viernes, 16 de enero de 2026

LA VALÈNCIA DE AYER

Ayer falleció Ricard Pérez Casado, alcalde de València entre 1979 y 1989. Mis primeros seis años de vida coincidieron con su mandato, del que apenas tengo memoria, como es lógico. Sí recuerdo a su sucesora, Clementina Ródenas, también del PSPV. Después vinieron los largos años de Rita Barberá, continuados por los de Joan Ribó y los de la actual María José Catalá. No recuerdo a Pérez Casado, pero sí recuerdo su València, la València en que nací, aunque de forma un tanto nebulosa, como a ráfagas.  

De niño era fan de algunos políticos que salían por la tele. Me gustaba el vocabulario que empleaban y que hablasen sin decir nada. Esa verborrea me fascinaba, aunque no la entendiera. Esa pasión por los políticos no despertó en mí hasta los años noventa, de forma que a Pérez Casado no lo tenía en mi lista. Sí en cambio a Alfonso Guerra, uno de mis favoritos en la política nacional, quizá por el acento andaluz o por las gafotas, que entonces yo todavía no llevaba. Recuerdo que se dirigía muchas veces a los descamisaos, sin saber yo muy bien quién era esa gente que no llevaba camisa o camiseta. Eran años muy andaluces, había cierta andaluz-manía en el ambiente: desde Felipe hasta la Expo 92, pasando por Gazpacho, uno de los fruitis que hablaba con acento andaluz.  

De entre los políticos internacionales, Mijaíl Gorbachov era mi preferido, sin lugar a dudas. De Gorbachov tenía la teoría personal de que la mancha de su calva reproducía exactamente (islas incluidas) el mapa de la URSS, en un rojo comunista. También me gustaba un poco François Mitterrand, pero por el simple hecho de que se parecía a mi abuelo, aunque con una cara un poco más estirada, más francesa. Eran años de consumir mucha televisión. En realidad yo era un niño de ciudad, apenas salía a la calle tras el colegio, había muchos coches y casas a las que no había que acercarse demasiado, de manera que mis hábitos eran domésticos. Se podría decir que la televisión era una especie de ventana abierta al mundo al modo albertiano, pero en la que se colaba lo bueno y lo malo. La televisión estaba encendida a todas horas, en todas las casas. Había mucha basurilla, telenovelas (mi abuela era fan de Falcon Crest), programas subidos de tono, humor tonto y personajes recurrentes, como Ruíz Mateos o Jesús Gil, pero también muchísimos dibujos animados, muchos de ellos con ciertos dejes sexistas que entonces asumíamos como normales. Por ejemplo, Ranma 1/2, que me encantaba y me hacía madrugar en fin de semana. Así salimos los de nuestra generación (y ahora nos quejamos de la adicción al móvil de los más jóvenes...). 

Lo de Pérez Casado fue en la década anterior, los ochenta, de la que apenas guardo recuerdos. Visto en perspectiva, gracias a su labor como alcalde, ya pude nacer (por un mes) en una ciudad sin la estatua ecuestre de Franco en la plaza del Ayuntamiento, por entonces Plaça del País Valencià (nombre mucho más bonito, la verdad). Aquella València era un especie de pueblo grande que se desperezaba al sol, después de muchos años de abandono.  ¿Cómo había transformado la ciudad Pérez Casado? Supongo que la València que recibió era una ciudad que había atravesado una larga noche, la del franquismo. València había sido territorio redimido, y había pagado las consecuencias. Mucho más que Madrid, por supuesto, pero también más que Barcelona, al no contar con una burguesía tan potente. El centro histórico todavía no se había recuperado de las cicatrices de la riuà del 57. Las casas se derrumbaban por sí solas. También eran los años de la fiebre automovilística. Había coches incluso en las calles más estrechas e insospechadas, como pequeñas termitas excavando sus propios túneles en una ciudad olvidada. Los edificios históricos estaban ennegrecidos por la contaminación. En esa tendencia, favorable al motor y la velocidad, se quitaron en los sesenta los tranvías y, una vez construido el Plan Sur, se pensaba hacer del cauce viejo del Turia una autopista para comunicar la salida de Barcelona con la de Madrid. La valentía vecinal, y la labor de Pérez Casado el frente de la alcaldía, impidió tal salvajada, comenzando durante su mandato el cambio hacia una ciudad más verde. 

En los barrios periféricos, emergían bloques de viviendas entre la huerta, arrinconándola y cercándola poco a poco. Eran los ejemplos del desarrollismo, pero también de los primeros años de la Transición, en los que se siguió construyendo con idéntico furor caótico. En muchos de estos barrios, los edificios precedían al asfaltado de las calles. Había zonas por las que apenas se podía transitar: todo eran tapias, naves abandonadas, talleres falleros, callejones en los que se entremezclaba el olor a higuera con el de los orines. Había mucha infravivienda y casas ocupadas. Por drogatas, sidosos, gitanos, mala gent. En aquellas observaciones o advertencias se unía el racismo con los temores de clase, pero, vista con cierta objetividad, València era una ciudad sucia y dejada, como si hubiese pasado por una guerra o por un tornado (y en gran parte era verdad). Igualmente era una ciudad también luminosa, bella a su manera. No había tanto postureo, o al menos yo no lo percibía, sino ademanes más populares. En el Mercat Central, cuando acompañaba a mi madre o a mi abuela, o en las tiendas de telas de la Avinguda de l'Oest, sentía que los comerciantes y las vendedoras las trataban como si las conocieran de toda la vida, cosa que a mí me hacía feliz. Fue un shock descubrir que trataban así a todo el mundo, porque esa era la forma popular y familiar de tratar al cliente.  

Seguramente Pérez Casado dejó en 1989 una ciudad todavía decrépita y abandonada en muchos aspectos (yo lo vi), pero dio los pasos necesarios para los cambios que vendrían después: la conversión del cauce del Turia en un jardín continuo, la protección de El Saler, la construcción del primer carril bici, el IVAM,  la construcción del metro, unas fallas municipales nuevas y frescas...Para mí aquella València era una ciudad distante (València era el centro) y cercana al mismo tiempo, un lugar que atravesar con mil ojos si ibas solo, pero también un espacio ilimitado, bañado por el sol, que se ramificaba hacia el norte en mil caminos de huerta. Muchos detalles de la València actual todavía me remiten a aquel pasado, recordándome que, con su dejadez consciente y su sensualidad, València es una ciudad plenamente mediterránea. 


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