sábado, 28 de marzo de 2020

CALL ME BY YOUR NAME

(versión ampliada del artículo del 28 de enero de 2018)

Call me by your name es demasiado hermosa, tanto que inspira a decir cursiladas. La juventud que en ella aparece es demasiado radiante, la naturaleza demasiado exuberante, el verano de 1983 es demasiado sensual, Italia es demasiado hermosa, incluso con sus persistentes relaciones feudales. En resumen, todo es tan demasiado que corre el riesgo de ser artificial. No hay defectos en el mundo de la película, ni siquiera la diferencia de edad de los amantes parece serlo.  

Sin embargo, más allá de su carácter predecible de historia de amor entre dos hombres, y por encima de la sofisticación del ambiente familiar retratado, la película tiene grandes virtudes. La película se desarrolla en el norte de Italia, en 1983, y cuenta el despertar sexual de Elio (Timothée Chalamet), un joven de 17 años, que se enamora de Oliver (Armie Hammer), un estudiante invitado por su padre, profesor de universidad (Michael Stuhlbarg). El devenir de la historia explora todos los lugares comunes de estas historias de deseo, amor y ruptura: los acercamientos pasivo-agresivos, los intentos de poner celoso al amante esquivo, la confesión del amor, su consumación, los momentos de exaltación y alegría y finalmente el doloroso distanciamiento y la ruptura. El tratamiento de esta historia, que podría ser convencional, es lo que hace interesante la película: el predominio de planos generales, que evitan la sobreexposición de los sentimientos; la primera parte de la película, en la que predominan los “tiempos muertos” y en la que los actores “viven” dentro del plano, gracias a una tendencia a las tomas largas, a la que se añade una utilización comedida y eficaz del plano-secuencia; la inclusión del entorno arquitectónico o natural dentro de la historia; la magistral construcción de los personajes, especialmente en el caso de Timothée Chalamet y Michael Stuhlbarg; la introducción de pinceladas de humor... A todo ello hay que añadir el tratamiento de algunos temas u objetos de interés de esta página, que aparecen con especial reiteración. Me refierio a aquellos objetos que sirven a modo de emblemas, cargados de resonancias simbólicas y culturales. Ventanas, bicicletas, manos, teléfonos...Aparecen en demasiada cuantía e intensidad como para pasarlos por alto, aunque en la mayoría de los casos se ciñan al significado cultural con el que se les suele relacionar. 


 

Ventanas: observando desde las alturas

La ventana aparece asociada al personaje de Elio. Ya desde un primer momento, la película adopta el punto de vista de este personaje, acompañando su mirada y su espera. De hecho, la ventana actúa como marco que separa la mirada de Elio del objeto de su deseo, a la manera de una frontera que distancia a los que observan desde dentro de los que actúan fuera. Elio adopta la misma actitud que esas muchachas de los cuadros de Murillo, Vermeer, Friedrich, Dalí o Hopper, separadas del mundo externo por una ventana que alude a un papel pasivo y contemplativo frente al mundo. Al igual que ellas, Elio está a la espera de escoger o de ser escogido como una fruta madura. En la primera escena de la película, la presentación de Oliver se muestra desde un marcado picado, desde las alturas: Elio y Marzia (Esther Garrel) observan la llegada de ese “intruso”, que desde el primer momento se muestra exultante, perfecto, deportivo, excesivamente activo, como suelen ser los norteamericanos en las películas italianas. Elio, desde la ventana, examina, encastillado en las alturas, a su objeto de deseo. Su rol inicial es el de la observación distanciada.





A partir de entonces habrá varios momentos en los que Elio contemple el jardín desde la ventana, a la espera de Oliver u observando su huida. Así sucede en una larga escena de “tiempo muerto” muy alumbradora de su estado de espera. Un tenue cambio en la intensidad de la luz acaricia la ventana de Elio, con los postigos cerrados, en un encuadre contrapicado casi idéntico al de la escena de apertura del film. En el interior, el joven se aburre en medio del letargo estival. El montaje nos va ofreciendo detalles de ese universo adormecido y lánguido: la bicicleta solitaria de Elio apoyada sobre la pared de la casa, la cocina vacía, la naturaleza vista desde la azotea...La banda de sonido nos acerca amortiguados los sonidos de la naturaleza exterior. Elio inicia unas notas al piano que se expanden y llenan el vacío de la casa, sobre el que se va superponiendo, de forma entrecortada, el sonido fuerte de batir de puertas mal cerradas. Elio es incapaz de concentrarse, deambula por los dominios solitarios y frescos del interior doméstico, extrañamente vacío. Se detiene a hojear el libro de Heráclito y la voz de Oliver resuena en su cabeza. Aprovecha que Mafalda, la sirvienta, deja la ropa de Oliver en su habitación, para husmear un poco y olisquearla. Es evidente que está terriblemente aburrido, pasa de una actividad a otra sin poder concentrarse, dominado por la idea de la ausencia de Oliver. Con la cabeza metida en el bañador de su amado, oye un crujido de grava del exterior y unas voces que lo ponen en estado alerta: es la voz de Oliver. Elio sale al pasillo, intentando ubicar la procedencia de los sonidos confusos del exterior. El sonido de la puerta batiendo se une al de la música extradiegética de John Adams, para amplificar precisamente el momento de observación que se va a producir. Elio se acerca al balcón y observa la aparición de Oliver, empequeñecido en el encuadre por la distancia: la entrada de Oliver en el plano viene marcada por el tono más grave de un segundo piano que se incorpora a la melodía de John Adams. Elio sigue observando desde las alturas, a la espera. Todavía no ha descendido del mundo ideal de la contemplación al mundo de los cuerpos y su contacto físico.










Es fácil observar sin ser visto desde las alturas, es más difícil, en cambio, ocupar ese puesto desde el nivel del suelo. Después de los escarceos y los tiras y aflojas de una larga salida campestre, en la que Elio finalmente ha revelado su interés por Oliver, este se muestra esquivo. Literalmente desaparece. El joven lo considerará un “traidor”. Es en ese contexto en el que se produce un interesante plano, cámara en mano, en el que Elio observa desde el jardín la ventana a la que se asoma su amado durante un breve instante. Es un momento marcado por la decepción y el desconcierto, que la música de Ryuchi Sakamoto sabe subrayar de forma acertada. La mirada lanzada desde las alturas es inocente (no conoce aún al objeto de su mirada) y al mismo tiempo plena (observa sin ser vista); en cambio, intentar asumir el mismo rol de voyeur desde ras de suelo solo lleva a desencuentros.




Pero llegado un cierto punto de la película, cuando se alcanza el clímax de la relación amorosa, la ventana cambia de significado. Deja de ser el marco de un juego dual de miradas y aparece en este caso como marco que introduce la visión de un mundo natural externo y ajeno. Esto sucede en la escena del primer encuentro sexual de la pareja. En un largo plano, casi imperceptible, la cámara de Sayombhu Mukdeeprom comienza encuadrando el jugueteo de los pies de los amantes, para mostrar a continuación sus rostros y registrar el inicio de un encuentro sexual entendido como una pelea entre amigos, que poco a poco se va animando hasta que la cámara se desentiende de ellos y, con un pudor propio de tiempos pasados, filma los árboles y la noche que se ven más allá de la ventana, a modo de elipsis alusiva. Se trata de una vegetación nocturna, exuberante y silenciosa, solo alterada por el tono monocorde de las chicharras; un mundo casi salvaje, ajeno a las pequeñas historias del hombre. Ahora es el exterior el que reclama su protagonismo, imponiendo su silencio ante historias que, en definitiva, son demasiado pequeñas y efímeras, cíclicas se diría, en comparación con las largas duraciones de la naturaleza.





Bicicletas: el deseo como competición

La bicicleta es otro de los objetos o temas que aparecen con insistencia en la película. Las bicicletas casi siempre se asocian a la libertad de la primera juventud, puesto que son el primer vehículo que permite la libertad de movimientos. En Call me by your name los personajes se pasean en bicicleta con la misma ociosidad aristocrática que los personajes de El jardín de los Finzi Contini. Las chicas también van a todos lados en bicicleta. Pero en algún que otro momento la bicicleta parece también un elemento de rivalidad, de reto mutuo. Hay dos largas salidas en bicicleta en las que algunos detalles adquieren importancia, como quién guía a quién. Si bien la primera salida acaba con la adopción de caminos divergentes, la segunda finaliza con una competición de la que el miembro más joven de la pareja no sale bien parado.

En una de las escenas iniciales de la película, después de que Oliver despierte de un largo sueño provocado por el jet lag y que desayune como un campeón, marchan Elio y él a Crema en bicicleta. Oliver emplea la bicicleta de Anchise, el jardinero, que sacude con un trapo. Un plano muestra a los dos personajes pendientes de sus respectivas bicicletas, sin reparar el uno en el otro. De camino a Crema, Elio dirige la marcha, como particular cicerone de Oliver en el contexto italiano: tres planos diferentes lo muestran en cabeza. Después de una conversación sobre los quehaceres del verano, que ambos mantienen con fingido desinterés en una terraza de la plaza principal, la escena concluye con un leve contacto, aparentemente involuntario, al montar de nuevo en sus bicicletas. Oliver ni siquiera espera a Elio, lo despecha expeditivamente con uno de sus “later!”, y el joven se marcha confuso en dirección opuesta.








La siguiente escena en bicicleta tiene encapsulada en su interior una de las escenas más logradas de toda la película: la del desvelamiento de las auténticas intenciones de los personajes en torno al monumento conmemorativo de la batalla del Piave. Toda la sección se trata de una larga salida campestre, de tintes renoirianos, en el que el flirteo oscila entre la confesión y la actitud desafiante. El predominio del plano general invita al distanciamiento; sin embargo, el montaje presenta una sucesión de momentos dominada por la alternancia de sentimientos contrapuestos de Elio. Como resultado, la salida en bicicleta oscila entre lo bucólico y lo competitivo. La música de Ravel incita al disfrute casi mágico del entorno natural, pero los jadeos y las aceleraciones de la marcha en bicicleta son el ejemplo del inicio de una relación como un tenso tira y afloja.

De nuevo los dos protagonistas se preparan para salir, dispuestos a montar en sus bicicletas. Pero en este caso ya no se ignoran mutuamente: Oliver se exhibe, a propósito de una herida. Elio se fija en su cuerpo, el propio de un indivudo amado casi desconocido, que pasa poco tiempo en casa y parece llevar otra vida, en la que hay otras salidas en bicicleta, con caídas incluidas. Así llega el plano-secuencia del monumento conmemorativo. Se trata de una larga toma, muy coreográfica y antoniniana, que adopta esa tendencia a la divagación, renuente a la progresión dramática clásica, tan propia del cine italiano. Una tendencia que el milimétrico guion de James Ivory no ha podido encorsetar plenamente. Es una escena que se aboca al tiempo muerto y que con ello aporta grandes sorpresas. La cámara dibuja un travelling lineal de ida y vuelta, con el monumento conmemorativo como centro escenográfico y dramático: frente a él se produce la confesión del joven. Esa progresión no está exenta de ascensiones (para encuadrar al soldado del monumento, mudo testigo del encuentro, o posteriormente el remate de una iglesia, el peso de una tradición de la que es difícil escapar), y permite el ensamblaje casi perfecto de la acción anodina (comprar tabaco, recoger unas páginas de la tipografía), la confesión trascendental (“things that matter”) y la intromisión de la realidad en el escenario (la entrada del bus, los carteles electorales de los partidos políticos, etc.). Se trata de la escena más lograda de todo el film.












A continuacion viene una larga escena de vagabundeo campestre en bicicleta, marcado por la tensión y la rivalidad competitiva. Elio parece llevar la voz cantante, conduciendo a Oliver a sus espacios privilegiados. Oliver espera jadeando a que Elio le dé alcance. Solo se detienen un instante para salir disparados hacia el fondo del plano, pedaleando con fuerza. Después de avituallarse en casa de una campesina nostálgica del fascismo, reemprenden la marcha. Una panorámica muestra el paseo ya más relajado, con Oliver soltado de manos. Un corte brusco de la música de Ravel marca el fin del paseo: en el río, y luego tendidos en la hierba, tienen lugar los momentos de tensión y distensión, de acercamiento y rechazo. La herida parece una buena excusa para poner fin a esa situación sexualmente embarazosa para Oliver, que se resiste a dejarse llevar por sus inclinaciones naturales. La escena acaba con Elio renqueante, intentando seguir el ritmo de un Oliver más fuerte, que no parece hacer otra cosa más que huir.





A pesar de las dudas de Elio, que presiente que Oliver le está siendo esquivo, las bicicletas de ambos están aparcadas juntas: el manillar de la bicicleta verde de Elio, con el sillín un poco bajo, apoyado sobre el cuadro rojiblanco de la bicicleta de Oliver, de una talla más grande y con el sillín más alto. ¿Es el más joven el que ha colocado su bicicleta junto a la de su compañero, como así se podría deducir de la posición del manillar junto al sillín? ¿O es Oliver el que, después de unas de sus salidas privadas en bicicleta, la ha dejado sutilmente al lado de la de Elio? La película queda perfectamente resumida en ese sintético plano.



Teléfonos: comunicaciones desencuadradas

El teléfono marca casi siempre momentos de incomunicación, de malentendido y de distanciamiento. Bajo un antiguo planisferio se encuentra en la espaciosa casa de los padres la mesa del teléfono, ligeramente apartada del salón para permitir algo de privacidad en las conversaciones. Éstas tienen lugar en dos momentos, marcados ambos por la falsedad. La primera conversación teléfonica es bastante significativa a este respecto, aunque no tenga lugar entre Elio y Oliver, sino entre Elio y Marzia. Viene dada después de dos breves escenas que marcan cierta decepción en el joven Elio, al no ver colmadas sus esperanzas de acercamiento a Oliver por la actitud esquiva de este. Elio se encuentra en el salón junto a sus padres. Fuma (como cuando se encuentra a disgusto y maquina), mientras sus padres ríen con un sketch de Beppe Grillo en la televisión sobre el nuevo presidente del consiglio, el socialista Bettino Craxi. Elio se dirige al planisferio y decide poner en marcha su plan alternativo. Un corte de montaje casi imperceptible segmenta la escena en dos planos. Elio busca a Marzia, la chica con la que supuestamente sale, sin otra intención que escapar de sus auténticos deseos. Ni siquiera identifica con claridad su voz al otro lado del auricular.



La segunda conversación es más intensa, más desgarradora, marcada por una fría luz invernal. Tiene lugar en el epílogo del film, después de la separación de Elio y Oliver, ambientada en un invierno que, de forma quizá un tanto obvia, marca el fin del amor, con su río congelado y sus jardines nevados. El teléfono suena y Elio se presta a descolgarlo: al escuchar la voz de Oliver al otro lado, la reacción casi intuitiva del joven es abrazarse a sí mismo. Suplir con la propia caricia la distancia que le separa del otro. El plano es ligeramente asimétrico: Elio, cambiado de aspecto, más consciente de su sexualidad, ocupa la derecha del plano, mientras que en la izquierda se encuentra la mesa del teléfono. El borde derecho del planisferio marca el centro del plano, dividiéndolo en dos, creando de esta forma una sensación de vacío y de carencia en la parte izquierda del plano. Las noticias que Oliver transmite no son buenas: piensa casarse, como ha adivinado en broma su amigo. La reacción de Elio es una cierta mueca de desagrado y orgullo herido, de falsa alegría: inmediatamente se guarda la mano en el bolsillo, en un gesto de contención emocional y reclusión en sí mismo, e incluso le cuesta respirar. Los padres interrumpen la conversación privada descolgando el teléfono en el estudio. Como siempre, han estado fisgoneando y absolviendo con complicidad los amores de su hijo, como los personajes cómicos de las obras de teatro sentimentales. El plano nos devuelve a Elio: el teléfono ya no está sobre la mesilla, sino que Elio lo aferra y mantiene en su regazo, en un frustrado intento de buscar calidez y proximidad. Un lento travelling aproximativo nos permite centrar la mirada en Elio (que aún así se mantiene ocupando una de las  mitades del plano), al mismo tiempo que la conversación va ganando intensidad. Entonces el intercambio de palabras, la manera en que se llaman el uno al otro, parecen susurros ahogados que se pierden en la lejanía, sin la fuerza ni la vitalidad de otro tiempo; esa forma de suplantar sus nombres es una especie de conjuro que ha perdido ya sus dotes mágicas y se recita solo en honor a la nostalgia. El encuadre desequilibrado finaliza con una mirada complacida de Elio al fuera de campo, una mirada que se diría incluso esperanzada, que será desmentida en el final.







Hay otro escenario para las llamadas, en este caso para el derrumbe de las caretas. En la estación de Clusone, después de la despedida en el andén, Elio llama a su madre para que vaya a recogerlo. No deja de ser un niño en realidad, con una camisa demasiado grande y una mochila escolar. El plano también está seccionado por una línea vertical, la de la puerta enrejada tras la que se encuentra el teléfono de pared. El otro sector del plano está ocupado por el oscuro interior de la estación, en el que una anciana se abanica. Elio se mantiene casi en todo momento detrás de esa puerta enrejada, de la que no puede escapar debido a la corta longitud del clave del teléfono. Busca la luz del exterior pero no puede separarse de esa sensación de encarcelamiento. En la propia voz del personaje aflora, bajo el frustrado intento de mantener la calma, la dura realidad de la separación, con un sutil quiebro de voz.




Despedida en la estación: el momento de las flaquezas

Los andenes de las estaciones de tren se suelen asociar a los momentos de despedida, ya sean intensos (Los paraguas de Cherburgo) o juguetones (Trenes rigurosamente vigilados). En ese sentido, la despedida en el andén de Call me by your name se ciñe a los parámetros de despedida intensa, sin llegar a ser lacrimógena. La escena se resuelve en dos planos: el primero se centra en el abrazo de despedida y la subida el personaje de Oliver al tren, y el segundo muestra el alejamiento del tren con Elio encuadrado de espaldas en el andén. El atractivo adicional de la escena de la despedida (enormemente efectivo, desde mi punto de vista) deriva de la megafonía cantando el listado de paradas que separan Clusone de Milano Centrale mientras los amantes permanecen abrazados. Cada sugerente nombre pronunciado por la voz impersonal de la megafonía añade más distancia a la separación que se avecina.



La despedida del tren viene precedida de una breve escena que muestra el amanecer después de una noche intensa en Bérgamo. Oliver observa la incipiente claridad desde el balcón del albergue, mientras Elio duerme plácidamente, soñando. La película enuncia su sueño mediante la rápida sucesión de cuatro planos en negativo, rompiendo de esta manera el distancimiento narrativo que había mostrado hasta el momento. El sueño gira en torno al monumento conmemorativo que ya había aparecido en el plano-secuencia clave de la película. Si allí había tenido lugar la exteriorización de los anhelos dubitativos del joven, ahora ambos personajes, en el ámbito fantasioso del sueño, dominan ese escenario. Oliver mientras tanto vela el sueño de su joven amante. Su mirada refleja cierta vulnerabilidad, mezclada con angustia. El encabalgamiento sonoro del pitido del tren, acompañado de un efectista giro de cabeza de Oliver hacia la izquierda, da paso a la escena de la estación. Esta escena se resolverá también con otra mirada fugaz y vulnerable, más culpable en este caso, lanzada desde la ventanilla del tren. A la manera de un cine de Rohmer desprovisto de cinismo, ambas miradas pretenden mostrar las dudas de un personaje maduro, que se muestra débil aun a pesar de su experiencia.

  




Manos y pies: acercamientos discontinuos

En un intento de no soliviantar a las audiencias masivas con una relación homosexual demasiado explícita, el encuentro sexual principal se escomotea, en un arrebato de recato y elipsis digno del código Hays. Como contrapartida, la película tiene otros momentos fuertes, gratamente provocadores, muy en la línea de Bertolucci. Principalmente así sucede en la escena en la que se sublima la masturbación, vinculando fruta y sexo. Pero a lo largo de todo el metraje, son las manos y los pies los que propician leves contactos, que redundan en la pátina de sensualidad que impregna toda la película. Una sensualidad siempre presente, que a veces se recrea demasiado a conciencia en los aspectos más visibles de la italianidad o lo mediterráneo. 

 

Un primer encuentro de los personajes tiene lugar en un partido de volley, de lejanas reminiscencias a La rodilla de Clara. Oliver se sabe el centro de las miradas y por ello se luce en su faceta deportiva. Mientras tanto, Elio da su aprobación a los comentarios femeninos, en su rol de observador silencioso (“veramente è meglio di quello dell'anno scorso”, “molto meglio, guarda quanto è fico!”, comentan sus amigas). Cuando se produce el primer contacto – Oliver lo coge del hombro e inicia un leve masaje –, Elio se siente turbado y rehuye el contacto. Se revuelve como una largartija ante el manoseo y los comentarios irónicos, de segundas intenciones, de Oliver (“you have to relax a little bit”). La enunciación evidencia el juego de deseos cruzados de la película en el momento en el que Oliver cede su puesto a Marzia, a consecuencia de lo cual Elio se siente empujado instintivamente hacia el norteamericano. La única respuesta que sabe dar a ese turbamiento es huir de forma precipitada del lugar.





Más tarde, un original apretón de manos sella una “tregua” entre los protagonistas, con una escultura de por medio. La hostilidad y la simulación habían comenzado en la noche anterior, pero finalizan en la orilla del lago de Garda, durante el descubrimiento de una escultura de bronce emergida de las aguas. Oliver acaricia ese brazo sin cuerpo que le cede el padre de Elio, antes de reparar en la mano tendida de su compañero, deseoso de hacer las paces. El tema de la escultura puede interpretarse en una doble vertiente: por un lado, es uno de los elementos que contribuye a crear esa ambientación mediterránea y luminosa, quizá excesivamente edulcorada, que permite convertir una película contemplativa y anticlimática en un producto susceptible de conseguir un alcance masivo; por otro lado, es una clara alusión a la naturaleza vagamente pederástica de la relación de los protagonistas. Este es ciertamente uno de los puntos más polémicos de la cinta. La diferencia de edad de los amantes, más amplia en la película que en el libro, parece remitir a la pederastia consuetudinaria griega: Oliver sería el erastés y Elio el erómenos, hecho reforzado por el carácter intelectual (a veces rozando lo pedantesco) que adquiere la relación en los momentos de flirteo. Los títulos de crédito y la escena del pase de diapositivas vuelven a hacer referencia al mundo antiguo, una sociedad no solo marcada por el homoerotismo, sino también por la misoginia: no en balde, a las dos chicas de la película les dan calabazas. 

 

Los pies también constituyen un elemento de acercamiento. A Elio comienza a sangrarle la nariz en mitad de una delirante conversación de sobremesa: la pareja de amigos italianos de los Perlmann discute sobre la formación del pentapartito y las interrupciones publicitarias durante el pase de El fantasma de la libertad de Buñuel en la televisión. Elio sale corriendo hacia el interior de la casa, a intentar frenar la hemorragia, y Oliver va tras él, preocupado. Entonces se produce un masaje de pies con un componente claramente sexual, en el que confluyen placer y dolor. Pero quizá sean más interesantes los pequeños detalles de realismo social que aparecen en la escena, marca de Guadagnino. Los auténticos protagonistas de esta escena son Anchise y Mafalda, los “sirvientes”. Anchise, tendido en la hierba, sonríe con indulgencia ante las discusiones acaloradas que se dirimen en la mesa: para un hombre como él, apegado a la tierra y al trabajo, poco significan las siglas y los acuerdos de partidos. Por su parte, Mafalda también tiene su protagonismo. En uno de los mejores planos de la película, la cámara se detiene en el vacío hasta que la mano de Mafalda entra en el encuadre a cerrar bien el congelador que Elio (en el fondo un niño consentido) ha dejado mal cerrado. 





 

Conclusiones

En cuanto historia de amor juvenil, la película bebe claramente de los amores de verano de Rohmer y de los primeros amores de Bertolucci, pero sin el aparente cinismo del primero y la constante voluptuosidad provocativa del segundo, convirtiéndose en un paso intermedio entre La coleccionista y Belleza robada. La película también sigue el esquema del “invitado”, aquel personaje que todo lo trastoca con su sola presencia en medio de una comunidad cerrada, familiar en este caso, abriendo toda una corriente de deseo desbaratadora, a la manera del ángel exterminador de Teorema. La intromisión de Oliver en el hogar de esta familia judía sofisticada y políglota es discreto, pues no busca la destrucción del mismo ni el sutil espionaje, como hacen otros invitados maliciosos. Es un personaje radiante y esquivo a partes iguales, del que en un primer momento el espectador solo tiene noticias a través de los ojos de Elio. Los únicos momentos que comparte con ese núcleo familiar parecen ser los desayunos y algunas comidas al aire libre. Sin embargo, su perfección tiene algo de sobrenatural. Su intromisión simplemente se manifiesta al convertirse en objeto de deseo del hijo y, como consecuencia, también en marioneta de las sutiles maniobras de los padres por favorecer el emparejamiento. El efecto de su estancia no será otro que una dura lección de vida para el joven Elio, precedida de momentos de gran intensidad.



La sobrenaturalidad del personaje de Oliver, aparentemente todo fachada, queda resquebrajada por las fisuras rohmerianas de las que ya hablamos: no deja de ser un estudiante algo entrado en años que se encapricha de un adolescente y sufre por un deseo que sabe que traerá consecuencias. En definitiva, es humano. Por su parte, en el personaje de Elio se han querido concentrar demasiadas vocaciones artísticas, como si mediante el talento se quisiese compensar su ignorancia en las “cosas que importan”. Pero más allá de eso, es el auténtico pilar de la película, sin el cual no funcionaría. En su personaje queda ejemplificada la lucha constante en el interior del adolescente entre vitalidad y ensimismamiento, entre miedo y deseo ante el propio autoconocimiento. La fragilidad del personaje es su mejor virtud, algo que logra transmitir con asombrosa gran maestría el joven intérprete. Su rostro y su cuerpo son una página en blanco en las que las dudas, los deseos inconfesables y la ingenuidad del sentimiento vivido se manifiestan con gran simplicidad y eficacia. 



 


La película también gana al enfocarse en los padres, unos personajes secundarios necesarios para dar espesor a la película y evitar que caiga en la trampa provocada por la irrealidad de su propia ambientación. Son dos figuras protectoras, que observan y a veces se entrometen, pero que no juzgan: una comprende todo desde el primer momento sin hablar (Amira Casar), el otro sirve de consuelo, con una emotiva charla final, a medio camino entre el consejo experimentado y la confesión personal.


En fin, la película parece tener unos referentes claros, que la hacen consciente de en qué tipo de cine quiere ser encuadrada, aunque el hype crecido en torno suyo la haya convertido en un monstruo de mil cabezas que ha llegado a una audiencia no esperada, sobre todo juvenil. La película podría tomarse como un manual del amor romántico, de ahí su éxito. O simplemente como un repertorio de guardarropía vintage. Pero no nos engañemos, es mucho más que eso: la riqueza de referencias, la sutileza de la puesta en escena, exceden con mucho los objetivos y usos de una película convencional. Y si esto fuera poco, el prolongado primer plano con el que concluye la cinta sirve para cancelar toda expectativa positiva, toda esperanza de conciliación, convirtiendo la historia que cuenta en un sutil ejemplo del cíclico carrusel de deseo, consumación y destrucción que es todo amor. Hay dolor, pero dolor por haber vivido: eso es lo realmente importante.




Dedicado a Bérgamo, Lombardía e Italia. Hoy más que nunca, hermanados por el dolor.
 

martes, 18 de febrero de 2020

VAGABUNDEOS

Siempre he admirado a los poetas andariegos, aquellos individuos arrobados ante la naturaleza, que no encuentran mejor forma de vivir que recorrerla pasmados, devorando piedras miliares, notando el suave aire en la cara. Me refiero a esos poetas de malvivir vagabundo, grandes consumidores de kilómetros, que a falta todavía de bicicletas para recorrer la distancia que separaba dos ciudades amuralladas, y sin dinero para alquilar un caballo o para subirse al último vagón de un tren, hacían el camino a pie con unas viejas botas, durmiendo a la intemperie, bajo un tapiz de estrellas, alimentándose de lo que el azar les ponía en el camino. Hölderlin, Rimbaud, Walser...grandes trotamundos, y no esos paseantes españoles, que tomaron el viajar como un sport burgués para escribir libros. 
 
Estos poetas andarines, al parecer sacados de un cuento, salían a los caminos espoleados por sus propios demonios o por familias demasiado severas, e incluso a veces sin ningún motivo más allá de sus propios espíritus aventureros e ingenuos. Su objetivo no era la meta sino el camino, con sus bosques, sus senderos, sus pasos adoquinados, sus pequeños riachuelos, sus pueblos con miradas hoscas tras los visillos y alguna que otra taberna caliente al final de un largo trecho recorrido. 

Yo mismo les homenajeé, sin saberlo, a la tierna edad de diez años, una tarde en la que decidí volver andando desde el colegio a casa. Una pequeña "proeza", si se tiene en cuenta que el colegio estaba en Godella y mi casa en Valencia, y unos cinco kilómetros, algunos de ellos sin urbanizar, separaban ambos puntos. Había que atravesar una pequeña zona fabril y caminar un trecho por el arcén de una carretera, breve aún así, porque en realidad Burjassot y Godella estaban prácticamente unidas a Valencia. 

Todavía lo recuerdo a la perfección. Al salir del colegio perdí la pista de mi hermano, y al no llevar billete ni dinero para el tren, decidí volver andando: me pareció algo factible, conocía el camino a la perfección, aunque no intuía que luego en casa, y al día siguiente en el colegio, me llegarían duras reprimendas por mi locura infantil. Nadie pareció comprender la naturaleza de mi hazaña, solo mi padre alabó mi buen sentido para la orientación. 

Poco después mis vagabundeos comenzaron a ser en bicicleta. Era esa mi forma de continuar una especie de vocación, la de perderme por la naturaleza, la de sentir el aire en la cara, algo que muchos consideraban bastante impropio de mí, al ser el atípico niño fascinado por los libros, que se pasaba el día dibujando. Primero me aficioné a la bicicleta en el pueblo, donde gozaba de más libertad de movimientos y horarios, y donde no había coches. En mi despreocupación, dejaba la bicicleta (una BH Torrot de paseo) junto al camino y comenzaba a trepar por cualquier sitio, acompañado la mayor parte de las veces por mi prima, compañera inseparable de exploraciones. Posteriormente, mis recorridos en bicicleta ya se dieron en las cercanías de Valencia, con la Orbea Sierra Nevada heredada de mi hermano. El camino que separaba Godella de Valencia, un estrecho camino rural entre campos de huerta, se convirtió en mi particular teatro de operaciones, en el que cronometrar mis avances en el llano. Nada había de insólito en esa introducción paulatina en el mundo de la bici.

En los días en los que el viento era favorable, y la bicicleta deslizaba suavemente sobre el asfalto a pesar de los baches y las grietas, todo eran buenos pensamientos: me concentraba en recorrer ese pequeño tramo, brevísimo, con la cabeza hundida sobre el manillar, pedaleando con todas mis fuerzas, como si tras de mí viniese la bola rodante que persigue a Indiana Jones. Todo era ligereza, una especie de vuelo imperceptible. Otros días, cuando el viento soplaba desde el cercano mar o desde el norte, se hacía más pesado avanzar: se notaba que la bicicleta era toda ella un instrumento de pesado hierro, los pneumáticos pura goma, mi cuerpo todo carne, todo peso. Entonces empezaba a comprender lo esforzado que era recorrer tantos kilómetros en solitario para los intrépidos fugados que veía en la televisión.

Si el día era plomizo, me imaginaba recorriendo un particular Tour de Flandes mental, en uno de esos caminos rurales que enlazan una subida adoquinada con otra. Asumía entonces el rol de mi ídolo de aquellos días, Johan Museeuw. Si el día era soleado, y olía a azahar o estiércol desde los campos, me imaginaba en el Giro de Italia que se estaba disputando justamente en ese momento. Era entonces el protagonista de una escapada final, antes de que el pelotón, liderado por el brutal treno de Cipollini, me engullese.  

Todavía hoy, antes de dormir, cuento mis particulares ovejitas, imaginando una carrera mental que recorre aquel camino rural que separa Godella de Valencia. Ahí veo a los grandes ciclistas del pasado, dispuestos a tomar la salida desde las puertas de mi antiguo colegio, pintado de color turrón, en ese breve gran premio de antes de dormir, como cinco fantasmas recorriendo un espacio más mental que real, que poco a poco se va apagando y desvaneciendo por el avance del sueño.

Ahí va Fausto Coppi, con sus piernas interminables de ave zancuda y su perfil narigudo, apuntando perpendicularmente a la línea del horizonte. Más tarde sale Anquetil, apolíneo como una composición musical o una estatua rodante, moviendo el plato con la cadencia hipnótica de un rotorrelieve: parece James Dean. A continuación toma la salida Merckx, y bien pronto comienza a dar pisotones a los pedales, con la cabeza hundida en el manillar y la mirada de profundos ojos negros nublada por una sed de sangre insaciable, como si se tratase de Gengis Kan. Después de él aparece en escena Hinault, apretando los dientes al salir de una curva, mirando a ambos lados a rivales inexistentes, como un joven campesino que busca gresca con los chicos del pueblo vecino. Finalmente aparece Indurain, demasiado alto y pesado, con las piernas tostadas después de un verano de éxitos, moviendo el plato al ritmo pausado de los latidos de su potente corazón, como un gran monstruo de hojalata. Uno a uno se van desplegando en mi mente, como cinco estelas fantasmales, por un espacio en el que las abandonadas alquerías todavía tienen animales, y los viejos talleres de la periferia, dedicados a la construcción de fallas, todavía no han sido desmantelados. Todavía no hay grandes autovías ni excesivo tráfico: algún anciano se asoma a verlos pasar en la cuneta, esperando a que pase la caravana para salir a dar una vuelta en carro.

En ese terreno de la nostalgia enlazo pasiones diferentes, la de la cultura y la de la bicicleta, el pasado ya perdido de mi tierra y mi propio pasado ya desaparecido, a la espera de que venga el sueño y me transporte, una vez más, a agradables vagabundeos.


sábado, 8 de febrero de 2020

NO VIVIR DE LA ESCRITURA

En mi afán por encontrar paralelismos en las biografías de mis escritores amados, he encontrado un tipo de escritor con el que siento profunda afinidad: el del escritor que no vive de escribir. Me refiero a aquel escritor que vive en un relativo anonimato, ya sea por timidez o por humilde orgullo, siendo conocido solo por un reducido círculo de amigos, conocidos y escasos admiradores, que lo reconocen en la tertulia habitual, a la que se deja caer poco, después del trabajo.

Admiro a esos escritores que tienen que dosificar sus sesiones de escritura, porque otros quehaceres les ocupan y les roban su tiempo. En muchos casos, estos quehaceres están relacionados con la escritura, pero nada tienen que ver con la literatura o la cultura. Son empleados, preceptores, funcionarios, contrabandistas o comerciantes. También dosifican sus sesiones de escritura porque estas son como profundas simas en las que abismarse, en las que perder la noción del tiempo y del espacio. Sesiones maratonianas de esfuerzo mental continuado, no siempre placenteras. Torrentes incontrolables de visiones, que tan pronto fluyen como se secan. Ello les obliga a una cierta inconstancia en sus creaciones. Quedan estas a mitad, abandonadas cuando otro proyecto requiere más atención.

Sin embargo, a pesar de la aparente fragilidad de sus creaciones, estos escritores hicieron de sus vidas auténticas obras de arte, que añaden un toque de distinción, de singularidad, a sus propias obras, a veces inconclusas o dispersas. También suelen recurrir al auto-odio. Al nacer quizá en familias demasiado exigentes, recibiendo educaciones que rechazaron profundamente y que los enemistaron contra el mundo, nunca estuvieron conformes con lo que les rodeaba y siempre intuyeron que podría haber algo más, algo superior a su realidad, aunque supusiese ir contra sus propias vidas. A pesar de ello, su curiosidad era tan grande, por otros paisajes, por la ciencia y la técnica, por la velocidad y el deporte, por terrenos ajenos y a veces incluso enfrentados al mundo de la literatura, que se abocaron a ellos con los brazos abiertos. Sus miradas siempre curiosas no podían detenerse tan solo en los asuntos, a veces demasiado endogámicos y egoístas, que preocupan a los literatos asentados.

Precisamente el modelo antagónico de mis escritores admirados es el del escritor parásito. No hay figura que desprecie más que la del escritor que ha pretendido vivir de algún cargo cultural que le permitiese escribir y, al mismo tiempo, proyectar en la sociedad una imagen de sí mismo. Por supuesto que no odio al escritor que vive de lo que escribe, es la aspiración más lícita y más lógica; mi desprecio va dirigido a aquel escritor que renuncia a trabajar y lo considera una tarea ingrata, una especie de hidalgo de las letras, pero que acepta una elevada posición social para publicitarse. Es un modelo que ha abundado en la literatura española. (De querer ser justo, debo confesar que en mi profundo desprecio hacia la literatura española hay algo de psicoanalítico quizá, debido al rechazo a la educación recibida o a mi sociedad circundante, y puede que sea bastante imparcial y precipitado en mis juicios).

Las vidas de mis héroes estaban movidas por una orgullosa humildad. Se sabían únicos, destacados del resto, singulares. Ese distanciamiento les hacían odiarse a sí mismos, ya que no comprendían cómo podían mostrarse tan torpes cuando se trataba de manejarse en sociedad, en el terreno de las relaciones amorosas o personales. Pero, al mismo tiempo, sus visiones personales eran tan ricas que no podían dejar de jugar con ellas, de modularlas y transformarlas en palabras. Mis poetas admirados no son psicópatas sociales: simplemente son niños en un cuerpo adulto, que detestan profundamente la fealdad del mundo, a los que la hipocresía y las medias verdades causan un profundo dolor, y por ello recurren al retraimiento. Cualquier cosa, hasta la más nimia, puede hacerles daño, y por ello dosifican su contacto con la gente: porque saben que la única manera en la que pueden vencer sus inhibiciones es recurriendo a sustancias perniciosas, apartado en el que no quieren caer.

Esas fases de auto-odio les llevaron a largas temporadas de silencio, e incluso de abandono intransigente de la escritura. En realidad, para ellos la literatura era solo una de sus posibles ocupaciones, una cosa más entre las que pueblan el mundo, en igual importancia a la ingeniería, la astrología, la música, las largas caminatas, el ejercicio físico o los prodigios técnicos. A veces, la vida les parecía mucho más rica y variada que sus fantasías de papel: eso sí, la vida inanimada de los objetos y los paisajes. Los grandes viajes a países exóticos, la visión de una montaña o de una fábrica, los puertos con sus barcos llegados desde apartados lugares, las competiciones ecuestres, ciclistas o de aeroplanos: todo ello era más interesante que lo que pudiera verse en un teatro burgués o leerse en una novela.

Llegados a este punto, el lector habrá ido poniendo nombre a estos escritores "que no viven de la escritura". Son los mismos de siempre. Franz Kafka, Fernando Pessoa, Arthur Rimbaud, Friedrich Hölderlin, Constantinos Cavafis, Robert Walser, J.G.Ballard...Creo ver a veces sus manos entintadas en sueños, la cabeza volcada sobre el legajo de papeles a la luz parpadeante de una vela, escribiendo en plena noche, cuando los demás duermen y solo hay silencio en la ciudad. En realidad, movido de igual forma por una orgullosa humildad (más orgullosa que humilde), hablo también de mí mismo.

lunes, 20 de enero de 2020

RETALES PARA CONMEMORAR EL CENTENARIO DE FELLINI

Hoy Federico Fellini cumpliría cien años. No sorprenderá a nadie que haya leído habitualmente mi blog mi interés por el director de Rimini. Qué mejor homenaje que un recopilatorio de algunos de los momentos en los que sus películas han salido por aquí, a propósito de los múltiples temas tratados.

Espejos (El Casanova)

El reflejo en el espejo puede ser patético no sólo por aludir a la soledad, sino también por mostrar las consecuencias del paso del tiempo sin ningún tipo de disimulo. El espejo devuelve una imagen que no siempre es la esperada: el tiempo opera sus cambios, descuelga la carne, marchita la belleza pasada. En la demencial corte de Württemberg, el Casanova de Fellini (Donald Sutherland) encuentra finalmente el amor: no es más que una broma pesada del destino, pues la mujer perfecta no es otra cosa que una muñeca mecánica. El vicioso seductor veneciano ha encontrado por fin la horma para su zapato, una muñeca que se pliega a sus requerimientos sin chistar, una autómata que reproduce con exacta simetría sus movimientos de gimnasta del sexo, un juguete inanimado que le recuerda que no ha hecho otra cosa que masturbarse. Después de dejarla espatarrada en la cama, lanza una última mirada a un espejo cuarteado, que no le devuelve una mirada indulgente, sino el rostro, quizá demasiado maquillado, del viejo payaso en el que ha acabado convertiéndose. 

 

Playa y mar (La Strada / La dolce vita / Ocho y medio /Giuletta de los espíritus)

En un sentido parecido, aunque despojado de carácter tenebroso, interpretan las películas de Fellini el mar. En todas ella aparece la playa como un personaje más, que interactua con el resto del reparto, aunque ofreciendo siempre la misma respuesta, el rumor monótono del oleaje. El cine de Fellini tiene una querencia por el final en la playa. En sus primeras películas, el mar tiene un carácter terapéutico y catártico. Frente a su inmensidad los personajes asumen la propia transitoriedad de su existencia, y con ello se liberan de sus problemas. Así sucede con el vagabundeo rabioso de Zampanó por la playa nocturna en La Strada. En cambio, en las películas de su etapa madura, el mar es la parturienta de todo un conjunto de elementos irracionales: los sueños, las pesadillas, los viajes y los recuerdos transfigurados de la infancia. Así comienza a tener lugar a partir de Ocho y medio y Giuletta de los espíritus. En La dolce vita, el mar escupe una criatura monstruosa que, al igual que el hastiado Marcello, todavía se empeña en mirar, a pesar de oler a muerto. En Ocho y medio es la figura gigantesca de Saragina la que se asocia a la playa: una vagabunda bestial, que habita una especie de búnker, y que baila la rumba ante los niños a cambio de unas monedas. Tal personaje es un símbolo del despertar sexual en la infancia, un deseo no colmado de una mujer enorme, salvaje y materna. En todo caso, el mar asume siempre un rol liberador. Es el espacio informe al que da forma la mente del espectador a través del personaje principal. 

 

Trenes (Los inútiles / Roma / La ciudad de las mujeres / Ginger y Fred)

(...) Aunque será en el cine de Fellini en el que la estación tenga un sentido distinto. Su cine está plagado de trenes y estaciones, pues cumplen un papel en su biografía personal: la huida del Rimini natal y la llegada a la Roma en la que se desarrollará el resto de su vida. Ya en una película temprana como Los inútiles, la estación y el tren tenían ese sentido biográfico, aunque con un tono todavía demasiado moralizante: Moraldo, el único personaje noble de la película, decide marcharse con un ligero remordimiento de una ciudad que considera que se le ha quedado demasiado estrecha. A continuación, Fellini nos regala una de sus primeras escenas irrepetibles: la cámara se desplaza por las habitaciones de sus amigos, los que se quedan, en una serie de travellings cortos como si lo hiciera sobre los raíles de un tren. El tren volverá a aparecer en Roma, en las escenas de la infancia como la promesa de un futuro, y después en la llegada a Roma Termini en la juventud. La estación romana sirve a Fellini para hacer uno de tantos despliegues de imágenes y personajes que vienen y van que se darán en la película: tullidos y bersaglieri, anunciantes de hostales, una joven a la espera de un amante que no llega, etc. El tema del tren volverá a aparecer en su etapa tardía, en La ciudad de las mujeres y también en Ginger y Fred.

 


Barcos (E la nave va)

Como medio de transporte que ha quedado obsoleto, el barco ha funcionado en el cine como referencia a tiempos pasados con algo de nostalgia. Así se da con el buque Gloria N. de E la nave va de Fellini, un barco de atrezzo que ejemplifica una Europa, la anterior a 1914, que se va a pique con toda su elegancia y arte a cuestas. En esta última gran obra del maestro italiano, el arte es incapaz de impedir la destrucción. (…) La película antes mentada de Fellini nos recuerda por su parte que los barcos permiten viajar de puerto a puerto, transportando ideas y mercancías valiosas, incluso las cenizas de una cantante de ópera (en clara referencia a la Callas), pero también pueden llevar cañones.

 



Gatos (La dolce vita)
Sobre el gato se volcarán todas las fobias misóginas del fin-de-siècle, que asocian el gato, en cuanto nocturno y esquivo, a la mujer también nocturna, portadora de males venéreos. (…) E incluso la Venus de Fellini, personificada en la enorme Anita Ekberg de La Dolce Vita, se convierte en mortal al juguetear de forma infantil y despreocupada con un gatito blanco antes de zambullirse en la Fontana di Trevi, mientras el arquetípico italiano, personificado por Mastroianni, vagabundea por media Roma buscando un vaso de leche para contentar al gato y, en última instancia, llevarse a la cama a la "diosa". 
 
 


Giro d'Italia cinematográfico (Amarcord)

Fellini realizó con Amarcord su película más accesible en torno a sus recuerdos sobre la Rimini de los años treinta. En esta película afinó su estilo caricaturesco y atemperó sus anteriormente innecesarios movimientos de cámara. Su estilo se volvió más pausado, menos danzarín, y al mismo tiempo más condescendiente con la vulgaridad y lo escatológico. Creó una variada y memorable galería de personajes, como extraídos de un cómic, convertida en epítome de lo italiano. Además, gracias a la ayuda del guionista Tonino Guerra, consiguió la que quizá sea su película más sintética. 

 
 

Escribir (La dolce vita)

Un tema habitual asociado con la escritura, especialmente con la escritura a máquina, es aquel de las distracciones del escritor. El pensamiento volcado sobre la hoja en blanco con la rítmica cadencia de las teclas queda interrumpido por una conversación no deseada, por un ruido o por cualquier molestia. Así sucede en La dolce vita de Federico Fellini, en la que el periodista con ínfulas de escritor, interpretado por Marcello Mastroianni, encuentra fácilmente distracciones en el camino hacia su obra escrita seria. Y si no las encuentra, las busca. En una significativa escena ambientada en un merendero de playa, Mastroianni se muestra molesto ante la música de moda que la joven camarera, apenas una niña, pone en el tocadiscos. La llamada de su pareja - un tanto controladora para un mujeriego con él - y la belleza de la niña - a la manera de un ángel de una pintura al fresco, como llega a declararle - lo distraen de forma definitiva de su cometido. La vida, su cadencia y sus distracciones, son más fuertes que el arte.

 




Sueño profundo (El Casanova)

Este tipo de imagen (la amada contemplada por el amante) está construida habitualmente desde una perspectiva masculina, desde la óptica del artista hombre, y roza levemente el tema de la amada entendida como objeto. El Casanova de Fellini, tan habituado a cosificar a la mujer que incluso en su "colección" se le cuela una muñeca, cae en el esquema de contemplar a la amada durmiendo en el único momento en el que se deja llevar por un arranque sentimental y siente algo parecido al amor. Así sucede con la bella Henriette, a la que conoce travestida de hombre: la perla mejor guardada de la corte híbrida de Parma. Una mujer a la que no puede controlar, pues es independiente a él, y que acabará alejándose de su compañía por oscuras razones.

 


En el aula (Amarcord)

En el siglo XIX la educación se convierte en una prioridad, no por un deseo filantrópico, sino más bien por la necesidad de controlar a unas masas cada vez más activas en el plano público. La escuela, clerical hasta el momento, se vuelve patriótica y autoritaria. El creciente nacionalismo que destruirá Europa se incuba y se espolea en las aulas, y los voluntarios de 1914 que pensaban ir a una excursión patriótica, con banderolas y pantalones cortos, se dan de bruces contra la sangre, el asesinato y la muerte. No extraña por tanto que la sátira sobre el autoritarismo en las aulas continúe hasta bien entrado el siglo XX. (…) Más tarde, Fellini hará en Amarcord (1973) un genial friso caricaturesco de la educación fascista, extensible a otros periodos y latitudes. En una sintética escena, Fellini hace un repaso no sólo a las vacías lecciones memorísticas y a las particulares fisonomías de los profesores, sino también a las despiadadas trastadas de los alumnos, que rozan en algunos casos lo psicótico. 

 
 

Armaduras (La dolce vita)

En un sentido diferente, alejado de las coordenadas del cine histórico, Fellini emplea un yelmo medieval descontextualizado para aludir al arcaísmo medieval de la aristocracia en La dolce vita. Este yelmo lo porta Nico, una cargante modelo sueca (interpretada por Nico, la cantante alemana de Velvet Underground), que introduce al periodista Marcello en una fiesta de la rancia nobleza romana, al ser la novia de uno de los herederos. El yelmo sirve como objeto discordante que marca las distancias entre una aristocracia esclerótica y medieval y la modernidad insustancial representada por Nico (mangiamo gli spaghetti?, dice ataviada con el yelmo, después de una noche en vela), la propia de una joven extranjera, a mitad camino entre la turista bobalicona y la joven irreverente. La música de Nino Rota logra crear para la secuencia una cierta atmósfera medievalizante, que culmina con el encuentro de los juerguistas, que han pasado la noche en vela dedicados a ociosas distracciones, con la anciana madre, que se levanta temprano para ir a misa.

 


A tavola! (El Satiricón / Roma)


Aunque quizá el resumen perfecto de banquetes desmedidos tenga lugar, como tantas otras cosas, en el cine de Fellini.  Los banquetes fellinianos pueden ser brutales, asfixiantes, adquiriendo los tonos y ambientes propios de una película de terror, pasados por su particular estilo basado en la sucesión de momentos descriptivos, cual friso griego o tira de viñetas interminable. La cena de Trimalción de El Satiricón es uno de sus primeros banquetes brutales. Los vapores, el color rojo pompeyano de las paredes, los invitados comiendo con los dedos, los exabruptos del propio Trimalción, los esclavos comiendo en el suelo o realizando un enorme retrato con teselas, los coreutas griegos, el cerdo completamente finto destripado en directo: todo contribuye a crear un ambiente sofocante, claustrofóbico, demencial. 

Posteriormente, en Roma Fellini crea otro ágape brutal en forma de cena a la fresca en el Trastevere romano. Esta escena parece ser una variante más breve de la anterior, como solía ser habitual en su cine. El ingenuo observador que hace las veces de Fellini joven queda atrapado en un asfixiante ambiente familiar, en el que al desfile de comida grasienta acompaña un ir y venir de personajes, cada uno con la battuta pronta. El joven parece tan fascinado por esa voracidad interminable de los romanos como el propio espectador, al que finalmente no le sorprende la aparición de un plato de pescado coronado por un ojo, en el que una niña acaba hincando el dedo, en unos de esos actos de gamberrismo soez tan del gusto del Fellini maduro. Tanto la escena del Satiricón como la de Roma parecen haber sido rodadas en el interior de un horno. El realizador italiano demostrará su maestría al combinar estas escenas desmesuradas y caóticas, caracterizadas por la cacofonía y el solapamiento de voces y músicas, con escenas posteriores marcadas por la propia potencia poética de la imagen y el sonido. 






Coches (Ocho y medio / Roma / Toby Dammit)


En fechas paralelas, Fellini también incide en el tema del atasco, pero para aludir a otras cosas más de su interés: el atasco como símbolo del estancamiento creativo en el prólogo onírico de Ocho y medio, y el atasco como emblema del fascinante caos de una gran ciudad en Roma. Esta escena del atasco, en la que en el Grande Raccordo Anulare de Roma se suceden las imágenes más insólitas (unos jugadores de cartas en el remolque de un camión, un caballo suelto, un autobús con aficionados del Nápoles, conducido por un Pulcinella, etc.), no es más que una amplificación de un atasco similar, de dimensiones y duración más breves, en Toby Dammit, el episodio felliniano en Tre passi nel delirio.

En este interesante episodio inspirado en Poe (y con algún que otro plagio al cine de Mario Bava), el coche tiene una especial importancia. Toby Dammit es un actor británico que llega a Roma para recibir un premio y comenzar el rodaje de un "western católico", a mitad camino "entre Dreyer y Pasolini" (como se declara en cierto momento, no sin malicia). Este actor se ve acosado por la visión de una niña algo traviesa, que no se sabe si es un espectro, el mismo diablo o simplemente una alucinación producto de su propio alcoholismo. Como premio recibe un Ferrari, que se convierte en un instrumento de muerte, un particular medio para el suicidio. Ese final a la carrera es uno de los momentos más inspirados de todo su cine, explorando un mundo de luces y sombras que luego estéticamente pasará al cine de Argento y otros creadores del giallo.

 

 


jueves, 5 de diciembre de 2019

31 IMÁGENES

La guerra, Arnold Böcklin, 1896.




Este artículo es pretendidamente críptico y además bastante parco en palabras. Se diría que es solo para "iniciados". Sin embargo, cualquiera que caiga en esta página está invitado a disfrutar de estas imágenes, agrupadas en tres grupos con algún que otro hilo conector, en algunos casos algo precario. No es otra mi intención que la de compartir imágenes que me gustan, algunas de ellas descubiertas por azar.



Para J. M. A.

Escena de caza, San Baudelio de Berlanga, siglo XII.


El encuentro (detalle), en la Cámara de los esposos, Andrea Mantegna, c.1470.
Cazadores en la nieve, Pieter Brueghel el Viejo, 1565.


Vertumno y Pomona (detalle), Jacopo Pontormo, 1519 - 1521.

Diana cazadora, Maestro de la escuela de Fontainebleau, c.1550.

Retrato de il Guercino, su madre y un perro "lagotto", il Guercino, 1627.

La túnica de San José, Diego de Velázquez, 1630.


Perro semienterrado, Francisco de Goya, 1820 - 1822.


Autorretrato con perro negro, Gustave Courbet, 1842.

Ella ruge, nosotros jugamos, Paul Klee, 1928.



Para A. G. L.

Kylix de Aquiles y Patroclo, Pintor de Sosias, c. 500 a. C.


Efebo de Antequera (detalle), siglo I d.C.


Autorretrato desnudo, Alberto Durero, c.1503.

Retrato de un caballero, Lorenzo Lotto, 1526.

Retrato del orfebre Bartholomeus Janz van Assendelft, Werner van den Valckert, 1617.

Autorretrato, George Frederic Watts, 1864.

Autorretrato con Paul Gauguin, Emile Bernard, 1888.



Retrato de Leopold Zborowski, Amedeo Modigliani, 1916.

Dos hombres cara a cara, Andy Warhol, 1952.

Dos hombres en la ducha, David Hockney, 1963.




Para V. V. V.

Judit degollando a Holofernes, Artemisia Gentileschi, 1614 - 1620



Ulises y las sirenas, John William Waterhouse, 1891.


La absenta, Edgar Dégas, 1876.



En el café "A la mie", Henri Toulouse-Lautrec, 1891.


Ofelia, John Everett Millais, 1852.

El castigo de lo lujoso, Giovanni Segantini, 1891.

El minotauro, George Frederic Watts, 1885.

Niño con calavera, Magnus Enckell, 1893.

Un rincón de la mesa, Henri Fantin-Latour, 1872.

Mujer en el café (bebiendo absenta), Pablo Picasso, 1901 - 1902.