domingo, 28 de enero de 2018

CALL ME BY YOUR NAME

Call me by your name es demasiado hermosa. Tanto que inspira a decir tonterías o cursiladas. La juventud que en ella aparece es demasiado radiante, la naturaleza demasiado exuberante, el ambiente es demasiado sofisticado e intelectual, el verano de 1983 es demasiado sensual, Italia es demasiado hermosa, incluso con sus persistentes relaciones feudales. En resumen, todo es tan demasiado que corre el riesgo de ser artificial. No hay defectos en el mundo de la película, ni siquiera la diferencia de edad de los amantes parece serlo. Por todo ello me reservo un juicio más elaborado sobre la película para más adelante, para cuando ya la haya digerido al completo y el hype que ha crecido en torno a ella se haya rebajado un poco.

Sin embargo, algunos de los temas tratados con anterioridad en esta página aparecen con especial reiteración en la película. Esos objetos que sirven a modo de emblemas, cargados de resonancias simbólicas y culturales. Ventanas, bicicletas, manos, teléfonos...Aparecen en demasiada cuantía e intensidad como para pasarlos por alto, aunque en la mayoría de los casos se ciñan al significado cultural con el que se les suele relacionar. A partir de ahora voy a analizar estos elementos, así que aconsejo a quien no haya visto la película que detenga la lectura a partir de este momento. 

La ventana aparece asociada al personaje de Elio (Timothée Chalamet). Ya desde un primer momento, la inicial visión del personaje de Oliver (Armie Hammer) se produce desde la ventana de su habitación, desde las alturas. Elio y Marzia (Esther Garrel) observan curiosos la llegada del "intruso", que ya desde el primer momento se muestra exultante, perfecto, deportivo, excesivamente activo, como suelen ser los norteamericanos en las películas italianas. A partir de entonces habrá varios momentos en los que Elio contemple el jardín desde la ventana, a la espera de Oliver u observando su huida. Así sucede en una determinada escena en la que el sonido de las puertas del balcón batiendo con fuerza se ensambla con naturalidad con la música de la banda sonora. La ventana casi siempre se asocia a la pasividad de la espera y de la observación, marca una frontera entre los que actúan fuera y los que observan desde dentro. Pero llegado un cierto punto de la película, cuando se alcanza el clímax de la relación amorosa, la ventana cambia de significado. Muestra un exterior de vegetación exuberante, nocturno, casi salvaje, que sirve de contrapunto a lo que se desarrolla en el interior. La cámara, con un pudor propio de tiempos pasados, se desentiende de los amantes y filma, a modo de elipsis alusiva, los árboles y la noche.







La bicicleta por su parte ha aparecido casi siempre asociada a la libertad de la primera juventud. La bicicleta siempre es el primer vehículo que permite la libertad de movimientos. En Call me by your name los personajes se pasean en bicicleta con la misma ociosidad aristocrática que los personajes de El jardín de los Finzi Contini. Las chicas también van a todos lados en bicicleta. Pero en algún que otro momento la bicicleta parece también un elemento de rivalidad, de reto mutuo. En el primer momento que comparten juntos, en Crema, Oliver ni siquiera espera a Elio, al que despacha con uno de sus "later!". Posteriormente, en otras escenas, se verá a Oliver delante, marcando el ritmo, y Elio  siguiéndole con un pedaleo forzado. Oliver espera jadeando a que Elio le dé alcance, y éste sólo se detiene un  instante, para retomar la marcha pedaleando con más fuerza. De esta forma, el flirteo tiene a veces cierto carácter competitivo. La película queda perfectamente resumida en un sintético primer plano que muestra sus dos bicis apoyadas en la pared, el manillar de la bicicleta azul de Elio apoyado sobre el cuadro de la bicicleta roja y blanca de Oliver, imitando la postura que adoptarán muchas veces a lo largo de la película sus cuerpos.








El teléfono marca casi siempre momentos de incomunicación, de malentendido, de distanciamiento. Bajo un antiguo planisferio se encuentra en la espaciosa casa de los padres la mesa del teléfono, ligeramente apartada para permitir algo de privacidad en las conversaciones. Éstas tienen lugar en dos momentos, marcados ambos por la falsedad. En la primera conversación Elio busca a Marzia, la chica con la que supuestamente sale, para escapar de sus auténticos deseos. Ni siquiera identifica con claridad su voz al otro lado del auricular. En la segunda conversación, ya después de la separación de Elio y Oliver, el intercambio de palabras, la manera en que se llaman el uno al otro, parecen susurros ahogados que se pierden en la lejanía. En cambio, en la llamada desesperada que realiza Elio a su madre desde la estación de Clusone aflora, bajo el frustrado intento de mantener la calma, la dura realidad de la separación, con un sutil quiebro en la voz del protagonista.






El tema del tren también aparece, asociado a la despedida, y en ese sentido la película se ciñe al completo a ese significado particular de los trenes. El único atractivo adicional de la escena de la despedida (enormemente efectivo, desde mi punto de vista) deriva de la megafonía cantando el listado de paradas que separan Clusone de Milano Centrale mientras los amantes permanecen abrazados. Cada sugerente nombre pronunciado por la voz impersonal de la megafonía añade más distancia a la separación que se avecina.




Por su parte, manos y pies también juegan un especial papel, como partes del cuerpo que expresan muchas veces más de lo que las palabras enuncian. Las zapatillas danzarinas de Oliver en la pista de baile, el masaje de pies, el jugueteo amoroso con los pies, el intento de masaje que marca el primer contacto entre los dos personajes, el sutil encuentro de las manos en el balcón en la noche del primer encuentro y, en especial, el apretón de manos con una estatua griega de por medio, son algunos de los momentos en los que esta comunicación no verbal adquiere especial importancia, y en una película tan recatada como ésta (en la que tan sólo hay una escena que podría llamarse provocativa) son los elementos que aportan sensualidad a la historia.











En resumidas cuentas, volviendo a la impresión general de la película, ésta bebe claramente de los amores de verano de Rohmer y de los primeros amores de Bertolucci, pero sin el aparente cinismo del primero y la constante voluntad provocativa del segundo. La presencia de James Ivory en el guión, director de películas demasiado encorsetadas para mi gusto, quizá ha evitado la dispersión típica del cine italiano. Sin embargo, esa incapacidad de los directores italianos para crear una progresión dramática clásica es la  que a veces aporta sorpresas interesantes. En esa línea de aparente divagación sitúo una de las escenas más logradas de la película, la del desvelamiento de las auténticas intenciones de los personajes. Una escena muy bien conseguida, rodada en un sutil plano-secuencia en torno a un monumento al soldado caído en la primera guerra mundial, en el que se ha logrado un perfecto ensamblaje, casi coreográfico y muy antoniniano, entre la historia de los personajes y el particular devenir de la realidad en el escenario (el monumento, el autobús que parte, la iglesia, etc.).




En cuanto a los personajes, el de Oliver es aparentemente demasiado perfecto, sin fisuras, sin aristas, aunque al final del film sí que se aprecia la intención, muy propia del cine de Rohmer, de mostrar las debilidades del personaje maduro, aparentemente más cínico y experimentado. Su mirada desde el tren apunta en esa línea. Por su parte, en el de Elio se han querido concentrar demasiadas vocaciones artísticas. En su personaje queda ejemplificada la lucha constante en el interior del adolescente entre vitalidad y ensimismamiento, entre miedo y deseo ante el propio autoconocimiento. La fragilidad del personaje es su mejor virtud, algo que logra transmitir con asombrosa gran maestría el joven intérprete. 



Para mí la película gana al enfocarse en los padres, en la madre (Amira Casar) que comprende todo sin hablar y al padre (Michael Stuhlbarg) que quizá se confiesa en exceso para mi gusto, pero que depara una escena bastante emotiva al final de la película. En fin, el tiempo dirá si esta película es todo lo que se dice de ella o no es más que la falsa materialización del deseo, muchas veces insatisfecho, de ver de nuevo buen cine. De momento va ganando la primera opción. 

lunes, 27 de noviembre de 2017

EN EL AULA

No soy demasiado aficionado al tema de la escuela en el cine, pues me toca demasiado de cerca y prefiero no ver en el cine reflejadas las angustias de mi trabajo diario. Por todo ello rehuyo de las "películas sobre la escuela", especialmente de aquellas que se toman el tema demasiado en serio. Dicho esto, la escuela ha sido, como todo lugar social, objeto de la mirada del cine, principalmente por tratarse de un lugar de formación en el que no sólo se aprenden los rudimentos básicos para vivir en sociedad, sino que la propia vida en comunidad se experimenta a diario, en el patio, con todas sus glorias y sinsabores. 

Rastreando en la historia del arte, pocos ejemplos se encuentran en los que aparezcan escuelas o al menos actos de enseñanza. Quizá ello se deba al hecho de que la educación durante mucho tiempo fue algo propio de élites. En Grecia encontramos algún kylix con decoración pictórica que trata, a modo de constatación de un hecho, el tema de la enseñanza. De música en concreto. El alumno, de pie frente a los profesores, parece recitar la lección. Durante la Baja Edad Media, con la aparición de las universidades, aparecen también ilustraciones del quehacer diario en las aulas, tratándose en este caso de una educación no relacionada con la infancia. Algo más tarde, en el Renacimiento, con el despertar de la cultura clásica, reaparece no sólo el interés por el conocimiento sino también, de forma tímida, el descubrimiento de éste por parte de los niños y adolescentes. En un rincón de La escuela de Atenas de Rafael, Euclides (en realidad Bramante) enseña geometría a unos asombrados muchachos. 





Poco tardará en aparecer la sátira sobre la escuela, uno de los temas más prolíficos de los relacionados con el mundo educativo. El artista no hace más que continuar y amplificar la mirada del niño, que ridiculiza, al mismo tiempo que admira, a sus maestros. Y al mismo tiempo, tomando distancia con respecto a los niños, el artista es capaz de detectar lo salvaje, incivilizado, instintivo, y al mismo tiempo inocente, de su actitud.  A veces el artista puede hacerlo con un estilo humorístico de primer nivel, como Peter Brueghel en su grabado El asno en la escuela, en el que el artista flamenco atiza a ambos lados. El maestro es un burro y los alumnos una manada incontrolada de cachorros de actividad desquiciada. En otros casos prevalece la crítica censora frente al humor, la intención de denuncia de una educación estéril, como en Si sabrá más el discípulo de Francisco de Goya. 



En el siglo XIX la educación se convierte en una prioridad, no por un deseo filantrópico, sino más bien por la necesidad de controlar a unas masas cada vez más activas en el plano público. La escuela, clerical hasta el momento, se vuelve patriótica y autoritaria. El creciente nacionalismo que destruirá Europa se incuba y se espolea en las aulas, y los voluntarios de 1914 que pensaban ir a una excursión patriótica, con banderolas y pantalones cortos, se dan de bruces contra la sangre, el asesinato y la muerte. No extraña por tanto que la sátira sobre el autoritarismo en las aulas continúe hasta bien entrado el siglo XX.

En el periodo de entreguerras, Jean Vigo ironizará sobre un internado masculino en su ácrata Zero de conduite (1933). Los alumnos preparan la revolución contra sus profesores, como si la escuela fuese un microcosmos de la sociedad. En mitad del fragor entre represión y libertad destaca la figura del profesor joven, convencido a la manera de Rousseau de la buena voluntad de sus alumnos. Éstos le toman el pelo de forma reiterada (aunque al profesor no le siente mal).  En una salida extraescolar, el profesor encabeza la fila, canturreando distraído, mientras a sus espaldas los alumnos van escabulléndose en bares y tiendas, hasta que el profesor queda solo al frente. 

Cero en conducta (Jean Vigo, 1933)


Más tarde, Fellini hará en Amarcord (1973) un genial friso caricaturesco de la educación fascista, extensible a otros periodos y latitudes. En una sintética escena, Fellini hace un repaso no sólo a las vacías lecciones memorísticas y a las particulares fisonomías de los profesores, sino también a las despiadadas trastadas de los alumnos, que rozan en algunos casos lo psicótico. Con una voluntad de extrañamiento similar, los Monty Python incluirán en su aglutinante Meaning of Life (1983) una escena sobre la educación sexual en un internado victoriano, seguida de un apocalíptico partido de rugby entre alumnos y profesores, en el que los profesores no dudan en patear a los alumnos si es necesario. Los Monty Python se inspiran en la caricatura previa de los public schools que ofreció Lindsay Anderson en If... (1968). La disciplina y la tradición se dan la mano con la homesexualidad latente, el abuso de poder y los delirios terroristas, en una película que, como en los casos anteriormente nombrados, utiliza un humor de trazo grueso, pero efectivo, para demoler las jerarquías. Desde un ángulo más naturalista, Truffaut critica a la educación represora en Les 400 coups (1959).

Amarcord (Federico Fellini, 1973)

El sentido de la vida (Terry Jones, 1983) 


Si...(Lindsay Anderson, 1969)


Los 400 golpes (François Truffaut, 1959)


Pero no sólo la caricatura ha ido dirigida a mostrar las debilidades de una educación represiva. Desde 1968 comienza otra escuela, más consciente del alumno y de sus intereses, que llevada al extremo puede dar lugar a una tiranía de signo contrario, en la que el profesorado debe amoldarse a trancas y barrancas a la voluntad voluble del alumnado. Nanni Moretti lleva en Bianca (1984) la caricatura al extremo. El instituto Marilyn Monroe aplica una novedosa pedagogía, en la que las clases de historia se dan al ritmo del juke box (se analizan los grandes éxitos de la canción italiana) y en la que los profesores tienen un psicólogo personal. Los alumnos son demasiado listos, tanto que incluso someten al profesor recién llegado a un examen en la pizarra.

Bianca (Nanni Moretti, 1984)



Más allá de ofrecer una mirada sobre el "estado de la cuestión", el cine también ha intentado mostrar las variadas relaciones sociales que la escuela propicia. Desde el grupo de amigos, hasta las amarguras del profesor, pasando por las relaciones no siempre limpias entre alumno y profesor.

Der Junge Törless (1966) de Volker Schlöndorff, loable adaptación de Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, trata las relaciones entre iguales desde una óptica austera y retorcida, muy germana. Si bien se elimina el tema del homoerotismo que aparece en la novela, la película de Schlöndorff es un buen análisis de lo que hoy se llama bullying. Entre los matones y el alumno acosado se sitúa Törless, abrumado por su voluntad de análisis y sus propias inclinaciones justicieras. Alejado de las alturas filosóficas de Musil se encuentra Les Beaux Gosses (2009) de Riad Sattouf. Sattouf se centra en un grupo de pardillos, obsesionados con las chicas y el sexo, pero con un miedo terrible a dar el primer paso. Besar a una chica supone la posibilidad de subir de escalafón en la rígida jerarquía del patio, pero en realidad es más complicado de lo que parece. Con gran habilidad para la caricatura, Sattouf muestra el entramado de tópicos y leyes no escritas que levantan fronteras entre chicos y chicas.

El joven Törless (Volker Schlöndorff, 1966)

Les beaux gosses (Riad Sattouf, 2009)


En otros casos, el cine ha intentado dar respuesta a aquella pregunta que nos solíamos hacer de pequeños: ¿Qué hacen los profesores cuando salen de la escuela? ¿Son personas normales? Ya os digo yo que no lo son. De todas formas, estas preguntas sirven de punto de arranque para llevar la acción a otro terreno. Así sucede en Der blaue Engel (1930) de Josef von Sternberg, en la que un severo y solitario profesor acaba enamorado perdidamente de la cabaretera interpretada por Marlene Dietrich. Tal romance, siguiendo los esquemas misóginos de la época, conducirá al profesor a la perdición, con un patético plano final en picado del profesor en el aula vacía. La película reciente Detachment (Tony Kaye, 2011) también se centra en la vida solitaria de un profesor sustituto, totalmente alienado, acostumbrado a empalmar trabajos y a pasar de refilón por la vida convulsa de los alumnos. Ambas entran, especialmente esta última, en la categoría de "películas sobre la escuela" que me resultan insoportables (hay muchas otras que no he visto simplemente por prejuicio: El club de los poetas muertos, La clase, La profesora de historia, etc.).

El ángel azul (Josef von Sternberg, 1930)

Detachment (Tony Kaye, 2011)


Otro cantar son las relaciones entre alumno y profesor. Como profesor no desearía otra cosa que despertar en mis alumnos esa sed de curiosidad que logra crear el profesor de ciencias de la serie Stranger things (2016) en esa cuadrilla de jóvenes outsiders. Una relación así entra dentro de la normalidad, incluso es más, entra dentro de lo deseable, es el objetivo máximo. O el entusiasmo desaforado de los niños de Amanece que no es poco (1986) cantando el funcionamiento del corazón. De hecho, no hay nada mejor que el hecho de que la escuela enseñe a ver, como demuestra con gran sutileza El espíritu de la colmena (1973). ¿Pero qué sucede cuando las relaciones entre alumno y profesor son demasiado cercanas? Esa es otra pregunta clave. Está el caso del maestro alcohólico de Pa negre (2010) de Agustí Villaronga, interpretado por Eduard Fernàndez: un amargado maestro de pueblo que canta las victorias del franquismo durante la posguerra con algo de escepticismo y resignación, porque adormece sus sentidos con el alcohol y con la compañía de la alocada prima del niño protagonista. En La prima notte di quiete (1972) Valerio Zurlini utiliza como excusa la escuela (pues sólo aparece en las primera escenas) para plantear un romance entre un asqueado profesor de arte (Alain Delon) y una joven alumna, de vida nocturna ajetreada. También en La belle personne (2008), de Christophe Honoré, Louis Garrel adopta el rol de "profesor enrollado", que liga, en un ambiente de promiscuidad sexual muy francés, con profesoras y alumnas, saltando de unas a otras. Aunque quizá la película que mejor ha tratado las relaciones entre alumno y profesor sea Dans la maison (2012) de François Ozon, magnífica adaptación de la obra de teatro El chico de la última fila de Juan Mayora. La historia tiene los ingredientes necesarios para resultar atractiva: un profesor aburrido que considera que desperdicia su talento en el instituto, un alumno misterioso con un innato don para escribir, y una familia normal, burguesa y mediocre que se convierte en objeto de la irrefrenable sed de voyeurismo de ambos. Aunque no sea de gran valor que lo diga, es una de mis películas predilectas.

Stranger Things, tep. 1 (2016)

Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1986)

El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)

Pa negre (Agustí Villaronga, 2010)

La belle personne (Christophe Honoré, 2008)


La prima notte di quiete (Valerio Zurlini, 1972)



En la casa (François Ozon, 2012)


Por último, unas palabras sobre el espacio, sobre la escuela o instituto como entidad física y arquitectónica. Más allá de los pasillos con taquillas y el gimnasio con su pista de baloncesto de las películas norteamericanas, si por algo se caracterizan estos espacios es por sus altos muros, sus aulas anónimas, los espacios poco imaginativos, la rígida formalidad del mobiliario. Pero si he de quedarme con una escuela, de todas las que he visto en el cine me quedo con el liceo classico de Diavolo in corpo (1986) de Marco Bellocchio. Un aula en el último piso, con amplios ventanales, que da a un patio interior en cuyas plantas inferiores hay un manicomio. Saltando por la ventana, accediendo al tejado de la casa contigua, el joven protagonista podrá acceder al balcón de una joven vecina, de mirada misteriosa y atractivo físico. Más allá de otras escenas más que prescindibles, la película es valiosa por convertir la arquitectura en terreno de la aventura amorosa, y por dotar a los momentos de la maturità (nuestra selectividad) de un aire poético nunca antes ni después alcanzado.


Diablo en el cuerpo (Marco Bellocchio, 1986)


Otra ronda (Thomas Vinterberg, 2020)

Les grans esprits (Olivier Ayache-Vidal, 2017)

Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993)

¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987)

Child's play (Sidney Lumet, 1972)

Un tipo serio (Joel & Ethan Coen, 2009)

Buenos días (Yasujiro Ozu, 1959)

Akira (Katsuhiro Otomo, 1988)

Tokyo Sonata (Kiyoshi Kurosawa, 2008)

Monstruo (Hirokazu Koreeda, 2023)

Kes (Ken Loach, 1970)

Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002)

School of rock (Richard Linklater, 2003)

To sir, with love (James Clavell, 1967)