domingo, 4 de agosto de 2019

EL MAR (AGUSTÍ VILLARONGA, 2000)

Pocas películas españolas poseen la intensidad de El mar de Agustí Villaronga. Quizá solo El espíritu de la colmena o Arrebato se aproximen a su capacidad para crear sus propios símbolos, su propia "imaginería". El mar es una película compleja y hermosa, que requiere de un espectador cómplice, no tan centrado en la compresión de la sucesión lógica de los acontecimientos, como en el disfrute de la potencialidad de las propias imágenes. Éstas riman o contrastan entre sí, al mismo tiempo que son capaces de aludir a realidades extradiegéticas que amplifican su capacidad perturbadora.

En El mar, el sexo y la violencia parecen dos caras de una misma moneda, pero es la imaginería religiosa la que realmente ejemplifica el mal. Esta unión de perversión y extravagancia, de "sangre escandalosa" e irreverencia, constituye el envoltorio de una historia de amor de soterrado carácter romántico, que recuerda al amor antropófago y destructor de los surrealistas, y que por momentos hiela la sangre como una película de terror. El amor de los dos protagonistas es imposible desde un inicio por múltiples incompatibilidades autoimpuestas, y solo en el abrazo mortal parece encontrar una resolución, entendida como fin de los contrastes y unión de los opuestos.

La película está ambientada en 1947, el año en el que murió el torero Manolete. Manuel Tur (Bruno Bergonzini) y Andreu Ramallo (Roger Casamajor) son dos jóvenes de apenas veinte años, que se reencuentran después de un largo tiempo en el sanatorio para tuberculosos de Caubet (Mallorca). Ambos provienen de Argelús, un pueblecito del que guardan un recuerdo amargo, asociado al terrible verano de 1936. En aquel momento, siendo todavía niños, fueron testigos en plena noche de los fusilamientos en la tapia del cementerio, así como de una venganza instintiva y cruel entre niños, calco de los patrones paternos. Tur es un joven que parece alucinado, dominado por la religión y el anhelo de castidad. Por ello, su carácter es apagado, mortecino, intolerante y reprimido. Ramallo es su cara opuesta, un joven exhibicionista y fanfarrón, activo y nervioso como una culebra. Sin embargo, guarda profundos secretos que alteran su carácter expansivo y vitalista, y lo convierten en violento. Para Tur, el deseo homosexual es un impulso que lo desgarra y que cree controlar mediante el rezo y la mortificación compulsivas. Para Ramallo, el deseo homosexual es un recuerdo frustrante de abusos demasiado recientes, un impulso del que quiere huir, aun siendo experto. En los pasillos interminables del sanatorio retomarán la amistad de la infancia, aunque el amor será imposible entre ellos, debido a que sus vidas están ya marcadas por la sumisión y la muerte.


Antes de continuar, invito al lector a que vea la película, pues la pienso desmenuzar sin reparo. Para esta tarea, cargada de humildad, tengo que reconocer que estoy en deuda con el análisis realizado por Pilar Pedraza (PILAR PEDRAZA, Agustí Villaronga, Ed. Akal, 2007). Pilar es una auténtica maestra a la hora de plasmar pensamientos complejos en palabras perfectamente escogidas. Mentiría si no dijese que he sentido casi idéntico placer viendo la película de Villaronga que leyendo el libro de Pilar. Sin duda gran parte de mi amor al cine se lo debo a ella, como lector y como alumno, así que le cedo momentáneamente la palabra: 
"El bien y el mal como dos caras de una misma inocencia, la vida activa y la contemplativa, la agresividad sexual y la pasividad convertida en pasión, en santidad demoníaca, en inocencia asesina, se encarnan en dos personajes antagonistas, Andreu Ramallo y Manuel Tur, cuyas historias se trenzan desde el verano del 36. Son niños de la Guerra Civil, pero también jóvenes de una guerra más dolorosa: la de un mundo sin sentido y no obstante lleno de savia vital y de anhelos, en el que sólo queda, como dice el joven Tur, rezar, es decir, entregarse al cultivo de un deseo monstruoso de pureza cuyo único fin posible es la muerte propia y ajena." (op.cit. p.53)

La película es realmente la adaptación de la novela homónima de Blai Bonet, escrita a partir de la propia estancia del autor en el mismo sanatorio de Caubet entre 1947 y 1948, y publicada diez años después. La novela se caracteriza por dar voz en cada uno de sus capítulos a los protagonistas de la historia: Manuel Tur, Andreu Ramallo, la joven monja sor Francisca Luna y el padre Gabriel Caldentey (que no aparece en la película). Bonet recurre en cada sección al monólogo interior, en el que los pensamientos y recuerdos de los personajes salpican una acción apenas destacada. Bonet cuela en boca de sus personajes descripciones muy líricas de la exuberante vegetación mediterránea, al mismo tiempo que en las largas confesiones de estos emerge siempre el lastre que la creencia en el pecado crea en sus conciencias. La religión vivida con una intensidad histérica, especialmente en el caso de Tur, hace que el sanatorio para tuberculosos parezca en alguna que otra ocasión un sanatorio mental. La adaptación de Biel Mesquida, Antoni Aloy y el propio Agustí Villaronga juega con la piezas expuestas por Blai Bonet, respetándolas con sumo rigor, pero introduciendo algunos otros elementos que no desbaratan el sentido de la obra.

Los tres protagonistas de la película:
Bruno Bergonzini, Antònia Torrens y Roger Casamajor (Berlinale, 2000)


La radicalidad de la obra de Blai Bonet reside precisamente en su carácter alucinado de confesión coral, en una mezcla acuosa de recuerdo, sentimiento y vivencia, tormento religioso, fiebre asesina y rapto lírico. El carácter homosexual de la novela, escandaloso para la época, queda camuflado por una ambigua condena moral de sus actos. La radicalidad de la obra de Villaronga reside, quizá en un primer vistazo, en la exposición gélida del sexo y la violencia, especialmente en una escena homosexual final, de gran valentía, en la que se imbrican de forma perturbadora deseo y muerte. Sin embargo, en un segundo o tercer visionado, la película muestra otra cara de su radicalidad, o mejor dicho de su singularidad. Una singularidad única y reluciente, que la convierte en toda una gema. Esta singularidad reside en su propia estructura de red, en la que las imágenes aparecen una y otra vez, rimando entre ellas. La puntada por la que emerge la aguja al principio de la película tiende el hilo sobre su desarrollo y desaparece al final, cosiendo toda su estructura. De esa forma, el prólogo infantil queda enlazado con todo el desarrollo del sanatorio por algunos objetos y gestos que aparecen y reaparecen. De igual forma, Ramallo y Tur están completamente enlazados, como dos hermanos siameses inseparables, precisamente por esas imágenes que riman entre sí, que aluden unas a otras, que se interpelan con ansia y que constituyen el cemento sutil y hermoso que aglutina toda la película. Pasemos a analizar estos elementos.

Un mar reducido - Bañeras y peceras

¿Dónde está el mar en la película? Es más, ¿dónde está el mar en la novela? No hay ningún mar en esa isla dentro de la isla que es el sanatorio para tuberculosos. En la película el mar se reduce a un recuerdo en boca de Andreu Ramallo, un recuerdo de paz y estatismo que luego tendrá una resonancia perturbadora en la escena de la casa de Eugeni Morell. En la novela hay incluso menos mar que en la película y sí un continuo canto a la tierra y sus zarzales, pinares, montes con plantas aromáticas y campesinos petrificados por el polvo del camino. El mar solo asoma en la breve pero determinante alusión a un marinero, un marinero triste y pobre que vagabundeaba por las calas en busca de trabajo y al que un día el Ramallo niño quiso consolar por su tristeza, provocando una reacción ante la que el narrador calla.

En la película, el mar de Ramallo es un recuerdo de una dorada multicolor que devolvió su padre al mar. Es un recuerdo hermoso propio de la invención de Mesquida, Aloy y Villaronga. Cuando el niño Ramallo metió la cabeza en el agua para despedirse del pez encontró una especie de paz, una disolución en el agua, quedando anulada por un instante mágico la imposibilidad de respirar. Este recuerdo se lo cuenta Ramallo a sor Francisca (Antònia Torrens) una noche en la capilla, en la que se ha colado para robar el dinero del cepillo e "irse de putas". Ambos han compartido correrías infantiles y juveniles, antes de que la joven tomase los hábitos. Sor Francisca es de hecho el único personaje que suscita algo de empatía en la película: sus hábitos no la convierten en una histérica. Es una persona sensata a pesar de ellos, ella es el ojo que registra, el testimonio neutral que necesita el tenso combate entre sus dos amigos enfermos.



El mar de la película es por tanto un mar aludido, un mar que no aparece. Sin embargo sí lo hace el agua. El mar de la película se reduce al agua de una bañera o al agua de una pecera. Si el mar es libertad, ausencia de límites y amplios horizontes, bañeras y peceras son espacios acotados y claustrofóbicos. Sarcófagos y cárceles, lugares en los que sajarse las venas o agua pútrida en la que morirse dando vueltas. 

Las primeras imágenes de la película ya aluden a ese mar reducido: al rostro sumergido de Tur en la bañera, azulado y sin respiración,  con los ojos cerrados y los labios apretados, le corresponde el de Ramallo en la pecera, con los ojos abiertos y la sobreimpresión de unos pececillos de los que luego se sabrá su origen. El de Tur encuadrado en picado, el de Ramallo, en contrapicado. La melodía principal de la banda sonora de Javier Navarrete acompaña estas imágenes, en una mezcla forzada de cuerdas y viento que ejemplifica la unión de dos realidades contrapuestas. A continuación Tur, la mano sobre el vientre, el pecho vendado, comienza su confesión, con las palabras tomadas de forma literal del inicio del cuarto capítulo del libro: 

"Aquesta obsessió per la sang de Crist, per la Passió, per Satanàs, el parlar veloçment com si m'encenguès, esser viu i mirar com si fos un enterrat, començà aquell any, a l'agost." (BLAI BONET, El mar, Ed. Tres i Quatre, edición de 1988,  pág. 37)





Es una confesión alucinada, realizada desde una bañera-sarcófago mientras se desangra, en la que el blanco y negro y la posición (pecho vendado, como si llevase un sudario, la mano en el vientre), da al cuerpo famélico de Tur, con esos ojos grandes y tristes, un aire de mártir cristiano. Un travelling encuadra en detalle su ojo, que nos transporta, a través del círculo de la pupila (del que luego hablaremos) al recuerdo, a agosto de 1936, cuando todo comienza. La bañera, entendida como el emblema "marino" de Tur, reaparece al final, en la clausura del relato: un travelling enfoca en picado el cadáver de Tur en la bañera, en posición fetal, casi sumergido en un agua roja de sangre.

"Enfonso el braç dins l'aigua i tiro la fulla d'afaitar fora de la banyera. Des del fons de l'aigua, puja la sang espessa, calenta, negra, meva. Tota l'aigua se tenyeix i jo tinc els ulls estrets i espero." (Blai Bonet, op.cit. p. 244).



La bañera no es solo el símbolo de Tur, Ramallo también se apropia de ella, de ese pequeño mar sin gracia, triste y alicatado. Lo hace en varias escenas que no tienen correspondencia exacta con la novela de Bonet y que por tanto surgen de la imaginación de Villaronga, Mesquida y Aloy. Ramallo, como personaje expansivo, hace de la bañera su territorio de exhibicionismo, pero también de violencia. Después de un encuentro doloroso con su "protector" Eugeni Morell (Juli Mira), maduro estraperlista que lo mantiene a cambio de favores sexuales, Ramallo descarga su rabia contra el gato de Tur, aparente símbolo de su sexualidad domesticada. Ramallo atraviesa furioso el comedor después del encuentro con el estraperlista y el gato de Tur lo sigue, restregándose con dulzura entre sus pantalones. Con dos patadas Ramallo lo deja medio muerto. Tur lo recoge del suelo, prácticamente exangüe, y lo deposita sobre el lecho de Ramallo, no tanto para incriminarle como para que lo remate, al carecer él del valor para hacerlo. Ramallo, sin contemplaciones, lo ahoga en la bañera.



Posteriormente Ramallo reproduce en la bañera su mar anhelado del recuerdo. En un plano que secciona el rostro de Ramallo se ve el tatuaje de su pecho (símbolo de autoafirmación juvenil ante los requerimientos de Morell, que previamente había manoseado su pecho), rodeado de una serie de estampas o cromos de peces flotando sobre el agua, alusión a ese mundo acuático anhelado. En otra escena, rodada en un sutil y casi invisible plano-secuencia, Ramallo exhibe su cuerpo en la bañera de Tur mientras se ducha, ante el turbamiento de su amigo, que se hace en ese momento con sus ropas sudadas como material para sus fantasías masturbatorias. En todas estas escenas, Ramallo parece hacerse con el control de la bañera de Tur, violentando su intimidad. 




Si la bañera es el atributo de Tur, la pecera es el símbolo de Ramallo, su mar acotado. Los peces forman parte de su mundo obsesivo, convirtiéndose en el símbolo de sus ansias de libertad, puesto que nadan a sus anchas en un amplio mar muy diferente del enrejado sanatorio. También a Sor Francisca los peces le recordarán a su antiguo amante, ahora amigo; aunque no se trate ya de peces vivos, sino de pescados.



La pecera aparecerá al final de la película, en casa de Eugeni Morell. Ramallo visita a su "protector" con la intención de asesinarlo, haciendo del viejo el chivo expiatorio de su amargura y rencor, sin dilucidarse en la película si en ese acto hay una cuenta pendiente de su niñez ("me acuerdo de cuando eras pequeño y ya ves...¡Te has hecho un hombre!", le dice Eugeni Morell durante su primera visita). Sin embargo, antes de cometer el asesinato, tiene un momento de duda: el viejo parece haberse adelantado a sus deseos, regalándole una pecera con un pez multicolor en su interior. Un pez que remite directamente a ese mar del recuerdo, ese mar quieto y pacífico, la meta vital de Ramallo. Con este regalo inesperado, el personaje de Morell adquiere en esta escena final un tono más humano y paternal, aunque sea solo a modo de preámbulo para acabar en la cama. Ramallo previamente había confesado a Sor Francisca que el recuerdo del pez (un recuerdo a modo de punto central de una existencia) no se lo había contado nunca a nadie. Sin embargo, el pez reluciente en la pecera de Eugeni Morell parece contradecir sus palabras de joven lenguaraz.





Después de asesinar brutalmente al estraperlista, Ramallo sumerge la cabeza en la pecera y se lava la cara en ella. Esa era la quietud de la que hablaba en su confesión con la monja amiga: la quietud del asesinato, la suspensión de la razón, la ciega brutalidad que anula el pensamiento. Todavía refrescándose la cara, le da un acceso de tos y la cámara se distancia de él, de su dolor y de su crimen, en un travelling en retroceso.








Tras las confidencias de Ramallo a sor Francisco en la capilla, la joven monja había elegido una película de peces para proyectar ante los enfermos, en honor a su antiguo amante. En ella aparecen esos mismos pececillos que ya se habían visto como veladuras sobre los rostros acuáticos de los dos jóvenes en el prólogo del film. La película sobre el mar se quema durante la proyección, antes de llegar a su final.





El asalto sexual - La mano que explora

"Hace mucho calor aquí dentro". En tres ocasiones parece hacer un calor sofocante en la película, una alusión bastante obvia a un creciente deseo sexual.  En dos de estos momentos, manos expertas exploran con premura y avidez los pechos de los jóvenes enfermos; pechos pálidos y sin vello por fuera, carcomidos por la enfermedad por dentro. La tercera vez en la que "haga calor" ya no habrá vuelta atrás. 

Ramallo es un joven chulito algo machista, que no duda en comentar en voz alta sus impresiones sobre los cuerpos femeninos. En su llegada al sanatorio, mete la pata comentando ante el conserje Alcàntara (Simón Andreu) lo bien puestos que tiene los pechos la criada Carmen (Ángela Molina), sin saber que está hablando de su esposa. Posteriormente, se pavonea delante de sus compañeros de habitación, contando un encuentro con una tal Magdalena, que escandaliza tanto a Tur que acaba marchándose con su gato a dormir. Después de reencontrarse también con Francisca, no duda en tocarle el culo, a lo que la monja responde con un bofetón. A pesar de todos estos comentarios y actitudes, el único que le "mete mano" durante la película es Eugeni Morell. 








El estraperlista, que se humedece la papada con un pañuelo perfumado y al que el agua no aplaca los calores, explora con su mano el pecho de Ramallo por debajo de la camisa, con la excusa de una tos bastante fea. Ramallo se revuelve y después del encuentro, que termina con cajas destempladas, no duda en tatuarse su nombre en el pecho, a fin de marcar quién es su único propietario. Sin embargo, en esos juegos de "transmisión del mal" que son tan propios del cine de Villaronga, el propio Ramallo enviará a Carmen, otro personaje maduro con intenciones sexuales, a visitar a Tur, a fin de que lo consuele y lo desvirgue. El personaje de Carmen tiene mucha más dignidad y autonomía en la película que en la novela, pues en esta última no deja de ser juzgado exclusivamente desde la óptica de Tur. Siente un calor maternal al mismo tiempo que cariñoso hacia el joven, al que intenta sacar de su marasmo ("no es bueno que estés todo el día solo") y al que profesa un amor auténtico. En una escena anterior, Tur se había presentado en casa de la criada y el conserje con la intención de robar la llave de la camioneta para Ramallo, y la criada lo había obsequiado con leche y galletas, como a un niño, devoradas con delicadeza por el joven de segundas intenciones. La mano que explora su cuerpo bajo la camisa llega más allá del pecho, a pesar de la resistencia del joven. Ese encuentro entre el joven beato y la criada queda mucho más esclarecido en la novela.

"Les orelles em xiulen i no sento les paraules de Carmen. És com si me n'anàs allunyant. Tanco els ulls per no veure la veritat, certa com la separació dels pits de Carmen Onaindía. Els polsos em bateguen com si m'enfondrassin el cap amb una pedra. Sento ja la fatiga de ser un home. Em sap greu haver perdut el noi que jo era, com em sabia greu quan m'enviaven i jo tenia deu anys i tornava trist a la mare perquè havia escampat la llet pel camí.  Repeteixo: - Odio Andreu Ramallo. " (Blai Bonet, op.cit.pág.153)






Tanto en la novela como en película, el encuentro no deseado entre Tur y Carmen, propiciado por Ramallo, suscita que el amor reprimido que profesa Tur hacia Ramallo se convierta en odio irracional. "Lo que te pasa es que me quieres demasiado, ¿qué crees que no me he dado cuenta?", le espeta Ramallo. Esa escena, con una mano exploradora de por medio, trasplantada de un cuerpo maduro a otro (de Morell a Carmen), de un encuentro no deseado a otro, provoca una quiebra fundamental en el relato melodramático de la película.




Finalmente el calor volverá a aparecer en la última escena, con Ramallo travestido de Morell, pero ya sin una mano que tantea, sino más bien con una presencia directa y casi escandalosa de los cuerpos desnudos, en un abrazo que en realidad es un combate y que termina como tal. 




Círculos - Agujeros en el tiempo

La forma circular aparece varias veces en la película, como un túnel que conduce de una parte a otra, como un agujero en el tiempo que provoca que el pasado emerja en el presente. En el prólogo inicial, es a través del ojo de Tur cómo llegamos a ese verano del 36, un verano que comienza con una letanía y termina bañado en sangre. La familia de Tur reza a la espera de la llegada del padre, que huye por miedo a los milicianos. En la novela queda más esclarecida la vinculación fascista de la familia de Tur, con el niño vestido incluso de balilla. 

"La teva família era de dretes i, a la tardor de l'any 36, t'afiliaren a l'esquadra de balilles del teu poble. Portaves un pantalon curt de pana negra, la camisa fosca de balilla amb els seus emblemes brodats amb fil vermell, i, creuat damunt el pit, un cordó blanc, que, a un cap, tenia un xiulet que anava dins del butxacó de la camisa. Al costat esquerre, els dies feiners, duies una porra; els diumenges , una destral niquelada o un punyal que costà nou duros al teu pare i que servia, més o menys, per matar gats o per amenaçar el company que no et volia donar el cromo que ell tenia i tu no. (...) D'aquella època en recordes molt la figura del comte Rossi, la barba vermella, de lluentor metàl·lica, la creu blanca damunt el pit, i que un dia vingué al teu poble, i, en passar davant teu, que feies cordó perquè la multitud deixàs espai lliure, vares aixecar el braç per saludar-lo i només ho vas fer tu - impulsiu que eres i ets - i ell et donà dos cops suaus a la galta i et digué: bel ragazzo." (Blai Bonet, op.cit. pág.223)



Después de asistir a la escena de los fusilamientos, ante los que el niño Ramallo no aparta la vista pero que provocan en Tur un repliegue en la religión (el niño decide no mirar y acurrucarse en la oscuridad, santiguándose), la forma circular reaparece en la entrada de la cueva en la que Pau Inglada cumple su venganza de castigar a Julià Ballester, hijo del falangista que fusiló a su padre. La venganza tiene lugar en una escena muy incómoda de violencia explícita con niños de por medio, que termina a navajazos. La entrada a esa gruta del asesinato conecta por raccord con la forma circular del sol.







La forma circular reaparece en la entrada del pozo en el que Pau Inglada se suicida. En una de las secuencias más hermosas de la película, Villaronga juega con la forma circular de forma constante y sutil. Después de un primer plano de Pau, mirando a un lugar indeterminado, una larga y hermosísima panorámica circular conecta la imagen de Pau mirando el paisaje con la llegada de los amigos corriendo y el agujero del pozo al que se lanza, con su cuerpo ya ensangrentado con el cráneo reventado en su fondo. Es un movimiento de cámara sutil y preciosista, a la par que silencioso, solo acompañado por el sonido de las chicharras, que sirve tanto para eludir el momento del suicidio como para mostrar una naturaleza que se mantiene indiferente a los dramas infantiles. A continuación, Villaronga enlaza el cuerpo de Pau, en otro bello movimiento de cámara (aunque con corte de montaje), con el  contrapicado el rostro de los niños Manuel, Andreu y Francisca asomándose a la apertura del pozo. Por transición volvemos al ojo de Tur, el ojo que rememora, ya en color, y que da comienzo al desarrollo propio del film. "Así comenzamos a vivir, Señor. Esa fue nuestra primera tierra, las primeras raíces, la conciencia primera. No recordéis, Señor, nuestro juicio encendido. Recordad que hemos sido criaturas de la guerra, que un día el tiempo, nosotros no, nos volvió a juntar", finaliza su confesión a cámara. Palabras que reproducen casi exactamente el final del capítulo cuarto de la novela, también de estructura circular:

"Així vaig començar a viure, Senyor. Aquesta fou la primera terra, les primeres rels, la consciència primera. No recordeu, Senyor, el vostre judici encès. Recordeu que he estat un noi de la guerra. Que un dia..." (Blai Bonet, op.cit. pág.51)





La misma composición del plano en contrapicado de la apertura del pozo, con rostros asomándose,  se repetirá cuando, tiempo después, Francisca y Manuel, ya crecidos, visiten el mismo pozo, en el que ahora Ramallo esconde la mercancía robada a Eugeni Morell. También se repite el plano picado que mostraba el interior del pozo desde su abertura superior: si antes encuadraba el cuerpo de Pau Inglada, ahora muestra la cruz y al pálido Tur observando el recorrido de aquella caída del pasado. A continuación, Tur comenta a Francisca que en ese lugar dejaron de ser niños, aludiendo al asesinato de Julià Ballester y al suicidio posterior de Pau Inglada. Lo que no dice es que ahí piensa cometer su traición a Ramallo, delatándolo a la guardia civil: en el lugar en el que dejaron de ser niños, también dejaron de ser amigos y abandonaron la posibilidad de ser amantes. Un agujero en el tiempo conecta las dos pérdidas, en un pozo marcado por la muerte, en el que entra por su abertura superior la luminosa claridad del cielo soleado. 




Estas formas circulares remiten al recuerdo imborrable de un ojo que ha visto sucesos traumáticos. Ojos que se borran en sueños o se rasgan en las fotografías con la cuchilla de afeitar, como símbolo de alguien que ya ha dejado de luchar y ha escogido el bando de la muerte.

"Universo claustrofóbico, gueto afectivo, del sanatorio, amores imposibilitados por la mala conciencia, vividos como si fueran un castigo de dios, El mar es un infierno dentro de otro infierno que es la posguerra, marcada por el anterior infierno que fueron las ejecuciones del verano de 1936, un universo empapado de sangre, como el sanatorio. La filiación está clara: el mal apela al mal, es como si el haber contemplado el horror los hubiese contaminado, lo mismo que la tuberculosis." (IMBERT, Gérard, Agustí Villaronga: horror y memoria histórica, en SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis (ed.), Imaginarios y figuras en el cine de la Postransición, Ed. Laertes, 2019)





Arquitecturas de la reclusión -  El laberinto de corredores y de púas.

En una de las primeras noches en el sanatorio, Ramallo y Tur conversan en la galería corrida a la que dan las habitaciones. Ramallo acaba de visitar la habitación 13, aquella a la que envían a los enfermos sin remedio a morir alejados de las miradas de los otros. Lleva todavía en la camisa la mancha de sangre que Francisca le ha dejado, al poner la mano sobre su brazo en un gesto cariñoso invitándole a alejarse de allí, de la muerte. Después de que Tur se percate del detalle de la mancha en la camisa de su amigo, comienza a narrar el recorrido que hacen con los cadáveres desde la habitación 13 hasta el depósito. La voz en off y la banda sonora, así como el ruido de las ruedecillas de las camillas, va enlazando los diferentes espacios del sanatorio, los largos corredores, las galerías porticadas, hasta el alicatado depósito de cadáveres. Se aprecia un disfrute por parte de Villaronga en recrear esos espacios arquitectónicos vacíos, fríos y lunares, como en El niño de la luna o las películas de Argento. El recorrido evocado por las palabras de Tur termina con la imagen del cadáver de Justo Pastor sobre el banco de piedra, iluminado por la luna, a la manera del cristo yacente de Holbein.




La conversación continúa por unos derroteros premonitorios. Tur señala que el rezo es lo único que sirve y Ramallo por su parte casi se caga en Dios. Ramallo señala bastante excitado que preferiría morir asesinado, "sabiendo quién te mata y por qué te mata". Por su parte, Tur señala (en una frase sacada de forma literal del texto) que intenta imaginarse "por qué puerta debería salir, para morir como un entusiasmo". "¿Qué quieres decir? ¿Cómo los mártires, los de los leones en el circo?", repone Ramallo, a lo que Tur sonríe. En ese breve diálogo, quizá en exceso literario, está condensado el final de la película. Uno morirá asesinado, el otro se suicidará, después de llevarse por delante a su amado. Y sin embargo, esta escena casi inicial da paso a uno de los pocos momentos de intimidad entre ambos personajes, un momento de relajación y acercamiento: Ramallo le dice que tiene el pulso alterado e invita a su amigo a que acerque su oreja al pecho a escuchar los latidos de su corazón. A pesar de la aparente intimidad  y relajación, subrayada por la banda sonora, la escena tiene un poso inquietante, marcado por la puesta en escena. La gelidez del solitario corredor, de iluminación lunar, y el travelling que aleja nuestra mirada de los personajes, hace que estos queden desamparados en esa galería infinita, succionados por su profundidad tenebrosa, con su sucesión interminable de pilares, persianas y chaise-longues. Como señala el propio Villaronga, en un melodrama que asume de tanto en tanto la apariencia de un thriller, es la arquitectura la que adopta el carácter inquietante, al no existir un monstruo o mal externo, más allá de la enfermedad que los protagonistas cobijan en el pecho.





El único momento de auténtica relajación entre los amigos viene después de una escena especialmente violenta, la del asesinato a patadas del gato. Ramallo y Tur entierran al pobre animal entre unas chumberas, un espacio complicado al que la cámara saca todo su partido, creando una composición en la que los rostros de los personajes emergen entre los huecos de la planta. La planta protege y esconde a los protagonistas, como si estuviesen en el interior de una cueva o en una madriguera en la que entrasen los rayos del sol. Después de confesar sus problemas con Morell, Ramallo le muestra a su amigo el tatuaje. "¿Por qué te has hecho eso?", pregunta con cierta candidez Tur. "Para acordarme de la única cosa que me puede ayudar", responde con chulería Ramallo. "También están los amigos", responde solícito Tur, que después observará con curiosidad e interés, rozando el pecho de su amigo, el tatuaje todavía sangrante. "Sudas mucho, Ramallo", observa casi arrobado Tur. "¿Huelo mal?", responde Ramallo, orgulloso de exhibirse. El momento de tregua entre las punzantes chumberas es sin embargo un espejismo.






El tren - La llegada y la marcha.

Los andenes, el tren en marcha, el sonido rítmico de los vagones sobre las traviesas, son siempre sinónimo de viajes que comienzan, de aventuras o de despedidas. Como bien señala el propio Villaronga en los comentarios del dvd, el tema del tren está apenas esbozado, aunque su pretensión hubiese sido recalcarlo más. El tren es la llegada y la marcha: la entrada en el sanatorio y la marcha del mismo cuando se muere.

La presentación del joven Ramallo tiene precisamente lugar en un andén de la estación, en la que le espera Alcàntara para llevarlo a Caubet. En el recorrido en camioneta, Ramallo despliega sus dotes de muchacho caradura y aparentemente despreocupado. Posteriormente el tren aparecerá en una de las huidas de Ramallo: tras la muerte de Galindo, Ramallo abandona el sanatorio, dejando desconsolado a Tur con sus ropas en la mano. Por el montaje paralelo, que es el mecanismo que estructura todo el film, se conecta el movimiento de un travelling en retroceso que se aleja de Tur, reforzando su sensación de abandono y desorientación, con un plano que muestra el interior del tren, en el que aparece Ramallo azotado por el viento que entra por la ventanilla.






Pero de forma más sutil aparece el tren en la banda de sonido. En la emotiva escena de la muerte de Galindo (Hernán González), mientras éste evoca de forma poética la carretera que separa su pueblo del sanatorio (17 kilómetros, como sus 17 años de vida), se oye lejano un tren que pasa. Cuando los cadáveres de Ramallo y Tur son conducidos al depósito, un tren acompasa el ruido de las ruedecillas desengrasadas de la camilla. El tren de los que se van.





La pasión de los enfermos - Una nueva iconografía religiosa. 
 
En estos constantes juegos de rima visual, Villaronga explota a conciencia la potencia cautivadora e inquietante de la iconografía religiosa. Como bien señala Pilar Pedraza en su libro, ya desde el primer momento en el que la enfermedad aparece con toda su crudeza en la escena en la que Ramallo fisgonea qué hay de la habitación 13, ésta queda vinculada a otra enfermedad actual (o al menos de virulencia todavía contemporánea en la época de la película). Una enfermedad que golpea solo a hombres, a hombres jóvenes de las características de Tur y Ramallo: el SIDA. El propio autor establece también esta conexión. Esa relación intuitiva que hace el espectador entre las dos enfermedades, la antigua y la moderna, recorre como un espectro todo el film y queda ejemplificada en las imágenes que remiten a las pietà renacentistas y también en aquellas otras de los cadáveres en el depósito, con las cruces sobreimpresionadas, claramente inspiradas en los cristos yacentes. 
"En El Mar, la más bella y compleja de las películas de Agustí Villaronga, el mal es en parte pecado (Manuel Tur) y en parte reparación mórbida del orgullo herido (Ramallo), pero sobre todo es la enfermedad que se ceba en los cuerpos jóvenes y los destruye. Se diría que sólo afecta a los hombres - las dos mujeres de la película están muy sanas -. La continua presencia y referencia a la sangre constituye una clave que resitúa la enfermedad (tuberculosis) en una realidad contemporánea (SIDA) y también los cuerpos sangrantes en un género trastocado y menstruante, y en una vaga pero a veces insoportable conciencia de un imborrable pecado original." (Pilar Pedraza, op. cit. pág 20)




Pero la imaginería crística también puede servir para crear imágenes deformadas y monstruosas, muy perturbadoras: las imágenes a las que conduce el fanatismo. Cuando Ramallo abandona del golpe el sanatorio, sin más explicación que la pena por la muerte de Galindo, el fracaso de sus tejemanjes y el deseo repentino de asesinar a Eugeni Morell, Tur recrea un nuevo dios al que entregarse, una especie de espantapájaros clavado en la pared con la ropa de Ramallo. Abraza desnudo esa imagen fantasmal de crucificado sin cuerpo y su entrega es tal que se hace heridas con las alcayatas, que luego hace pasar, en su delirio, por estigmas. Los planos de toda esta escena tienen un carácter agresivo, enjaulado, de película de género fantástico: el crucifijo lanzado sobre el somier, el contrapicado con el "espantapájaros" clavado en la pared, y el abrazo amoroso con el fantasma, con los barrotes de la cama de por medio. La fiebre fanática se une aquí a una imagen desesperada y patética (el fantasma de la ropa sin su propietario, sobre el que volcar un amor considerado prohibido), que deja un poso de incomodidad en el espectador. Como toda religión, la mentira está detrás: si bien señala ante sor Francisca que ha vencido al demonio con esa especie de exorcismo simbólico, no ha hecho más que abrazarse con desesperación a las ropas de su amado ausente, hasta hacerse sangre. En la novela el padre Caldentey también duda de la veracidad de los estigmas de Tur (le parecen heridas pintadas). Pero, a pesar de lo dicho, en el cadáver de Tur permanecen las yagas, para reforzar la ambigüedad de la situación.






Por último, hay otra imagen sacada por Villaronga de la iconografía cristiana, de forma más sutil. En el momento en el que Galindo (otro de los pocos personajes que suscitan empatía en la película) está agonizando, Tur y Ramallo se encuentran a ambos lados de su lecho. Poco antes, Tur lo había llevado a misa, mientras que Ramallo, constantemente entrando y saliendo del sanatorio con mil asuntos entre manos, los había observado desde lejos. A ambos lados de su lecho representan las dos caras de la vida, la contemplación y la acción, la parálisis y el movimiento, el mundo exterior y el mundo interior, el cuerpo y el espíritu. La composición recuerda a uno de los primeros cuadros de Picasso, "Ciencia y Caridad". Galindo, aun muriendo, lo hace en el costado del muchacho machista, popular y vehemente, representado por Ramallo, no en el del mórbido beato nacional-católico, representado por Tur.




El dentífrico y el cepillo - Más allá del horror, el melodrama.

Eugeni Morell, poco antes de morir a hachazos (en una escena que recuerda a L'Argent de Bresson) confiesa a Ramallo que alguien le ha delatado a la guardia civil y no ha sido él: lo ha hecho Manuel Tur. El desvelamiento de la traición desemboca, en clave melodramática, en el clímax de la película. Un clímax en el que confluyen todos los elementos de la película: horror, palidez lunar, desnudez, violencia, consumación del sexo y del asesinato. Se trata de una escena tremendista, incómoda, muy intensa para los actores, que remite, en su fría crueldad, a Tras el cristal. Ramallo asume el papel agresivo y dominante del verdugo, la parte activa; Tur el rehacio y aparentemente dócil de la víctima, la parte pasiva, hasta que decide abortar lo que es ya una violación, asestando una serie de puñaladas en la nuca de su amante, a modo de descabello taurino.  El cuerpo de Ramallo queda bajo la cama y Tur se marcha a la bañera, en la que se cortará las venas, enlazando así con la imagen inicial de la película. El crimen a puñaladas y el posterior suicidio remiten directamente a las escenas del prólogo infantil, a aquellos sádicos "juegos infantiles" de venganza e inmolación en el sofocante verano de 1936.

 "Los ecos entre el prólogo y el resto del film no se refieren tanto a las consecuencias de la brutalidad de la Guerra Civil sobre la sensibilidad de los niños como a un calvario íntimo y un espejo en el que el crimen y el suicidio del niño Pau van a reflejarse en los de Ramallo y Manuel Tur."










La cámara penetra con lentitud en el cuarto de baño, en un travelling de acercamiento hacia la bañera, a la que acaba enfocando en ligero picado: en ella aparece el cadáver de Tur. Posteriormente, en un plano detalle, encuadra la cuchilla de afeitar sangrienta sobre la loza del lavabo, las salpicaduras virulentas de sangre, para a continuación ascender hasta encuadrar un vaso con un cepillo y un tubo de dentrífico. En anteriores escenas ubicadas en el baño, situado en la habitación de Tur, en el vaso tan solo había un cepillo. La novela podría dar la pista. A la hora de recoger el cadáver de Ramallo (en la novela transcurre más tiempo entre crimen y suicidio), el padre Caldentey enumera los objetos que el joven pobre tenía en el lavabo:

" Damunt la pedra del lavabo queden el seu tub de Profidén, la pastilla de sabó i els vas de plàstic per rentar-se les dents, amb el raspallet dintre." (Blai Bonet, op.cit.228)

El tubo de dentífrico podría ser de Ramallo, el cepillo, que ya estaba siempre en el vaso, de Tur. La unión no sólo se produce en el depósito de cadáveres, al que han sido conducidos al mismo tiempo, o en el gesto de cariño y liberación posterior de sor Francisca ante el rayo de luz que entra por la ventana. También en ese vaso en la repisa del lavabo podría residir el símbolo de una unión posible de los opuestos, aunque en el vacío de la no existencia, al igual que previamente, en los momentos más alucinados de la pasión de Tur, se habían fundido las obsesiones de ambos: la cruz de la habitación y los peces del inmediatamente posterior film proyectado a los enfermos. Tur, el personaje espiritual, realmente está dominado por las pasiones del cuerpo y la fiebre asesina. Ramallo, el personaje material, busca desesperadamente encajar y suscitar algo de cariño y reconocimiento en los demás.






Terminaré citando de nuevo a Pilar Pedraza, que a su vez cita a George Bataille, dando voz a esos amores surrealistas, de marcada impronta romántica, marcados por el deseo de separación radical del mundo mediante la destrucción mutua:

 "Esta última (El mar) tiene la violencia del amor y es además un emblema de la dualidad Marta y María: la vida activa y la vida contemplativa. Además de constituir una referencia a la atracción de los contrarios, la pareja de amantes que se aniquilan mutuamente Ramallo-Tur recuerda unas palabras de Bataille:<<...el fundamento de la efusión sexual es la negación del aislamiento del yo, que sólo conoce éxtasis excediéndose, trascendiéndose en el acto amoroso, en donde se pierde la soledad del ser. Lo que llamamos vicio deriva de esta profunda implicación de la muerte. Y el tormento del amor descarnado es tanto más simbólico de la verdad última del amor cuanto la muerte aproxima y hiere a aquellos a los que el amor une>>. 

Después de unas escenas de tanta intensidad, Villaronga da un respiro al espectador, creando el perfecto anticlímax. Sor Francisca se despide de los dos cadáveres de sus dos amigos, en el depósito, esta vez lleno de luz. Su mirada, la propia de la cámara, se detiene en los estigmas (¿falsos?) de uno y en el tatuaje del otro. Besa la frente de Ramallo. Abre la alta ventana con un cordel y desde ella penetran voces del exterior. Sor Francisca, hasta el momento testigo mudo pero cargado de sensatez, hace un gesto esperanzador: se quita la toca. No tanto porque renuncie a la religión, como para tomar un breve respiro. Fuera, más allá del depósito de cadáver, la vida sigue y nuevos enfermos requieren su atención.






Bibliografía

BONET, Blai, El mar, Ed. Tres i Quatre, edición de 1988.

IMBERT, Gérard, Agustí Villaronga: horror y memoria histórica, en SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis (ed.), Imaginarios y figuras en el cine de la Postransición, Ed. Laertes, 2019.

PEDRAZA, Pilar, Agustí Villaronga, Ed. Akal, 2007.

TERRASA, Jacques, La Guerra Civil en Mallorca, ¿una amnesia nacional? Reflexiones en torno al íncipit de la película El Mar (1999), en BERTHIER, Nancy y SEGUIN, Jean-Claude (ed.), Cine, nación y nacionalidades en España, Casa de Velázquez, 2007. 

Audiocomentarios de Agustí VILLARONGA de la película El Mar (cofre Augstí Villaronga, Cameo Media S.L., )



Ignacio Capilla Valls, València - Dénia, agosto 2019.

sábado, 25 de mayo de 2019

ARTE Y TIEMPO

Para Andrés y Jorge.

Abro de nuevo un paréntesis en este blog sobre pinturas y fotogramas para proponer una "entrada a la carta", que si bien nadie me ha pedido de forma expresa, sí considero necesario desarrollar, pues no será más que la trasposición por escrito de algunas "teorías" sobre el arte que hemos estado discutiendo últimamanente, acompañados de una cerveza, y alguna vez de más de una.
 
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Una de las grandes obsesiones de los estudiosos del arte ha sido siempre encontrar la clasificación perfecta de las diferentes disciplinas artísticas. Las ha habido de todo tipo: desde aquella de las tres Bellas Artes canónicas hasta la que incluía un séptimo arte, el cine, como el "no va más". En todas ellas habita la necesidad de acotar el terreno que ocupa el arte, discernir lo que es arte de lo que no lo es. Cada disciplina tiene sus propias estrategias, sus propias técnicas: lo que, de ponernos un poco exquisitos, llamaríamos "sus propios lenguajes". Entonces, ¿qué es lo que nos permite hablar de la existencia de un nexo común para disciplinas tan dispares como la danza o la pintura, la arquitectura o la fotografía? ¿Qué reside en la trastienda de cada una de estas disciplinas artísticas para poder hablar de arte? En definitiva, ¿qué demonios es el arte? Sin darme cuenta he acabado resbalando hasta el terreno pantanoso en el que se hunden todos los estudiosos del arte y del que difícilmente se puede salir: la definición de arte. Tranquilos, será sólo un chapuzón. Me gustaba especialmente la definición de Luigi Pareyson, que decía, si no recuerdo mal, que el arte es una actividad humana productiva, que partiendo de unos materiales los modifica y manipula para crear un objeto nuevo e inútil, o al menos sin más utilidad que la de crear una respuesta estética en un observador. Una definición muy bonita. Pero, ¿qué hay de la música? Es inmaterial, no produce ningún objeto, y podemos considerarla un arte. ¿Qué hay de la arquitectura? Sí que tiene utilidad. La propuesta de Pareyson parecía hecha con la mente puesta en las artes plásticas, incluso diría que en cierto tipo de artes plásticas. Por ello, para dejarlo en un término medio sin salir demasiado escaldados del intento, podríamos decir que el arte es una actividad humana (no la hacen animales ni marcianos), que supone un trabajo (todas las disciplinas lo exigen) cuyo resultado, material o intangible, reproducible  o no, conceptual o visual, crea una respuesta estética en un espectador, lector u oyente. Ya lo sé, es una definición amplia, ambigua, rajoyana si se quiere, que intenta contentar a todos y a nadie en concreto, pero quizá sea la mejor forma de definir un concepto tan inestable y volátil como el del arte.

Superado este primer escollo, retomemos la clasificación de las artes, que era el auténtico objeto de esta entrada antes de que me fuese por las ramas. La clasificación que propongo bien podría interpretarse como una ocurrencia, una idea curiosa que pretendo estirar hasta donde pueda: una clasificación de las artes con el tiempo como criterio diferenciador. Seguramente no sea original, quizá incluso la haya leído en algún sitio que no recuerdo y ahora la intente hacer pasar por mía, no lo sé. Pido perdón de antemano si estoy copiando a alguien u ofendo con la simplicidad de la propuesta a alguno (en estos tiempos que corren siempre hay que andar con el paraguas abierto, por si acaso). Entremos pues en materia.

Existen artes que incluyen el tiempo y otras en las que el tiempo es un elemento externo. Hay artes con un tiempo fijo, objetivo, que se puede medir en segundos, minutos y horas, y ante cuya duración el espectador bien poco puede hacer. Podrá parar el vídeo o el disco, pero la obra seguirá durando X minutos. Incluso la serie seguirá durando X minutos, aunque sea el espectador el que se administre su dosis a su ritmo. En cambio hay otras artes en las que el tiempo es algo flexible, subjetivo, que depende del espectador. Depende en concreto del tiempo que desee el espectador dedicar a esa obra en concreto o incluso de su propia capacidad, de su propio interés. La novela tiene X páginas, pero en la mente de Fulanito las imágenes suscitadas por la lectura han tenido otra duración, e incluso si le ha gustado podrá demorarse en ciertos pasajes, porque le han causado especial placer. En cambio, el ritmo de lectura de Menganito es mucho más rápido, porque es un devorador de papel que no se detiene en fruslerías: el mismo libro tendrá dos duraciones distintas, aunque contenga el mismo número de páginas y palabras. Fulanito ama la pintura de Velázquez y se puede pasar horas observándola, mientras que Menganito tiene que ver el Museo del Prado en una hora porque el autobús para Albacete sale a las 13:30 y no va a esperarle. El tiempo en estos casos se estira y se contrae como un chicle, depende del sujeto.

En la primera categoría, la de las obras con un tiempo objetivo, no sólo figurarán el cine y la música grabada, sino también entrarían las artes escénicas o la música en directo, pues también tienen una duración fija ante la cual los espectadores mantienen una actitud pasiva (más allá de lo que les atraiga o mueva el espectáculo que se desarrolla ante ellos). Aunque estas artes, llamémoslas "del directo", tendrán la particularidad de que en ellas cada representación será una obra diferente, única y distinta a otra representación del mismo texto o partitura. Las obras que conforman las artes "del directo" no dejan de ser infinitas variaciones de otra obra, espejos múltiples en los que una obra-madre se refleja. En otros idiomas, como bien recogía Johan Huizinga en su Homo Ludens, ha perdurado ese carácter de juego de espejos o dobles: en las lenguas germánicas, para tocar un instrumento, representar una pieza teatral o jugar se emplea un mismo verbo (to play, spielen). Cada noche en el teatro o en la sala de conciertos se desarrolla una variación de una obra referente que se interpreta o se representa, un juego nuevo en el que el espectador moviliza sus sentimientos, pero sin poder alterar su posición pasiva en cuanto a la duración de la obra. En ese sentido, el auténtico jugador es el intérprete, no el espectador.

Pero en las artes de tiempo subjetivo, en las que su duración la marca el espectador (no su durabilidad física, sino la duración de su consumo estético, por decirlo así), pueden hacerse también distinciones. La duración dependerá del sujeto y en algunos casos de la extensión de la obra, claro está (no se tarda lo mismo en leer un cómic que El hombre sin atributos), pero la distinción que quiero hacer no va por ahí. Habrá obras de tiempo subjetivo que se basarán en la creación de una única imagen, ya sea visual o conceptual, y otras que se basarán en la sucesión de imágenes, simulando en cierta manera un tiempo interno (que no deja de depender por ello del papel activo del receptor). Es decir, habrá cuadros, ilustraciones, fotografias o poemas que creen una única imagen, más o menos completa, más o menos compuesta por diferentes partes, pero imagen única al fin y al cabo, ingerible de forma instantánea, y por otro lado habrá otras que creen un simulación de sucesión, de historia. Las obras de este segundo grupo, sin tener un tiempo interno auténtico (no tienen segundos, minutos, horas), sí que crean la impresión de tenerlo: hablaríamos aquí de novelas, cómics, ciclos de imágenes...

Acabemos toda esta disertación con un tema que también ha salido a relucir de tanto en tanto en nuestras conversaciones. ¿Qué es lo específico del cómic? Se podría decir, a grandes rasgos y sin ser un experto en el tema, que el cómic se distingue de otras disciplinas artísticas por aunar texto e imagen y ofrecer una simulación de tiempo interno, una especie de sucesión temporal, mediante viñetas o escenas autónomas. Vale, hasta aquí todo claro: ahora viene el momento en que me tiro a la piscina (espero no resbalar en la orilla y caer en posición de bomba). Vayamos a los orígenes. La Columna Trajana, el tapiz de Bayeux, los frescos de Giotto de la Capilla Scrovegni o de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina...¿no son también imágenes, diferenciadas en escenas más o menos delimitadas, que cuentan una historia, pero con la particularidad de que el texto está elidido? El texto al que hacen referencia no aparece, o bien porque era conocido, o bien porque, en un afán de verismo, no se desea mezclar lo conceptual (la palabra) con lo visual (la imagen). Pero no por ello estos ciclos de imágenes dejan de ser la plasmación visual de un texto. A veces este aparece de forma escueta, simplemente para ayudar a la identificación de los personajes, como pasa en el tapiz de Bayeux. Otras, la mayoría, no aparece de ningún modo. Los textos eran los propios de la tradición religiosa judeocristiana y la mitología grecorromana, a lo que se añadía la historia y la simbología. Todo el mundo los conocía, o al menos la élite formada los conocía. Hay infinidad de ejemplos de estas historias en imágenes: la pintura levantina, el sarcófago de Inius Bassus, el friso de las Panateneas, las pinturas de la capilla Brancacci de Masaccio, Masolino y Filippino Lippi, las pinturas de la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses de Caravaggio, incluso el Jardín de las delicias de El Bosco... Todo historias en imágenes.

Sarcófago de Jonás y la ballena, siglo III d.C.

Tapiz de Bayeux, s. XI

Escena de la natividad, Baptisterio de Pisa, Nicola Pisano, s. XIV
Frescos de la Capilla Brancacci (Masaccio, Masolino, Filippino Lippi), s. XV

Pero desde la Edad Contemporánea las cosas han cambiado. El artista plástico deja de interesarse por esas historias mitológicas o religiosas que la tradición había conservado y se interesa por su propia biografia y posteriormente por "jugar" con la realidad visual. La autobiografía del artista no es un texto consensuado, un texto aludido que sea conocido a nivel general, con lo cual no puede dar como resultado una lectura única, o cuanto menos compartida. Se apela por tanto más al sentimiento compartido que a la historia compartida. El juego con las formas visuales hará que el artista no sólo se desvincule de los textos elididos de la tradición, sino también del arte figurativo, del arte mimético. El artista irá trascendiendo la realidad visual y luego también el propio objeto artístico. Es entonces, en el tránsito entre el XIX y el XX, cuando aparecen precisamente el cómic y el cine, artes visuales que introducen la dimensión temporal, en el primer caso simulada, en el segundo objetiva (en cuanto que su duración se puede medir), amparadas ambas disciplinas en la reproductibilidad que permite el desarrollo industrial. Ambas artes hacen de la sucesión y de la combinación de texto e imagen su santo y seña (no hay que olvidar que el primer cine no era más que fotogramas ensamblados con intertítulos textuales). En resumen, precisamente en el momento en el que las artes plásticas canónicas abandonan los referentes textuales consensuados por la tradición, la necesidad de contar historias en imágenes se busca otros cauces de expresión: el cómic y el cine.

Little Nemo in Slumberland, Windsor McCay, 1905 - 1911.

Viaje a la luna, Georges Mélies, 1901.

Matilda, Roald Dahl y Quentin Blake, 1988.


Y hasta aqui mi disertación fusteriana de hoy. Abro el paraguas para el próximo encuentro (aunque sé que seréis indulgentes)...


jueves, 18 de abril de 2019

DANZA

En una de esas casualidades temáticas tan habituales, tres películas coetáneas han abordado el tema de la danza, desde perspectivas y estilos diferentes: Girl, Climax y Suspiria. Aunque sería demasiado aventurado achacar tal confluencia al "espirítu de los tiempos", sí que es verdad que las tres películas dan al tema de la danza más protagonismo que el del mero decorado. Más allá del atractivo inherente al movimiento corporal, las tres películas parecen interesadas en recrear el ambiente de una escuela o academia de danza, especialmente las dos primeras, en las que el tema es original.  El propio espacio en el que se desarrolla la danza adquiere un protagonismo central, convirtiéndose en un tema propio que discurre en paralelo a los otros núcleos temáticas fuertes de cada film.

En Girl, el árduo aprendizaje de la danza se convierte en una metáfora del propio proceso de transformación, tortuoso e incómodo, de la protagonista.  La película del joven director belga Lukas Dhont se centra en la vida de Lara, una joven transgénero, nacida chico y en tratamiento hormonal, que desea ser operada definitivamente y convertirse al mismo tiempo en bailarina. Dhont convierte en simultáneos los dos procesos, el médico y el artístico, de forma que ambos se convierten en una carrera de obstáculos, en un camino tortuoso, a la manera de un paso de gusano a mariposa no siempre acompañado por la suerte, la compresión y el éxito. En ese sentido, la protagonista (Victor Polster) no sólo tiene que sortear las propias incomodidades de un cuerpo al que se rechaza, sino también las burlas de sus compañeras e incluso las fronteras lingüísticas de la Bélgica actual. Por ello, el ballet es una piedra más en el zapato en la fórmula de creciente incomodidad creada por Dhont: pocas disciplinas exigen tanto sometimiento a las partes del cuerpo. En los pasos de danza que no le salen bien y le cuestan más, la protagonista ve reflejado el miedo a fracasar en su intento de ser mujer. Por ello no duda en maltratar su propio cuerpo, pues es precisamente lo que quiere trascender, transformar y alterar, aunque sea de forma brusca y dolorosa. En el terreno formal, Dhont rehuye todo artificio, buscando la inmediatez del primer plano, llegando a un punto casi asfixiante. Es en la sala de ensayos en la que la cámara opta por planos más abiertos, siguiendo sin embargo con brusquedad el ir y venir de la protagonista, como si la mirada que nos ofrece Dhont no pudiese ni un momento desligarse de ella, como si la necesitase para poder mantener en pie su discurso. 

Girl (Lukas Dhont, 2018)



Por su parte, la película de Gaspar Noé afronta el tema de la danza desde una doble vertiente. Por un lado, parece interesada en la danza como "posesión", como "rapto". Así se muestra en la larga escena inicial de baile, en la que la cámara se limita a registrar el vertiginoso movimiento de los bailarines con evidente fruición, haciendo patente el carácter de placer dionisíaco, de olvido de uno mismo, que tiene la danza. Por otro lado, Noé está interesado en el propio espacio físico de la academia, como espacio reducido en el que tienen lugar relaciones amorosas y sexuales, al mismo tiempo que afloran tensiones, rivalidades y celos. Para potenciar el efecto de "polvorín", Noé convierte la academia en un lugar de encierro, del que los personajes no pueden escapar. Las referencias cinematográficas están claras y el propio Noé las explicita en un interesante plano fijo de un  televisor, rodeado de libros y películas, en el que los protagonistas cuentan sus inquietudes e intereses. Entre las películas figuran Posesion, Querelle, Suspiria o Salò,  mientras que entre los libros aparecen algunos sobre Luis Buñuel, Murnau o Lang: es decir, posesión infernal, placeres, expresionismo y lugares de encierro y crueldad. Todos estos temas confluyen en una degradación paulatina, no sólo dramática sino también formal. Los movimientos de cámara, los colores y la iluminación sufrirán un proceso de dislocación paulatino, paralelo a la degeneración de unos personajes a los que el consumo involuntario de drogas los desquicia por completo. Los movimientos de cámara se harán a cada paso más anárquicos, más incontrolados. Las luces y sombras crearán lagunas que el espectador tendrá que cubrir con su propia imaginación, dirigida hacia el terreno de la crueldad por el propio dispositivo creado por Noé. La música no dará ni un solo respiro. Con todo ello, podría decirse que esta es la mejor película de Gaspar Noé, la menos cargante y pretenciosa, la que se toma menos en serio su propia propuesta, la más consciente del trazo grueso con el que trata sus temas fetiche (crueldad, incesto, violencia sexual, enajenación...) y por todo ello la más efectiva.

Clímax (Gaspar Noé, 2018)



Finalmente Suspiria de Luca Guadagnino se limita a ser un remake de la obra maestra de Dario Argento, a pesar de que intente desmarcarse de su referente, sin excesivo éxito. Si bien Guadagnino ha intentado desvincularse de la misoginia asociada a la tradición de las brujas, su película no deja de ser una variación sobre los temas tratados en la película de Argento, con una danza final, macabra y destructiva, que roza el ridículo. La ambientación en el Berlin occidental del otoño de 1977 no deja de ser un ejercicio nostálgico. El único elemento interesante de la película de Guadagnino es precisamente la danza, o cuanto menos su apuesta por la danza contemporánea. En el original de Argento, la academia de danza no tenía más interés que el que podría haber tenido un simple internado femenino como en de La residencia de Narciso Ibáñez Serrador. La academia era una especie de casa encantada en medio del bosque, en la que la chica inocente cae en manos de las brujas. Las escenas de danza eran contadas y claramente de danza clásica, sin mayor intención que hacer de alguna sesión un sutil ejemplo de la crueldad de las instructoras. En resumen, la película de Argento partía de principios bien asentados en el imaginario popular, en concreto en el mundo de los cuentos infantiles, para subvertirlos en un macabro festín de vísceras y juegos crueles en el que, a fin de cuentas, acababa imperando el bien. Guadagnino, a diferencia de Argento, opta por la danza contemporánea, por sus movimientos inconexos, bruscos, arrítmicos, sincopados, tan incomprensibles que pueden ser los propios de un ritual arcaico e infernal, de pentáculos trazados en el suelo y sacrificios humanos. De hecho, los ejercicios de danza que se realizan en la sala de ensayos tienen un reverso macabro en la sala de los espejos, en el que las estudiantes díscolas son torturadas, lanzadas por fuerzas ocultas de aquí para allá como peleles sin fuerzas, retorcidos y martirizados. Toda una exhibición de crueldad formal contra el cuerpo femenino que desentona con la pátina de pseudofeminismo que pretende arrogarse el film, con su impostada lectura final.

Suspiria (Dario Argento, 1977)

Suspiria (Luca Guadagnino, 2018)

Mantengámos danzando un poco más, de todas formas... Recordemos otros momentos de baile del pasado. El baile es una interrupción del devenir cotidiano, del devenir del relato. En el musical, el número de baile podía entenderse como un comentario a la escena dramática, aunque fuese más bien al contrario: la escena dramática era la costura que permitía unir varios momentos puros de danza. El mal llamado cine de autor importó esos momentos de baile espontáneos del musical, sin otra intención que introducir en un relato aparentemente clásico un momento de puro goce visual y sonoro, una interrupción que sumerja al espectador en un estado más allá de la progresión dramática y que al mismo tiempo pueda subvertir, en cuanto artificio, el relato clásico. En ese sentido está el ejemplo casi seminal de Bande à part, tan copiado a posteriori. Los jóvenes buscavidas de Godard se ponen a danzar al son de la música de un jukebox. Podría ser una escena natural, una recreación de los hábitos de la nueva juventud, pero en realidad se trata de un juego narrativo, de un juego de formas, en el que la música de golpe se interrumpe y empieza la voz en off a explorar las cabezas de los personajes. La espontaneidad y el movimiento dan paso a otro juego, esta vez intelectual. La espontaneidad de ese baile será retomada por Pasolini en Uccellacci e Uccellini, su irregular comedia con Totò y Ninetto Davoli como protagonistas. Los "chicos del arroyo" de un bar se ponen a danzar sin más razón que ofrecer una escena divertida y moderna. Algo parecido sucede en el sensual baile de los protagonistas de Pulp Fiction, en el que el referente godardiano ha sido muchas veces citado por el propio Tarantino, aunque el resultado de la escena se encuentre en las antípodas del cine del francés.  
 
 
Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964)
 
 
Pajaritos y pajarracos (Pier Paolo Pasolini, 1966)

 
Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994)

Si hay tres directores que han hecho de los momentos de baile algo propio estos han sido Philippe Garrel, Nanni Moretti y Federico Fellini. El francés se recrea en largas secuencias de baile, en Les amants réguliers al ritmo de The Kinks y en Un ête brulant, que le sirven para reflejar los vínculos que existen entre los personajes mediante el movimiento de sus cuerpos. La cámara se mantiene fija, mientras los personajes entran y salen en el plano.
 
 
Les amants réguliers (Philippe Garrel, 2005)
 
 
Un verano ardiente (Philippe Garrel, 2011)
 
En el cine de Moretti, la danza forma parte del catálogo de obsesiones que el director romano exhibe sin tapujos. Su presencia ha sido constante en sus películas, como si de alguna forma una película suya no pudiese caracer de una escena de baile, sobre todo si este es ejecutado con algo de torpeza. Así los encontramos en casi todas sus películas, desde la genial escena de baile en Caro Diario ("sempre ho voluto saper balare bene"), en la que enlaza un baile en la moto con un paso por una verbena improvisada al ritmo de Juan Luis Guerra, hasta el musical del pastelero trotskista con el que finaliza Abril. Aunque quizá la mejor escena de baile se encuentre en Il Caimano. Esta película combina con bastante equilibrio piezas tan dispares como el drama familiar, la denuncia política y el cine dentro del cine. Silvio Orlando interpreta a un productor de cine de serie B, decidido a llevar al cine un guion sobre la vida de Berlusconi. Se ha encaprichado de la joven guionista, a la que considera la única capaz de sacar adelante a su renqueante productora, aunque en realidad no sepa que el guion que lleva entre manos trata sobre Berlusconi y sus tejemanejes. En la que quizá sea la mejor escena de toda la película, sus hijos olvidan sus preocupaciones, entre las que figura en posición dominante el posible divorcio de sus padres, y se entregan a un baile alocado, inocente e ingénuo en uno de los escenarios del futuro film, que no tendrá lugar: el escenario que representa el parlamento italiano. La troupe está pintando los escenarios, dejándose llevar por la rítmica música árabe, mientras los niños suben y bajan las escaleras de ese endeble parlamento de madera, toquiteando los botones para votar, entregándose con fruición a un baile de movimientos inventados sobre la marcha. Es una escena de especial frescura, en la que se enlaza el placer de hacer cine con el juego irreverente y revitalizante con uno de los símbolos de un Estado ya esclerótico. 

 
 
Querido diario (Nanni Moretti, 1994)
 
Abril (Nanni Moretti, 1997)
 

Il Caimano (Nanni Moretti, 2006)

  
Fellini por su parte fue catalogado como uno que "danza, danza y danza" por Pasolini en boca de uno de sus personajes, el director de cine de La Ricotta, interpretado por Orson Welles. Esa afirmación tan a a ligera no era otra cosa más que un dardo envenenado dirigido a su antiguo amigo, después de las desaveniencias surgidas entre ambos por la producción de Accattone (de la que Fellini se echó atrás espantado, a causa de unas imágenes que consideraba demasiado reales). En realidad, Pasolini no iba demasiado desencaminado. La dolce vita, a su manera, es una sucesión de bailes: alocados como el de Anita Ekberg en las termas de Caracalla, de tímidos pasos rítmicos en la rancia y cargante fiesta de los aristócratas, etílicos en la fiesta final, con oportuna aportación de los travestis homosexuales. De hecho, la película en sí misma comienza con una escena de danza un tanto exótica, que viene a quebrar con brusquedad la paz irreal de la primera escena. Después de haber visto la estatua de Cristo sobrevolar Roma, colgada de un helicóptero, en esa mezcla de sacralidad, caricatura y modernidad que solo Fellini sabía conseguir, un corte brusco de montaje nos trasporta a un night club y a una estridente danza balinesa, con un grito y un primer plano que irrumpen con fuerza en la narración. Esa misma transición brusca entre escenas "inspirará" a Sorrentino para el inicio de La Grande Bellezza, en la que a la escena de los turistas japoneses en el Gianicolo, marcada por un ritmo sosegado que finaliza con un síndrome de Stendahl, le sigue la zafia fiesta bunga bunga en la terraza, prececida por un grito de una enajenada en primer plano. El cine de Sorrentino en realidad es un cine de Fellini pasado por el filtro de Mediaset.
 
 
La dolce vita (Federico Fellini, 1960)

 
Amarcord (Federico Fellini, 1973)
 
 
Ocho y medio (Federico Fellini, 1963)
 
La danza continuará en el cine de Fellini, teatralizada y caricaturizada en Amarcord, en forma de danza oriental imaginada por el vendedor ambulante de frutos secos. Pero incluso en Ocho y medio la danza ocupa un puesto central. Después de haber sumergido al espectador en el mundo interior de su alter ego Guido Anselmi, con sus recuerdos, sus mezquindades de adúltero burgués y sus ensoñaciones misóginas, el personaje interpretado por Marcello Mastroianni deja de ser el enunciador del relato para pasar a ser una pieza más. En la pista de circo de la escena final todos los personajes ejecutan una danza en círculo, convocados al parecer por la imaginación de Guido. Sin embargo, Guido deja las funciones de director y se une finalmente al corro, perdiendo su status de demiurgo, pasando simplemente a ser un personaje más en el guiñol al que el espectador ha asistido. Todo es mentira, nada es verdad, parece decir finalmente con esa danza Fellini acerca de su película-confesión. Guido no es más que otra pieza en el espectáculo de sombras que es la película.  
 
 
Bailarina saludando (Edgar Degas, 1878)

Neon Genesis Evangelion, ep.9 (Hideki Anno, 1995)


Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017)

El sur (Víctor Erice, 1983)

El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972)
Otra ronda (Thomas Vinterberg, 2020)
Titane (Julia Ducournau, 2021)
El hilo invisible (Paul Thomas Anderson, 2017)

Happy together (Wong Kar Wai, 1997)

El último tango en París (Bernando Bertolucci, 1972)
 


 

The white crow (Ralph Fiennes, 2018)

Tumba del Triclinio, Tarquinia, circa 470 a.C.

La danza (Henri Matisse, 1909)