavía decrépita y abandonada en muchos aspectos (yo lo vi), pero dio los pasos necesarios para los cambios que vendrían después: la conversión del cauce del Turia en un jardín continuo, la protección de El Saler, la construcción del primer carril bici, el IVAM,  la construcción del metro, unas fallas municipales nuevas y frescas...Para mí aquella València era una ciudad distante (València era el centro) y cercana al mismo tiempo, un lugar que atravesar con mil ojos si ibas solo, pero también un espacio ilimitado, bañado por el sol, que se ramificaba hacia el norte en mil caminos de huerta. Muchos detalles de la València actual todavía me remiten a aquel pasado, recordándome que, con su dejadez consciente y su sensualidad, València es una ciudad plenamente mediterránea.