miércoles, 2 de abril de 2014

ESPEJOS

Al entrar en la época moderna, los pintores se sirvieron de los espejos para ampliar el espacio representado en la superficie bidimensional de un cuadro. Jan van Eyck en El matrimonio Arnolfini coloca a la espalda de los esposos un espejo ovalado, en el que aparecen reflejados tanto un testigo del enlace, como el propio pintor. De esta forma, el espejo aludía a un fuera de campo que acrecentaba la sensación de realidad, al mismo tiempo que creaba una paradoja, al introducir un reflejo sin figura que se reflejase. Estos juegos de artificio pasaron posteriormente a Campin y a Piero della Francesca, para alcanzar su culminación barroca en el espejo de Las Meninas de Velázquez. Pero volvamos a van Eyck. El afán de verosimilitud del artista flamenco no sólo se expresaba en la voluntad de representar de forma fidedigna todos los objetos de la realidad: van Eyck quería también cristalizar al espectador, convertirlo en objeto, integrándolo y atrapándolo en el sutil juego de miradas y espacios redoblados de esa estrecha alcoba burguesa. El espejo fue su fórmula mágica para conseguirlo. 

El matrimonio Arnolfini (general y detalle), Jan van Eyck, 1434


Retablo de Werl (detalle), Robert Campin, 1438
Más tarde, los artistas se sirvieron del espejo como instrumento para el autorretrato. A falta de un autorretrato perdido de Caravaggio, del que se dice que aparecía sosteniendo un espejo, tenemos un gran ejemplo anterior, el autorretrato de Parmigianino, de época manierista. En él, el joven pintor se autorretrata en un espejo deformante, creando una virtuosa anamorfosis. De esta forma, se reafirma como persona digna de ser retratada y al mismo tiempo demuestra su destreza técnica. El espejo se convierte en un utensilio indispensable del taller del pintor, y también en un instrumento de autoafirmación, un ejemplo de pericia profesional. En resumen, como sucede en la época con otros tantos casos, el retrato ya no sólo es algo propio de príncipes y reyes, sino que también el propio artista, mediante la ayuda de su amigo el espejo, puede inmortalizarse en una pintura. 


Autorretrato ante el espejo, Parmigianino, 1524
En el mundo del cine aparecen infinidad de espejos, como instrumentos de autoafirmación o de autocuestionamiento, como artilugios para el juego barroco o como portales a otra dimensión. En Blade Runner, la gran película de ciencia-ficción de los ochenta, hay una escena en la que el blade runner Deckard (Harrison Ford) amplía en una especie de escáner una fotografía robada del piso de un replicante. Deckard ordena al escáner (que funciona por órdenes a viva voz) que amplíe un espejo oval que aparece al final de la estancia fotografiada. De esta manera, en este doble juego de ampliaciones y espejos, Ridley Scott alude tanto a Blow up como a El matrimonio Arnolfini. Finalmente, la imagen amplificada acaba aportando una información que inicilamente no se veía en la superficie de la fotografía: en ella aparece una mujer, con una piel de serpiente. La imagen encierra acertijos y en los espejos parecen quedar congeladas ciertas miradas u objetos de paso fugaz, más que en las retinas. 

Blade runner (Ridley Scott, 1982)

En los momentos más intensos del amor, en los más delirantes, los amantes parecen interrogarse ante el espejo, preguntándose quiénes son, qué hacen juntos, cómo pueden compartir (o creer compartir) tantos pensamientos y sentimientos. Así sucede en Solaris, la obra de ciencia-ficción soviética de Andrei Tarkovski, adaptación de la novela de Stanislaw Lem. Hay un breve momento en el que el marido astronauta (Donatas Banionis) confronta ante el espejo a la figura duplicada de su esposa muerta (Natalya Bondarchuk), a fin de que recuerde quién es. No lo conseguirá, pues no es su esposa en realidad: es una "visitante", un recuerdo hecho carne, una emanación de su propia memoria, provocado por el planeta Solaris. También ocurre algo semejante en Vertigo, en la que el detective retirado Scottie (James Stewart) confronta a la joven Judy (Kim Novak) ante el espejo, antes de convertirla de nuevo en Madeleine, con toda la precisión de un amante fetichista. En una película más reciente, Gegen die Wand, los amantes (Birol Ünel y Sibel Kekilli), protagonistas de un amor romántico llevado a sus últimas consecuencias, se convocan ante el espejo antes de su definitiva separación, recordando el lugar y la hora de una cita que no cumplirán. 

Solaris (Andrei Tarkovski, 1972)
Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)
 
Contra la pared (Fatih Akin, 2004)


En otras ocasiones, el reflejo en un espejo antecede a la entrada de un personaje en el encuadre. Esa aparición de la imagen reflejada se produce poco antes de un acto de autoafirmación, o en un momento en que se ha asumido una identidad nueva.  En Gertrud, la obra maestra testamental de Carl Theodor Dreyer, la protagonista (Nina Pens Rode) aparece reflejada ante el espejo con sus mejores galas, antes de una dura confesión a su marido (Bendt Rothe) en plena noche: tiene un amante más joven, un artista (Ebbe Rode). Su presencia en el espejo es una afirmación de su libertad como mujer, una mujer apasionada y todavía deseosa de ser amada. Sin embargo, las cosas no saldrán como tenía esperado. En la reciente Call me by your name, el joven Elio (Timothée Chalamet) se ve reflejado en el espejo del estudio de su padre (Michael Stuhlbarg), antes de mantener con él una conversación muy íntima y quizá un tanto inverosímil. Su reflejo es pálido, al igual que la luz invernal. Pero como bien señala el antepenúltimo mohicano, Elio se refleja en ese momento en un espejo en el que no se había reflejado previamente, en la escena inicial en la que se había encontrado por primera vez con su amante. Esa nueva imagen en el espejo no es más que un acto de afirmación de su propia sexualidad.


Gertrud (Carl Theodor Dreyer, 1964)








Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017)

En otros casos, el reflejo del espejo ofrece una caricatura patética, que desarma al personaje que en él se mira. Los seres solitarios buscan en su reflejo un sucedáneo de compañía, una presencia familiar y ajena al mismo tiempo. En Besos robados de François Truffaut, la tercera película de la serie de Antoine Doinel, el joven parisino (Jean-Pierre Leaud) repite innumerables veces el nombre de su amada ante el espejo, y luego el suyo propio, como el que repite un hechizo a fin de que se cumpla. Su acto parece inútil y valiente al mismo tiempo, un acto de autoafirmación de su propio yo y de sus propias posibilidades, aunque el hecho de vestir en pijama rebaje un tanto la epicidad del momento, en un claro e inteligente contrapunto irónico. Menos inocente es el Travis Bickle de Taxi Driver (Robert De Niro), un personaje aislado y sumido en una espiral desquiciada, que se distrae solo en su sucio apartamento, jugueteando con armas delante del espejo, antes de utilizarlas en serio.  


Baisiers volés (François Truffaut, 1968)
Taxi driver (Martin Scorsese, 1976)

El reflejo en el espejo puede ser patético no sólo por aludir a la soledad, sino también por mostrar las consecuencias del paso del tiempo sin ningún tipo de disimulo. El espejo devuelve una imagen que no siempre es la esperada: el tiempo opera sus cambios, descuelga la carne, marchita la belleza pasada. En la demencial corte de Württemberg, el Casanova de Fellini (Donald Sutherland) encuentra finalmente el amor: no es más que una broma pesada del destino, pues la mujer perfecta no es otra cosa que una muñeca mecánica. El vicioso seductor veneciano ha encontrado por fin la horma para su zapato, una muñeca que se pliega a sus requerimientos sin chistar, una autómata que reproduce con exacta simetría sus movimientos de gimnasta del sexo, un juguete inanimado que le recuerda que no ha hecho otra cosa que masturbarse. Después de dejarla espatarrada en la cama, lanza una última mirada a un espejo cuarteado, que no le devuelve una mirada indulgente, sino el rostro, quizá demasiado maquillado, del viejo payaso en el que ha acabado convertiéndose. En otro caso, en los momentos finales del clásico Ciudadano Kane, el gran magnate de la prensa (Orson Welles) se pasea con paso torpón por las salas de su mansión Xanadú, perdiéndose en un laberinto de espejos. Una vez llegada la vejez y la decrepitud, sólo le acompañan en sus paseos sus propias sombras, y las innumerables cajas con obras de arte coleccionadas durante años. Espejos y estatuas no dejan de ser objetos fríos.


Casanova (Federico Fellini, 1976)
Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)

Por último, el espejo también puede ser un umbral que traspasar, para pasar a un wonderland o para dejar que éste nos succione. No hay nada más inquietante que un reflejo especular autónomo, con vida propia, independiente a los movimientos de la persona en él reflejada. O unos seres individuo incapaces de reflejarse en el espejo, como los vampiros. El espejo también puede ofrecer su propia batería de imágenes, a modo de puerta a través de la cual el mal nos visita,  como sucede en la fantasmagoría final de Inferno, en la que la Mater Tenebrarum (Veronica Lazar) emerge del propio espejo. 


Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933)


El baile de los vampiros (Roman Polanski, 1967)


Inferno (Dario Argento, 1980)

En resumen, como espectadores vamos al cine a ver en la pantalla, en sus luces y sombras, el reflejo de otras vidas y otras realidades.  Creemos encontrar en la pantalla sentimientos, vivencias y sensaciones que nos causan placer en cuanto que remiten (reflejan) momentos que hemos vivido en carne y hueso. Como toda imagen desdoblada, el cine nos hace preguntas. Cuestiona la realidad. También muchos personajes cinematográficos, al enfrentarse ante el espejo, se cuestionan sobre su propia naturaleza: sobre su valía, su poder de transformación, su imagen exterior, su sexualidad, sus pensamientos, su conciencia; en definitiva, sobre aquello que son. Y en sus dudas, no hacen más que reflejar las que sentimos como espectadores y como personas. La pregunta del cine, como la de todas las artes, es en definitiva la de siempre: “¿quién soy yo?”.

Cold war (Pawel Pawlikowski, 2018)

Los 400 golpes (François Truffaut, 1959)

Au bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1960)

Roma (Federico Fellini, 1972)

El cuarto hombre (Paul Verhoeven, 1983)

Lancelot du lac (Robert Bresson, 1974)


Una película hablada (Manoel de Oliveira, 2004)

El espejo (Andrei Tarkovski, 1974)

El quimérico inquilino (Roman Polanski, 1976)

El mar (Agustí Villaronga, 2000)

Carol (Todd Haynes, 2015)

Withnail and I (Bruce Robinson, 1987)

Soñadores (Bernardo Bertolucci, 2003)

Salò o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini,1975)

¡Átame! (Pedro Almodóvar, 1989)

Tras el cristal (Agustí Villaronga, 1987)

Eyes wide shut (Stanley Kubrick, 1999)

Les beaux gosses (Riad Sattouf, 2009)

Primer plano (Abbas Kiarostami, 1990)

Fundido en negro (Vernon Zimmerman, 1980)

Identificación de una mujer (Michelangelo Antonioni, 1982)


Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1989)

Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000)


Chungking Express (Wong Kar-Wai, 1994)

Trainspotting (Danny Boyle, 1996)

Performance (Donal Cammell y Nicholas Roegg, 1970)


Érase una vez en Anatolia (Nuri Bilge Ceylan, 2011)

M (Fritz Lang, 1931)

Nosferatu (Friedrich Wilhelm Murnau, 1922)




Operazione Paura (Mario Bava, 1963)




Ida (Pawel Pawlikowski, 2013)

El joven Törless (Völker Schlondorff, 1966)  

Five easy pieces (Bob Rafelson, 1970) 

El diablo probablemente (Robert Bresson, 1977)

Verano del 85 (François Ozon, 2020)

Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019)

Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957)

Fallen leaves (Aki Kaurismäki, 2023)

Valle de Abraham (Manoel de Oliveira, 1993)

The thing called love (Peter Bogdanovich, 1993)

Mulholland dr (David Lynch, 2001)

Matador (Pedro Almodóvar, 1986)

Gotas de agua sobre piedras calientes (François Ozon, 2000)

Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Rainer Werner Fassbinder, 1972)

Bigger Than Life (Nicholas Ray, 1956)

Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1975)

martes, 1 de abril de 2014

MIRONES

Me dispongo a continuación a publicar (y ampliar) una serie de artículos que escribí en la página Alguna idea? sobre fotogramas de cine. Esta fue la primera entrega: "Mirones".

El cine es un arte de la mirada.  No exclusivamente, claro está, pues también se compone de sonidos, diálogos y música. No solo es un arte que nos acaricia la córnea: también los oídos, y la cabeza, y el corazón.  Es sin duda el conjunto lo que nos aturde o nos embelesa. Pero principalmente es un arte de la mirada. ¿Qué otro arte nos permite entrar de lleno en otras vidas, entrar casi de hurtadillas para observar, desde una habitación oscura, limitándonos a ver, oír y callar (esto último solo algunos)? ¿Qué arte parece construido para la mirada del voyeur obsesivo, que se deleita en el placer de ver sin ser visto, sino el cine?

El cine se ha regodeado en la pulsión escópica, muchas veces con placer malsano. En la pantalla se recrea, mediante la figura vicaria de un voyeur, el propio carácter de mirón del espectador cinematográfico. El fotógrafo de La ventana indiscreta no es más que un ejemplo del espectador pasivo que se "deja hacer" ante un espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Al igual que el mirón de Hitchcock, el espectador es incapaz de moverse de su butaca o del sillón de su casa, absorbido por un espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Un espectáculo del que no puede comtemplar todas sus partes y facetas. La mirada no es nada sin una imaginación fantasiosa que completa las partes oscuras, que traza las conexiones pertinentes entre esos fotogramas deslavazados, entre esas ventanas del vecindario a modo de viñetas de unas vidas esbozadas, a fin de crear un relato integrador y que dé sentido. El personaje del fotógrafo de Hitchcock se trasplanta, encarnado por un mismo actor, a Vertigo, pero también tiene otras encarnaciones en el asesino de Peeping Tom, el fotógrafo de Antonioni, empeñado en llegar a través de la fotografía a lo que el ojo no puede dilucidar, o el amante de Kieslowski. 

Blow up (Michelangelo Antonioni, 1965)

Satántangó (Béla Tarr, 1994)

No amarás (Krzysztof Kieskowski, 1988)
Mi tío (Jacques Tati, 1958)

Belle du jour (Luis Buñuel, 1965)

Bianca (Nanni Moretti, 1984)


Besos robados (François Truffaut, 1968)
En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerín, 2007)

Buenos días, noche (Marco Bellocchio, 2003)
Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960)

La ventana indiscreta (Alfred Hichcock, 1954)

Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012)
Terciopelo azul (David Lynch, 1986)

El quimérico inquilino (Roman Polanski, 1976)
La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006)
Peeping Tom (Michael Powell, 1959)

En la casa (François Ozon, 2012)


Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968)

Trainspotting (Danny Boyle, 1996)

Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)

El mar (Agustí Villaronga, 2000)


La semana del asesino (Eloy de la Iglesia, 1972)

martes, 26 de noviembre de 2013

BIANCA, DE NANNI MORETTI (1984)

"-¿Se divierte mucho? Usted se divierte mucho, ¿no es cierto? 
- Bastante. 
- Es muy cómodo para usted, incluso fácil. Viene aquí, tranquilo, sin problemas, da la clase y después se va. ¿Y en qué cosa se distingue de los que tienen treinta años más que usted? 
- En nada, creo...
- No le interesa todo lo que está fuera de su habitación, lo que sucede en el mundo, qué vida hace la gente...Usted se ocupa solo de sí mismo. No tiene esperanzas, no tiene ilusiones, no tiene pasiones. Usted es un árido, su vida es inútil, y yo le desprecio." 



Una joven Laura Morante, en el rol de alumna, reprendía de este modo a su profesor de literatura en Sogni d'oro (1981), interpretado por Moretti. Antes de recibir la reprimenda, que suscita en el profesor sensaciones ambivalentes de ridículo y deseo sexual, se había dedicado a expulsar de clase a la mitad de sus alumnos por las más inverosímiles razones. El tema de la escuela, y más en concreto, el tema del profesor, es un argumento muy del gusto del primer Moretti. Aparece brevemente en Io sono un autarchico (1976)  y en Ecce Bombo (1978), tiene un mayor desarrollo en Sogni d'oro (en las pesadillas del director de cine protagonista, que sueña ser profesor de secundaria), y culmina en Bianca. No hay que olvidar que los padres de Moretti eran ambos profesores.

Bianca es una comedia sobre la escuela y la figura del profesor, una historia de amor y de incomunicación, y un giallo alla italiana (género policiaco), todo en uno. Michele Apicella es un profesor de matemáticas recién llegado a la escuela "Marilyn Monroe", un innovador centro educativo que quiere recuperar el espíritu anterior a 1968. Allí se encontrará con la atractiva profesora de francés, Bianca, con la que iniciará, contra su propia voluntad, una relación amorosa. De este modo, Moretti ironiza sobre la escuela, ofreciendo al mismo tiempo un retrato de un profesor soltero, obsesivo y voyeur, que muestra sus reservas a aceptar una vida en pareja, que en el fondo anhela, por miedo a la decepción de una posible ruptura posterior. A pesar de su fuerte carga caricaturesca, la película deja un poso notable de melancolía, pues el personaje principal de Moretti vive encerrado y malgasta terriblemente su tiempo entre un trabajo que le aburre y un mundo exterior que no comprende, lo que le lleva a agudizar sus instintos psicópatas. La película en el fondo nos muestra el contraste entre un individuo solitario y controlador,  y la vida en abstracto que se resiste a amoldarse a sus deseos de normalidad y mediocridad.

La obsesión de Michele Apicella (Nanni Moretti) por Bianca (Laura Morante) es más fuerte que todas sus obsesiones anteriores.

Moretti se sirve del primer día de Michele Apicella en la escuela "Marilyn Monroe" para satirizar sobre la educación y la sociedad italiana de principios de los ochenta. En este instituto de nombre tan particular a los alumnos no se les forma, sino que simplemente se les informa. Los alumnos se comportan como adultos, examinando y juzgando a sus profesores.  Una pareja llega incluso a prometerse matrimonio. Los profesores, en cambio, son tratados como niños: son conducidos en autobús al colegio, se van de excursión, disponen de todo tipo de divertimentos en la sala de profesores e incluso de un psicólogo en exclusiva para "il corpo insegnante". En la caricatura que Moretti nos ofrece de la educación, los niños ya lo saben todo, de modo que los profesores devienen peleles inútiles, que o bien enseñan tonterías (como el profesor de historia, que enseña a los alumnos la vida de Gino Paoli), o bien hacen pagar a los alumnos con sufrimiento su propio resentimiento (como el propio Apicella y su sesión de "gimnastica"). El profesor de literatura, que lee en clase los sonetos que ha compuesto a su mujer, "versi senza pretese" (versos sin pretensiones), recibe los insultos y vituperios de sus alumnos, que exigen al vivaracho director que lo expulse del centro.

La sala de profesores, con scalextric, máquinas tragaperras, y fotografía de Mick Jagger con la equipación azzurra


La fotografía de Dino Zoff con la copa del mundo de fútbol preside la clase (y los nuevos tiempos)


En su primera clase el propio Michele es "sometido" por sus alumnos a un ejercicio "fuori programma" sobre la numerología del grabado "La Melancolía" de Durero.  En este caso se nos muestra un primer plano de la nuca de Michele delante de la pizarra, respirando aliviado cuando el timbre indica el final de la clase, y por tanto, el final del examen al que le someten sus alumnos.

Michele examinado por sus alumnos


La Marilyn Monroe no es solo un ejemplo de una nueva escuela, sino también de una nueva sociedad que parece querer prescindir de la escuela. Un nuevo tipo de sociedad en el que los valores han cambiado, en el que la democratización de la información y la exaltación de la juventud han hecho de la escuela algo innecesario. Y mucho más la figura del profesor, o cuanto menos, la del amargado profesor tradicional. Los roles entre alumno y profesor se han intercambiado porque la sociedad exige frescura y juventud, y la escuela debe adaptarse a las exigencias de los nuevos tiempos. La visión de Moretti constanta el cambio: alumnos seguros de sí mismos frente a profesores frágiles. La escuela ya no es represiva, pero tampoco en ella bulle la cultura (los únicos cultos son los alumnos). En las charlas que organiza el propio director de la escuela se habla de 1968 como el año en el que se probó "el final del mundo", apostando por una vuelta a la cultura apolítica de los dorados años cincuenta y sesenta, una cultura de los años felices ejemplificada por la Dino Ferrari, la Juventus de Omar Sivori, Gino Paoli, Claudia Cardinale o la propia Marilyn Monroe. Es el discurso nostálgico imperante, un discurso que necesita de la repetición y encadenamiento de ciertos símbolos, bellos pero carentes de significado. para olvidar los compromisos políticos, las razones históricas y sociales, así como los anni di piombo inmediatemente precedentes. La escuela debe ofrecer al exterior, al igual que la sociedad, una imagen perfecta de felicidad total, de normalidad, de diversión y éxito.

El profesor de historia se sirve de un juke-box para amenizar las clases

Más allá de la caricatura de la escuela moderna, la película muestra más interés en ofrecer un retrato de una personalidad singular y enferma, la de Michele Apicella. Michele es un profesor joven pero tradicional. Viste de traje, a poder ser gris o azul, y anhela la normalidad, incluso la mediocridad. Esa es su meta, pasar desapercibido. Es el individuo gris por antonomasia. Pero para entrar en el "reino de la normalidad" necesita una pareja, e incluso formar una familia, cosa que de momento no tiene, y que problablemente nunca tendrá, pues su problema radica precisamente en que no le gusta la gente.  Espía la vída de sus vecinos, alumnos y escasos amigos intentando disfrutar parte de la felicidad que viven en primera persona, o los somete a auténticos interrogatorios sobre sus vidas privadas. Ya que su propia vida carece de aliciente, con su indiscreción Michele intenta comprobar si la vida de los demás se ajusta a su idea elevada de la felicidad absoluta, en la que no caben las parejas que se rompen o que no tienen hijos.

Michele asiste a las cenas familiares en casa de sus alumnos. En esta escena se produce una de las battute más recordadas del film: la comparación que Michele hace entre la tarta Mont Blanc, los cannoli alla siciliana y la Sacher Torte.

En un primer momento vemos a Michele introduciéndose con descaro en la vida de sus vecinos, una joven pareja con desaveniencias. No puede tolerar que discutan, y la cosa empeora cuando descubre que la chica es infiel. También asistimos a varios intentos de acercarse al sexo opuesto por parte de Michele, a cada cual más patético. Igualmente, se entromete en la ruptura de unos amigos, intentando evitarla. Incluso se toma la libertad de inmiscuirse en la inicipiente y primerizo amor de dos alumnos. En el fondo, no podemos dejar de sentir simpatía por este maniático protagonista, que en soledad se aburre mortalmente y por eso se entromete en la vida de los demás, pero que aparentemente no muestra interés en "mejorar" su propia situación de soledad.

La entrada de Bianca en su vida perturba notablemente sus hábitos de curioso empedernido. Bianca le permite huir del enloquecido ambiente de la escuela, pues parece la única normal allí, la única cuerda. La atracción que siente por ella le impulsa a tantear el "riesgo" que supone para su mundo inalterable iniciar una relación. Pero no llega a sentirse cómodo con ella: como le comenta en la cama, es un individuo "no acostumbrado a la felicidad". La presencia de Bianca le impone cambiar de hábitos, incluso aquellos más desquiciados y psicopáticos. Tiene que elegir entre arriesgarse a vivir en pareja, o "defenderse" del dolor de un posible fracaso futuro, como llega a expresar. Es decir, entre vivir o rechazar la vida en pareja sin llegar a experimentarla.  

Bianca no participa en las actividades del centro escolar.En realidad es la única persona normal de la película.

Un neurótico y controlador Michele reprocha a Bianca sus relaciones anteriores. Le recrimina el hecho de que sus ex-novios puedan pensar todavía en ella.

Con esta película, Moretti abandona en parte la estructura episódica de sus tres primeras películas (Io sono un autarchico, Ecce Bombo y Sogni d'oro), ofreciendo un guión más profundo, con cierta progresión dramática. La película no abandona los gag y los comentario irónicos (la battuta) característicos de su cine, pero intenta integrarlos en las escenas. Aunque su Michele Apicella comparte obsesiones con los otros protagonistas (con el mismo nombre) de sus películas anteriores, en este caso su personaje tiene más complejidad, y muestra aspectos más oscuros del ser humano. Quizá el elemento de giallo parece metido con calzador en la película, pero tras varios visionados se comprende que en realidad Moretti nos ha querido mostrar, con la ambivalencia que tiene la comedia, el retrato de un asesino en potencia. Por otro lado, se intenta profundizar en personajes secundarios, con un éxito desigual.

La utilización del plano fijo, de movimientos de cámara imperceptibles y funcionales, y del sonido directo característico del director romano, dotan a la película de un particular sentido naturalista que perderá en  su película posterior, la poética y casi abstracta Palombella rossa (1988), la farsa sobre el final del comunismo. Algunos planos de Bianca remiten a Truffaut, como aquel de los andares de las mujeres ("ogni camminata, una concezione del mondo") y otros a Rear Window de Hitchcock. De hecho, su personaje comparte muchas características con los hitchcockianos.

Michele espía desde su terraza a los vecinos, como el fotógrafo de Hitchcock.
Al llegar al nuevo piso, Michele "desinfecta" el cuarto de baño.
Bianca intenta por tanto sacar a la luz, sin salirse de los límites de la comedia, el lado oscuro que subyace no solo bajo la apariencia pulcra de un individuo soltero, sino también bajo una sociedad que intenta pasar página sobre su pasado inmediato recurriendo al glamour nostálgico. El personaje de Michele Apicella, convertido en misátropo o serial killer, es un síntoma de una Italia que trata de camuflar sus masacres recientes mediante una pátina de normalidad, y un ejemplo para reflexionar en torno al difícil equilibrio existente entre el deseo de compañía y el deseo de soledad. 

jueves, 10 de enero de 2013

EL JOVEN TÖRLESS, DE VOLKER SCHLÖNDORFF (1966)

El joven Törless (Der junge Törless, Volker Schlöndorff 1966), es una película de aprendizaje, como la novela de la que es adaptación cinematográfica, Las tribulaciones del estudiante Törless (Die Verwirrungen des Zöglings Törless, 1906), la opera prima del escritor austríaco Robert Musil . En esta novela semiautobiográfica, Musil colocaba en la figura del alterego Törless sus experiencias en la academia militar de Hranice.


Törless es un adolescente internado en una academia militar. Tal institución es un vetusto edificio situado en una localidad alejada del centro del Imperio: en ella se educan los hijos de la alta burguesía austro-húngara. Desde el primer momento, se aprecia que Törless es un muchacho inteligente, taciturno y soñador, que aparentemente echa en falta a sus padres y se aburre mortalmente en las clases. Frecuenta la compañía de dos alumnos astutos y crueles, Reiting y Beineberg. El primero se siente fascinado por la violencia de un modo primario (en una escena inicial mata a una mosca con su pluma), el segundo de un modo más "intelectual". Por Beineberg Törless siente aversión y atracción, como si fuese una fuente de peligros pero también un ángel protector. Precisamente con Beineberg irá de visita a la humilde casa de la prostituta Bozena. Este encuentro será algo incómodo para Törless, al compararse la propia Bozena, a fin de escandalizar al muchacho, con su madre.


Reiting y Beineberg encontrarán en Basini, un chico débil y que intenta ganarse a toda costa el aprecio de los demás, una víctima propicia para sus juegos. Reiting descubrirá que Basini es el que se oculta tras el robo de una cantidad de dinero perteneciente a Beineberg. De esta forma, tanto Reiting como Beineberg decidirán someterlo a vigilancia en vez de acusarlo ante la dirección del centro para, llegados a cierto punto, comenzar a ensañarse con él. Törless asistirá a las vejaciones a las que se somete a Basini, en un inicio atraído por la dialéctica creada entre verdugo y víctima, pero cada vez más asquedado por la brutalidad de sus amigos y atraído por la suerte de Basini, al que intentará comprender y del que se sentirá cada vez más cercano.   


Es esta, por tanto, una de las tantas película que muestra el tránsito muchas veces doloroso, o cuanto menos dubitativo, de la pubertad al cenagoso mundo adulto. Estas historias ganan enteros cuando reproducen ciertos ambientes. El ambiente corrector de un instituto de prestigio, con sus uniformes, sus estricta normativa  y la atractiva transgresión de ésta, es más propicio, más literario si se quiere, para que crezcan en él historias de este tipo. Solo hace falta repasar un poco la lista, que comenzaría con Los cuatrocientos golpes de Truffaut y podría terminar en Submarine de Richard Ayoade, pasando por Adiós, muchachos de Louis Malle y El club de los poetas muertos de Peter Weir, sin olvidarnos de Academia Rushmore de Wes Anderson. El colegio o instituto público ha dado históricamente menos juego: solo el más reciente cine francófono ha sabido aprovechar toda la carga explosiva que reside en estas instituciones (La clase, Profesor Lazhar, En la casa...).  

Pero la historia de Törless de Schlöndorff, tomada casi al pie de la letra de la del genial Musil, entronca con una larga tradición germánica: la novela de formación o Bildungsroman. Estas novelas se caracterizan por el descubrimiento del mundo por parte del adolescente: un descubrimiento que, desde el lado de la vida, va ligado a contrariadades, impulsos, ilusiones y desengaños, y desde el lado opuesto, o cuanto menos distante, de la reflexión, va acompañado del entusiasmo de las ideas y de algún que otro aprendizaje moral.  El descubrimiento del amor, la iniciación sexual, las primeras responsabilidades, el combate contra lo establecido y la duda que genera la discordancia entre el sujeto y el mundo...vamos, lo de siempre. La opera prima de Musil viene a ser un eslabón más en una larga cadena, pero un eslabón determinante, en cuanto que introduce en el mundo ya de por sí confuso de la adolescencia la ambivalente atracción por lo inconcebible, lo violento y lo prohibido. Aparecen así las dinámicas de crueldad-humillación, sojuzgamiento-servilismo, atecendentes del booling, y que tanto juego han dado en el cine alemán. La iniciación en la crueldad no es otra cosa que el tema clave de La cinta blanca de Haneke, y también de la cinta más recóndita Teenage Angst de Thomas Stuber (2008), que parece aludir al Törless musiliano directamente. Ese mismo juego sádico puede apreciarse en Ping-pong de Matthias Lutthart (2008), e incluso la reflexión sobre el adoctrinamiento y el servilismo adolescente (pero también extrapolable a nivel nacional) alcanza su culmen en La ola de Dennis Gansel. La película de Schlöndorff supone una inspiración de todos estos films en cuanto que introduce por primera vez la concomitancia entre educación reaccionaria, violencia y totalitarismo. La novela, en cambio, no es tanto una reflexión sobre la educación, ni mucho menos una advertencia contra los peligros del totalitarismo (en 1906 Musil poco sabía de cómo iban a ir las cosas a posteriori). Más bien supone un análisis de las desorientaciones en el crecimiento hacia la edad adulta, la libertad de pensamiento de la adolescencia, y también sus abismos, tentaciones y desórdenes.    

Robert Musil en sus años en la academia militar.
La película sortea algos charcos en los que se sumerge la novela, de una mayor densidad. En la novela se trata el tema de la homosexualidad adolescente: Törless interpreta en inicio como una fuente de dudas y tormentos interiores sus impulsos hacia Basini, interiorizándolos y naturalizándolos a posteriori; en la película, las "tribulaciones" homosexuales de Törless se insinúan con mucha elegancia, sin mostrarse claramente.  También en las relaciones con la prostituta Bozena la película introduce un aspecto nuevo: Bozena adquirirá un papel más maternal al dar amparo a Törless en su huida, cosa que no sucede en la novela. En ésta, el recuerdo del contacto de Törless con la prostituta es en todo momento un recuerdo vergonzante, pero también alumbrador, pues supone el descubrimiento para Törless de la posibilidad de otro mundo.


Pero quizá donde más alternativas plantea la película es en el trasfondo filosófico. Schlöndorff altera casi imperceptiblemente algunos diálogos, para introducir en ellos una reflexión sobre la génesis del nazismo que lógicamente no estaba presente en el libro. Beineberg encarna una y otra vez estos pensamientos, una especie de simplifación pre-SS de la filosofía nietzschiana, aludiendo a la violencia sistemática como una forma de acceso a un nível superior, previo despojamiento de la compasión humana. Reiting encarnaría en cambio la vertiente simplona del nazismo, sustentada en la brutalidad por la brutalidad. El discurso de Törless ante los profesores al final de la película muestra cómo éste ha comprendido que tras las vejaciones y la violencia no hay nada "sobrenatural", que no hay nada misterioso en los papeles del verdugo y la víctima, nada que hable de la condición humana, ningún tema literario, ni ninguna idea que pueda servir de coartada, sino que sucede sin más, como algo natural, inquietantemente natural, y por tanto posible. En una significativa y anacrónica alusión al presente de Alemania, Schlöndorff pone en boca de Törless que "no hay un muro que separe un mundo malo de un mundo bueno, sino una continuidad del uno al otro" (en clara alusión a la construcción del muro en 1961, separando el mundo"bueno" del "malo"). Törless concluye diciendo que lo único que se puede sacar en claro es que la brutalidad y la violencia puede darse en cualquier momento, y es necesario saberlo y estar prevenido. 



En la novela, el discurso final de Törless, si bien alude a la dialéctica de lo bueno y lo malo y su a veces indistinguibilidad, no está preñado de referencias históricas. Señala más bien que habita algo natural en lo inconcebible (algo inquietantemente natural en el contraste entre Bozena y su madre, o en la violencia a la que someten a Basini, o en sus propios impulsos homosexuales), de igual forma que hay algo animado en lo inanimado, y bajo todo pensamiento e idea late un sentimiento. Para ello es necesario ver el mundo quizá con dos ojos: uno dirigido a la claridad, otro dirigido a la oscuridad. Musil pone en boca de Törless sus propias contradicciones internas, y la inutilidad de buscar justificaciones literarias a ciertos impulsos oscuros: "Ahora todo ha pasado. Sé que me equivoqué. Ya no temo nada. Sé que las cosas son las cosas y que siempre seguirán siendo ellas mismas, y que yo las veré ora de una manera, ora de otra. Ora con los ojos del entendimiento, ora con los otros...Y ya no intentaré compararlas, cotejarlas..."



Los cambios introducidos por Schlöndorff en este aspecto vienen motivados por la voluntad de los artistas del Nuevo Cine Alemán de no eludir el tema del pasado inmediatamente reciente. Uno de los principios rectores del Nuevo Cine Alemán era la voluntad de afrontar el pasado nazi de cara, mostrándolo ya fuese metafóricamente, ya fuese directamente. Serán sintomáticos los intentos de Fassbinder o del propio Schlöndorff en este terreno. De esta forma, deposita en la novela de Musil pequeñas dosis de pre-nacionalsocialismo, de igual forma que tiempo después Haneke hará de La cinta blanca un estudio de los orígenes de la violencia en grupo de muchachos, que tiempo después presumiblemente formarían parte del movimiento nazi, o cuanto menos de sus simpatizantes.


Por último, señalar que la película de Schlöndorff tiene ese aire espontáneo y soñador, como el de una inocente fábula de tiempos remotos, que tenían las películas de su época, inspiradas en las nuevas sendas, tanto temáticas como formales, abiertas por la nouvelle vague. Con pocos recursos y una voluntad intimista logra captar la atención del espectador desde el principio. La narración se reduce a sus puntos climáticos, con algún que otro plano de un contemplativo Törless frente a la naturaleza. Schlöndorff logra dar intensidad a cada escena, a cada movimiento de cámara, sin que por ello pase por alto el abocetamiento - pero también la intensidad - que tiene toda primera película, o toda película juvenil. Con más crudeza y menos ironía recuerda a películas como Trenes rigurosamente vigilados del checo Menzel, o a las películas de Louis Malle (productor de la película). Con todo, a pesar de las pequeñas omisiones y los sutiles cambios operados sobre la novela de Robert Musil, la adaptación de Schlöndorff le hace sobradamente justicia, adaptándola en espíritu, y sirviéndose de la interesante actuación del joven alemán Mathieu Carrière en el papel de Törless para conseguirlo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

IDENTIFICACIÓN DE UNA MUJER, DE MICHELANGELO ANTONIONI (1982)

Es esta una película imperfecta. En algunos sitios ya ni la nombran al enumerar las películas de Antonioni, como si su filmografía se acabase con El reportero (1974), y hubiese sufrido el derrame mucho antes de 1983. Pero no es así: esta película, con todas sus aristas, es una película plenamente de Antonioni, de un Antonioni del que se decía que ya no sabía hacer obras maestras, de un Antonioni que supuestamente había perdido el hilo. Un Antonioni desconcertante. Los críticos empezaron ya a considerarlo así desde Zabriskie Point (1970); hoy, menos mal, ya se empieza a valorar El reportero como una gran película, aunque Identificación de una mujer todavía no posea el beneplácito de la crítica. En su momento fue premiada en Cannes, pero hoy ni dios se acuerda de esta película. Quizá se deba a sus múltiples motivos para el desconcierto: una música electrónica mala y que no encaja con las imágenes, unas pinceladas tan breves como inútiles a la realidad social, unos personajes insufribles, como de telefilm, un final bizarro cuanto menos...Elementos que, por otro lado, ya estaban presentes en la filmografía anterior de Antonioni, solo que en este caso "pasados de moda". Imperfecciones a mi modo de ver simpáticas - soy indulgente con Antonioni -, y que hacen más humana y más personal su propuesta, al mismo tiempo que hacen relucir con más fuerza los aciertos: la composición de los planos, algunas escenas magistralmente rodadas de principio a fin, el tratamiento del color, las elegantes escenas explícitas de sexo, el empleo simbólico de las ventanas...Ciertamente, si se compara esta película con otras coetáneas, por ejemplo con El dinero (1983) de Robert Bresson, no entiendo por qué una sí es reconocida y otra no, cuando los elementos discordantes de ambas tienen su origen más en los "nuevos tiempos" de los ochenta que en la maestría de los directores.



Entremos en materia. Como en las películas de Antonioni de los sesenta, la trama se reduce a unas pinceladas casi anecdóticas, aunque en este caso no tanto. Identificación de una mujer cuenta la historia de un director de cine, Niccolò Farra (interpretado por Tomás Milián, actor italo-cubano especializado hasta el momento en spaghetti western y comedias romanas). Recientemente divorciado, este director busca tanto los elementos para una nueva historia, centrada en una mujer, como una mujer para su propia vida. Al inicio de la película, Niccolò ya ha iniciado una relación con una joven aristócrata, Mavi. Niccolò sufre amenazas de un personaje anónimo (llamadas por la noche, seguimiento por parte de extraños) para que deje de ver a Mavi. Ésta, llegado cierto punto, desaparecerá sin dejar rastro. Casi como en L'avventura. Niccolò encontrará muy pronto otra mujer, Ida, una joven actriz. Pero en este caso, también la relación acabará fracasando. 


No es baladí el hecho de que el personaje masculino sea director de cine. En películas anteriores, Antonioni siempre había escogido personajes masculinos que miran (un aquitecto en L'avventura, un escritor en La notte, un fotógrafo en Blow up, un periodista en El reportero). En este caso escoge un personaje que mira igualmente, pero que al mismo tiempo es un alter ego del propio Antonioni. Siempre sus personajes masculinos habían sido inconstantes y narcisistas. En la Tetralogía ya lo eran, pero matizados por la mirada de la mujer protagonista. En Blow up, Zabriskie point y El reportero ya aparece como protagonista esa virilidad desdibujada, que cuando parece haber encontrado el objeto de placer, lo abandona para buscar otra cosa, como si la felicidad estuviese siempre en otro lado. En este caso, Niccolò también es inconstante y narcisista, es demasiado directo y va por el mundo con su pinta de macho italiano cualquiera, pero también Antonioni lo observa con más indulgencia: tiene ideas propias, posee una visión del mundo, quizá confeccionada mediante retazos pero una visión al fin y al cabo. Posee una mirada propia. Aunque Antonioni intentase desvincularse de una posible identificación con su personaje, pueden encontrarse en éste resumidas de forma más evidente sus inquietudes personales que en otros personajes anteriores. Antonioni trata a este personaje con una mayor empatía que a otros personajes masculinos, observados con más distancia y frialdad: incluso lo trata con más cariño y condescendencia que a los personajes femeninos de la Tetralogía. Sin temor a equivocarme, diría que el personaje de Niccolò Farra es la creación más personal de todo el cine de Antonioni, menos dominada por las imposiciones formales y plásticas de su  estilo, con más vida dentro de cada encuadre.




El tema de la película es el tema de Antonioni por excelencia: la imposibilidad de comunión total en las relaciones entre mujeres y hombres. El personaje masculino es un individuo "empeñado en sobrevivir", como dice en determinado momento: busca en la mujer antes un bote salvavidas que un individuo del que aprender y con el que interactuar. Los personajes femeninos, especialmente Mavi, tampoco parecen buscar otra cosa. La mujer, vista desde fuera a diferencia de en la Tetralogía, es un individuo enigmático pero que, en el fondo, tampoco se diferencia del hombre cuando se libera. Las relaciones están cargadas de tensión, y no suele haber complicidad más allá del encuentro sexual. Incluso éstos, rodados de forma muy explícita por Antonioni, están cargados de una subterránea violencia reprimida. La relación amorosa por tanto no resulta más que un autoengaño, que oculta una unión entre extraños: el desinfectante letmotiv antoniniano.



De nuevo, con especial maestría, Antonioni hace del paisaje un personaje. La escena de la niebla es sintómatica de la desorientación de Niccolò y Mavi, y de las sospechas y temores acumulados que acaban explotando en un estallido de sinceridad que dinamita la relación desde dentro. La escena de la laguna entre Niccolò y Ida los muestra, en cambio, como personajes rodeados de una nada absorbente, de un silencio inquietante. Aun estando encuadrados en primer plano, aparecen como individuos rodeados de un vacío que acabará por aniquilarlos, a pesar del amor que puedan profesarse. El tratamiento del color, y todas las escenas con ventanas de por medio - ya sea para observar al amado en la calle desde el interior de una casa, o para observar la naturaleza - son, como siempre en Antonioni, magistrales. 



Los dos personajes femeninos no pueden ser más contrapuestos. Mavi pertenece a una familia aristocrática. Es fría y sexualmente activa, y coincide con Niccolò en su particular narcisismo. Es lo suficientemente lúcida como para no usar de forma inconsecuente la expresión "te quiero", es una persona complicada pero, al mismo tiempo, no tiene secretos con Niccolò. Acaba desapareciendo. En cambio Ida es una joven actriz que vive en una casa humilde, en continuo contacto con la naturaleza o con lo salvaje (los caballos). Es más natural y más expresiva y menos fría que Mavi. Reconoce su enamoramiento - algo que parece desbordarle -, pero, al mismo tiempo, tiene secretos inconfesables. 


 
Por último, Antonioni parece no encontrarse "a suo agio" (en su salsa) en la Roma de los ochenta. Después de sus viajes por Londres (Blow up), Estados Unidos (Zabriskie point), África, España (El reportero) y China, la vuelta a Italia no puede ser más traumática. Antonioni, como también el Fellini de los ochenta, reconoce los signos evidentes de decadencia de su país. Ya no hay ninguna fascinación en esa Roma ochentera. La aristocracia, retratada en L'avventura y La noche con cierta elegancia, aparece aquí rancia, vulgar y suspicaz. Roma está plagada de curas, compradores compulsivos, jeringuillas, camellos y revolotea en el ambiente todavía la confrontación de los años de plomo. Igualmente, en los interiores domésticos siempre aparece ocupando un espacio privilegiado el televisor. Esta mirada es más crítica que indulgente, pues si bien en determinado momento Niccolò señala que "mientras se habla la vida se desarrolla fuera, y los discursos se quedan anticuados", Antonioni no se siente ya identificado con el exterior: es incapaz de detectar "lo moderno" porque ya no lo ve por ningún lado. Quizá a nivel musical Antonioni pretendiese mantenerse a la última con la elección de una música electrónica hoy ya completamente desfasada, y de unas canciones pop italianas que restan rigor a la película. Se demuestra aquí un esfuerzo contranatura de entendimiento con el exterior: precisamente en un director que había señalado en el pasado que prefería no utilizar música, sino sonidos.

La idea del fracaso y de la inconsistencia de la vida sobrevuela toda la película. Antonioni tenía todavía algo que decir, aunque quizá no lo expresase en todo momento con la brillantez y la elegancia de épocas anteriores: su película roza a veces la vulgaridad, por momentos se hace incluso demasiado evidente. La película tiene un tono finto (falso) muy atractivo. Pero aun así, considero que debe ser valorada como una película muy personal del maestro ferrarense, quizá la más personal: lo que había dicho hasta el momento lo dice aquí de una manera más directa y clara, quizá más popular, con el ánimo de llegar a más gente aun a riesgo de traicionar el alto estilo, pero lo dice, cueste lo que cueste, exponiéndose, sin trucos de por medio. Y lo que dice precisamente no es un mensaje muy positivo, sino más bien melancólico. Esta película es casi un testamento. La película es dura a su manera: parece decirnos finalmente que ante una realidad descorazonadora que solo fabrica fracasos, más vale refugiarse en la fantascienza (la ciencia-ficción) y en sueños imposibles.