martes, 24 de mayo de 2022

EL PERIODISTA

“Quisiera acabar con la necesidad de escribir un libro con un principio y un final”, dijo, hojeando el periódico, sentado en una de las mesas más alejadas de la entrada del bar, con la pose estudiada del que está tan atento al tema que lee (economía, cultura, deportes, opinión) como pendiente del ambiente. “Una novela sin forma. Es verdad que la vida tiene principios y finales, aunque me esfuerce en negarlo. Quizá estoy demasiado acostumbrado a nadar en los mares de la Historia, apartando cadáveres”. Chaqueta a cuadros, cigarrillo con boquilla, melena lacia, gafas de pasta: el pack completo. “Quiero renegar de la idea de crear un libro como si fuese un artilugio, con tramas bien tejidas, una secuencia lógica de acontecimientos. Ya sabe, todo construidito, pieza a pieza, para que no se caiga, como un andamio delante de la nada. La vida no es así. ¿Pero cuántos libros hay así? De hecho, ¿hay algún libro hoy en día que no sea así?”

Lo conocí por casualidad. Era un asíduo al bar al que solía bajar a almorzar. Corrían los años en los que todavía se leía el periódico en los bares, mucho antes de que los periodistas con ínfulas intelectuales tuviesen que buscar refugio en revistas basadas en la nostalgia, en las que aparecían, una y otra vez, las mismas historias trituradas y simplificadas, convertidas en cuentos. Él era uno de esos periodistas que buscaban algo de lucimiento en artículos mercenarios, intentando imprimir un sello literario a temas que no lo tenían. Sin embargo, a pesar de ser un ególatra narcisista, no tenía el punto de subnormalidad que encontré en muchos de los de su clase y que me empujó, llegado el momento, a cerrar de una vez por todas los periódicos.

“Aunque lo intente evitar, mi escritura se aboca al estilo confesional, en el que solo existe un atroz yo, hasta aburrir. A veces me toca escribir de otros temas, y entonces intento proyectarme en los personajes, sean estos cuales sean, deportistas, políticos, dibujantes de cómic. Intento sacar a relucir, de forma madura y antirrevolucionaria, todos los clichés. Pero en realidad me gustaría escribir algo grande e inabarcable, sin más tema que la vida. Es precisamente la ausencia de tema, la voluntad de totalidad, lo que me fascina de algunos ejercicios titubeantes.”

A veces, se confesaba en exceso. “¿Sabe la similitud entre yo y la catástrofe de Chernobyl? Ahora se la diré. Cuando uno se entrega sin fondo, cumpliendo con la definición que entonces di a esa palabra de límites imprecisos que es el amor, se corre el riesgo de que el núcleo quede expuesto, sobre todo tratándose de alguien tímido y reticente al trato humano como yo era entonces. Exploté, así de simple, esparciendo la contaminación y la podredumbre por mi vida. Ahora ya es imposible que crezca nada en ella.”

Se quedó un tiempo pensativo, continuando de la siguiente forma: "en realidad, retomando el tema anterior, mi renuncia a la vida no se debe tan solo al dolor. Sería autocompasivo y cobarde pensar de ese modo. Mi gran renuncia se debe a que me sentí cómodo – sí, aunque suene extraño – en la disputa, en la enemistad, en la separación, en el reproche, en la venganza. Vi una imagen de mí mismo que no quiero volver a conocer. Mezquina, llorona, agresiva. Dualidades al margen, me di cuenta de que era un tipo poco recomendable, vengativo y despreciativo, narcisista. Ahora vivo recluido en mi propio sendero interior, el que conduce a los salones más tediosos y repetitivos de mi imaginación – y en ellos soy feliz. Porque aquí dentro, con este calor de invernadero, entre estos vapores de establo de mi propia respiración, se han erradicado los sentimientos - ¡por ley! - , al menos en su faceta más esencial y sentida. Solo se permiten aquellos que funcionan a modo decorativo, como las bombillitas de colores y las banderas de una verbena de pueblo, esto es, la epidermis estética de los sentimientos. Todo aquello que de cursi y artístico se asocia a ellos, pero sin su imprescindible ración de sombra.”

Le gustaba cultivar cierto malditismo, el propio de un aprendiz de Bukowski menos alcoholizado o de un Vila-Matas con más ideas propias. Le gustaban, únicamente desde un punto de vista intelectual, las muchedumbres de los estadios, el "buen cine", los habanos.  Si Enric González y Jabois se hubiesen fusionado al modo de Goku y Krillin, habrían dado como resultado su figura. “En realidad me falta sentido de la estrategia. La capacidad para calcular los pasos precisos a dar, incluso la voluntad de convencer a otros con la palabra. Me da exactamente igual. El fracaso me atrae, la renuncia, el hecho de pasar desapercibido, sabiéndome poseedor de un tesoro. Por tanto, me dan igual los caminos hacia el éxito, las carreras de méritos, la acumulación de títulos. No hay nada más ridículo que esperar recibir alabanzas. De hecho, cuando te conviertes en alguien consagrado, habitual de los medios, acabas siendo un poco un objeto de burla, un peluche que ahogar en abrazos o un pelele que agitar en el aire, como un trapo. Solo sé que, para mantenerse en pie, a un paso le debe seguir otro, a una pedalada otra para mantener el equilibrio, y que una línea debe tener su continuación cuando acaba el renglón. Sin un plan. Quien piense que tiene un plan me enternece por su ingenuidad. Los genios destacan sin necesidad de plan. Los únicos que trazan planes exitosos, aunque momentáneos, son los jugadores de ajedrez. O los de shogi, con sus piezas tan sonoras y sus batallas silenciosas. Los demás nos arrastramos y avanzamos, somos vapuleados por el azar, paramos y aceleramos. Luego, ya después de muertos, vienen los análisis. Es lo que queda a la historia. A toro pasado, todos somos Manolete.”

Alzando la vista de las hojas del periódico, haciendo brillar sus diminutas pupilas por encima de las gafas de pasta que resbalaban sobre su nariz, buscaba aprobación. Se había abierto un blog y se había cosido unas coderas a la chaqueta para parecer todavía más una portada andante del New Yorker. Era todavía 2008, antes de las revoluciones y sus ídolos caídos, antes de los cambios drásticos que sacudirían su mundo, dejando obsoletos y embarazosos sus comentarios chistosos sobre las mujeres, obligándole finalmente a ceder. Hoy ya no habla del fracaso; como los poetas que acabaron vendiéndose a la idea del éxito o de la normalidad, lleva todas sus riquezas encima, en su tarjeta bancaria. Reconozco que hubo un tiempo en que le admiré.

sábado, 26 de marzo de 2022

VÉRTIGO

En una vieja novela de los años ochenta, una que solía gustarme demasiado, he encontrado una nota chirriante que me ha obligado a cerrar la página. La novela es de un autor consagrado, ya muerto, premiado en su día. La escena está ambientada en los años posteriores a 1968. Los personajes conversan en un bar sobre lo divino y lo humano, sobre política e historia. Aquel bar es un punto de encuentro de estudiantes revolucionarios y maduros intelecutales que han vivido la guerra. Uno de ellos, el maduro intelectual, un hombre comedido que todavía se dirige  de usted a los demás, se interesa por uno de los jóvenes estudiantes. La conversación parece interesante, de altos vuelos, humanística, pero de pronto el maduro intelectual interrumpe su discurso algo escéptico y lanza un piropo a una muchacha que entra en escena, y que apenas tiene frase.

Podría pensar que una escena así sería imposible de concebir hoy, dada la tiranía de lo woke de la que tanto se quejan los medios fascistoides. Pero no van por ahí los tiros. La escena me ha parecido misógina e innecesaria, propia de un mundo de códigos al que ya no pertenezco. En su momento, quizá un detalle así, insignificante en la trama, podía dar a la historia un tono desenfadado y moderno.  Lo que se dice canalla. Hoy, releyendo este libro que en su día me gustó (y me sigue gustando por otras cosas), ese pequeño detalle es una fractura que me separa del siglo XX. Uno de mis pies está en este lado de la grieta, en el tiempo de hoy, mientras el otro sigue anclado en el siglo en el que nací, cuando todavía existían la URSS, la RDA y Yugoslavia, cuando todavía se fumaba en los bares y se leían los periódicos: y en medio permanece la fractura. Ese abismo del tiempo se ha creado en estos últimos años, en esta última década: lo noto. Los procesos nuevos de los últimos tres años han acrecentado esa fractura, que ya no puede ser remendada de ninguna de las maneras. Estamos en otro tiempo. Pero uno de mis pies, como decía, sigue anclado en el siglo pasado. 

Yo he vivido el momento en que ciertos comentarios podían pasar por canallitas. Yo he vivido esa época. Era el mundo de mis padres, remozado con nuevas caras, con nuevos actores y actrices jóvenes que asumían los viejos papeles de siempre. Un mundo nacido con el desarrollismo económico y el consumismo, crecido en la época de las luchas políticas y sociales,  y envejecido en los laureles del aburguesamiento y del adocenado bipartidismo. Era un mundo de consensos, de bienestar, con cada cosa en su sitio. Los protagonistas de aquel mundo era mis enemigos de cuando tenía veinte años y ahora, tanto los enemigos de aquel tiempo como mi actitud de los veinte años, gritando "no a la guerra", me parecen propias de otro siglo. Quizá por eso me empeño en seguir comprendiendo a los adolescentes a los que doy clase, para no parecer un viejo que cree en el cíclico lugar común de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Por eso sustituyo con algo de ligereza a los ciclistas que me interesan, siempre buscando uno más joven que sustituya al viejo ya amoldado. Siendo yo, a fin de cuentas, el que encarna ya ese papel del viejo amoldado y aburguesado, que busca una vida sin sobresaltos. Mi tiempo, el de mi generación, el de nuestros consensos y creencias, también caerá, como cayó mucho antes el tiempo de mis abuelos, con sus derrotas, sus clichés de género aprendidos del cine clásico (y antes, en las novelas) y su única victoria.

Pero no me hagan caso. No soy tan viejo. Ni siquiera he llegado a los cuarenta, aunque me quede poco. Y además, entre los "mayores" siempre he encontrado gente de espíritu abierto ante las novedades y las sorpresa, gente que me ha parecido más abierta, más desprejuiciada y más sensible a los cambios que yo. Más solidaria también.  Y en mi caso, en aquellas reducidas parcelas que me interesan, aun me sigue atrayendo lo nuevo. Pero a veces, a medida que el abismo entre mi pie del siglo XX y mi otro pie del XXI se va haciendo más grande, me siento devorado por un tiempo que me produce cierto vértigo al echar la vista atrás. Ninguna experiencia, ninguna lección, ninguna nostalgia, ningún aprendizaje saco de todo ese mirar retrospectivo: tan solo vértigo.


sábado, 26 de febrero de 2022

LO DE UCRANIA

No tengo la fórmula secreta para desvelar la causa primordial del conflicto. No sé cuál es. Tampoco sé cuáles serán sus consecuencias. Inicialmente yo era de los que compartía la visión de que los Estados Unidos y la OTAN estaban forzando la máquina, intentando cercar a Rusia con la connivencia de un gobierno surgido de los rescoldos del movimiento fascistoide del Euromaidán, un gobierno agresivo e intolerante con la población rusa. Joe Biden estaba buscando una nueva provocación, volviendo a las andadas de la política desestabilizadora de la anterior administración demócrata, el nefasto legado de Hillary Clinton. La posible invasión se la estaban inventando, simplemente.

Esto era lo que pensaba, de lo que estaba convencido. Pero el discurso de Vladimir Putin del pasado lunes dio un nuevo cariz a la situación. En ese delirante discurso, de una duración my castrista y un espíritu algo borbónico, Putin ponía en duda la legitimidad de la existencia de un estado ucraniano soberano, atribuyendo su origen a arbitrarias decisiones administrativas de los bolcheviques, refrendadas por Stalin y Khrushchov. Con agresividad negaba de un plumazo la posible existencia de un estado que, con sus injusticias y sus errores, sus corruptelas y sus miserias, lleva existiendo treinta años en Europa. 

Los actos del jueves me pillaron de sorpresa, en la cama como a todos, siendo la constatación de que el delirio se convertía en realidad. Más allá de la escasa simpatía que me despertaba el gobierno ucraniano, la acción de Rusia era principalmente una agresión injustificada, la propia de una nación imperialista, destinada a destruir un estado ya asentado en Europa. 

La guerra, iniciada por la irresponsabilidad homicida de Putin, va a alargarse irremediablemente por la voluntad del gobierno ucraniano de resistir a toda costa, armando al pueblo. Pero, ¿queda otra opción? Resultan vomitivas las imágenes de la líder de la revolución naranja empuñando un fusil, pero ¿es legítimo aceptar sin más la desaparición de un estado, simplemente por el argumento de que es “artificial”? Todo parece llamar al heroísmo (ya se sabe, el No pasarán), pero tengo mis reservas. Me gustaría creer en la imagen creada por la propaganda, que vende la defensa del país como una lucha desigual de voluntarios contra el imperialismo (¡me recuerda tanto a Pérez Reverte ensalzando a los croatas!), pero bien sé que la gente normal intentará sobrellevar la situación lo mejor que pueda, escabulléndose si es posible, y solo las ratas, los fanáticos y los asesinos acabarán imponiéndose en el seno de ese ejército de voluntarios. 

La guerra acabará convirtiéndose en una carnicería, a menos que sea corta. No tengo ni la menor idea de cuánto durará. La propaganda actual se empeña en decir que el avance ruso se ha estancado: puede ser. La Unión Europea ha esperado unos días con frialdad para ver si en realidad "merecía la pena" implicarse un poco. Ahora parace que el momento de la soledad de Ucrania va a ser más corto de lo que se esperaba, ya que la rendición no ha sido inmediata, y muchos han olido la posibilidad de hacer negocio. Al desagradable viejo que gobierna en Washington se le han erizado las orejas. Y de nuevo será  la población civil la que quede atrapada en un fuego cruzado de nacionalismos que se niegan recíprocamente la existencia, espoleado por la escoria habitual que se ve animada en situaciones de este tipo. Porque de eso, y de no otra cosa, va esta guerra, más allá de lecturas geopolíticas de tablero de ajedrez y sesudos hilos de twitter: la cosa va de dos nacionalismos que niegan mutuamente su existencia, dos nacionalismos que han crecido entre vecinos a fuego lento (los peores), con apelaciones nebulosas a la historia, con sus etnias, sus batallitas y sus sitios escogidos. La típica basura de siempre. Y uno de esos dos nacionalismos, el más poderoso, el que está encabezado por un líder que parece haber dado un paso bastante decidido hacia la demencia (pues en la autocracia ya se situaba), es el que ha tomado la iniciativa. A pesar de sus apelaciones a la desnazificación, en su cabeza está la recuperación de unos límites de Rusia que mucho recuerdan al Lebensraum o a la Gran Serbia de antaño. Para ello no ha dudado emprender toda una Blitzkrieg que recuerda tanto a los peores momentos de Europa.


viernes, 28 de enero de 2022

DIARIOS DEL CONFINAMIENTO (II)

Cuando acaba la algarabía puedo asomarme al balcón. No sé por qué no estoy hecho para el bullicio y la fiesta. Cada uno reposa o cena en su cubículo, con las luces encendidas, y entonces yo salgo al balcón y me puedo fijar en aquellos pocos detalles que hoy constituyen la parte central de mi universo: un fragmento de cielo, hoy especialmente claro y con estrellas; los límites del edificio, tan irreales, tan inaccesibles, allá arriba. Si puediese extender los brazos podría tocar ese límite superior, sentir las nubes. Podría al menos dibujarlo. El cielo de hoy es digno del Sáhara y también este silencio, al fin. Un silencio que me reconforta y me tranquiliza, aunque me duela la cabeza; un silencio que continúa en la calle y que se extiende por la ciudad entera. E incluso más allá. 

Siempre me estuve preparando para esto, para la reclusión, para pasar desapercibido. Apenas es para mí una prueba. Siempre he considerado la calle como un nido de encuentros fortuitos desagradables: uno se topa con la gente a la que no quiere ver, y por mucho que dé vueltas en los barrios indicados, no se topa con aquellos a los que se quiere ver y a los que el azar podría brindar una buena coartada para el encuentro fortuito. 

Siempre soñé con estos momentos de bunkerización, de espacios reducidos y convivencias forzadas. Aunque en aquellas fantasías infantiles de refugio antiaéreo siempre estaban presentes mis familiares y yo no estaba solo. Ahora no es así. Pero he estado preparando a conciencia esta trastienda para no caer en la desesperación. No tengo tiempo ni en una vida para leer otra vez, o por primera vez, todo lo que hay aquí. Tampoco para ver todo el cine que tengo a mi alcance. Solo la comida resulta un problema, es lo único que me obliga a salir. 

Bien mirado, la bicicleta me era útil como vehículo para desfogar mi anhelo de paisajes y para pasar rápido por lugares "peligrosos". Podría llover, una lluvia de esas pasajeras, que apenas moja el suelo y que deja tras de sí un cielo limpio y despejado. O podría arreciar un suave viento, que agitase un poco los toldos de los vecinos y trajese olores de otras partes. 

¡No es la primera vez que me reconforta pensar que nadie, o casi nadie, sabe dónde estoy metido, dónde duermo, dónde he montado mi tienda! ¡No es la primera vez que he soñado con vivir en un espacio reducido! Antes fueron la galería de casa de mis padres y el trastero en el garaje, ideando al milímetro cómo organizar la vida en un espacio limitado. Supongo que lo mío es un trastorno. Se está agudizando algo en mí, un sentido antisocial, un deseo de escapismo, cierta agorafobia, que siempre había estado ahí presente. Pero sé, con algo del convencimiento que da el delirio, que este trastorno será mi mejor arma para salvarme, mi mejor mecanismo de adaptación. Pues en realidad no deja de ser una impostura.

jueves, 23 de diciembre de 2021

LA OBRA COLECTIVA

Leyendo un libro de poemas de Bolaño en la calidez del cuarto de baño, pienso en todas las obras colectivas que necesitan de una mano amiga que las haga aflorar. Detrás de este fino libro está la mano y el desvelo de un editor que se encargó de fisgonear en cuadernos olvidados, ordenar poemas dispersos, enmarcándolos bajo el paraguas de un falso título. Lo hizo en provecho propio, de su editorial y de su bolsillo, claro está. Pero en el fondo, ¿qué más da? La obra nació, está ahora entre mis manos, la disfruto en la calidez del cuarto de baño, donde se disfrutan los auténticos libros de poemas. 

En realidad, ¿cuánto debe la gran película de Coppola a un esmerado director de fotografía italiano, que supo dar forma y luz a un delirio tropical de selvas en llamas y egos desbocados? ¿Cuánto debe el "mito Pantani" a una bicicleta elegante, que supo contrarrestar la precoz fealdad del escalador italiano? ¿Qué sería de las plomizas películas de Béla Tarr sin László Krasznahorkai, de Call me by your name sin Timothée Chalamet, de Miguel Indurain sin la voz de Pedro González? Obras colectivas, a fin de cuentas, goles que nacen en el centro del campo, desde un buen pase y con la ayuda propicia de un error de la defensa y del portero. Castillos que se erigen a partir de la primera gota de sudor del más anónimo albañil. 

En todo eso pienso, hojeando el libro de Bolaño, escogiendo un poema como quien escoge un cromo en el que demorar la vista. Sí, este libro es obra de editores sin escrúpulos, ansiosos por encontrar una joya más en el cajón póstumo del escritor chileno. Pero, pasado el tiempo, ¿qué más da que haya sido así? La obra entre mis manos es fruto de escritores e impresores, de testamentos esquilmados, de tumbas profanadas, de grabaciones olvidadas que se ponen de nuevo en circulación, bajo un bello letrero y unos colores remozados. ¿No son todo esto intentos de usurpar un poco el resplandor cegador del genio? No, en realidad todos estos andamios, todas estas trampas, no son otra cosa más que el armazón del que se construyen esas sirenas en la playa llamadas genios. 

 

viernes, 17 de diciembre de 2021

DE NUEVO AL CINE

Después de un largo parón, por fin he vuelto durante este otoño al cine. Ha sido necesario liberarse del miedo y descartar la idea, incubada con conformismo e ingenuidad durante los días de reclusión, de que el cine en casa podría sustituir finalmente al cine en salas. Afortunadamente no ha sido así. No debería ser así. El sofá y la manta no deberían sustituir jamás al contexto para el que la imagen cinematográfica fue pensada, con toda su enormidad y potencia. Esto no significa un alegato en favor de los viejos tiempos, ni mucho menos: es necesario volcarse sobre el presente como nunca antes, huyendo de todo escapismo nostálgico o de cualquier desconfianza agorera en el futuro. El cine es un medio vivo. Me niego a convertirme en una réplica de Boyero o en un talibán del cine clásico. Quedan todavía muchas cosas por pensar, por explorar, por ver y por crear.

 



De momento he visto cinco películas durante este otoño, de las que pienso hablar, quizá con algún que otro espoiler involuntario. 

Dune 

Villeneuve sale airoso en su adaptación de Dune, un ejercicio en el que lo fácil hubiese sido acabar sepultado por el aluvión de información que la novela aporta, en detrimento muchas veces de su propio desarrollo dramático. Sin duda Villeneuve bebe de Lynch, aunque se tome más en serio su propuesta y no logre crear imágenes tan hipnóticas y atractivamente extrañas como las de la película de 1984. En la versión de Villeneuve se incide más en las interpretaciones, que logran reducir la historia a lo que es, un paso de la adolescencia a la madurez, revestido de cierto mesianismo. La inclusión de algunas escenas breves de batallitas y machotes puede entenderse como un intento de captar a cierto tipo de espectador que seguramente saldrá espantado de la sala, dado el ritmo contemplativo de la película, más propio de Cleopatra que de una película de Marvel. 



Titane

Titane pertenece a cierto cine francés que ha hecho de la extrañeza radical, las situaciones incómodas y la agresión al espectador sus cualidades principales. En cuanto perteneciente a esta escuela, Ducournau añade una combinación de elementos dispares, que van desde la nueva carne a las identidades volátiles. La película podría entenderse como una confrontación entre una feminidad salvaje y una masculinidad frágil; también como la creación de nuevos lazos familiares, que superan y perfeccionan los lazos de sangre. Afortunadamente, la película deja pronto de lado el regodeo inicial en la violencia, coreografiado a la manera tarantiniana, entrando de golpe en otro terreno, con un corte abrupto al modo de Hitchcock. Entonces la película se convierte en un melodrama cargado de extrañeza, más asfixiante y menos voluptuoso que la primera parte, pero seguramente mejor.

 


The French Dispatch

La gran virtud del cine de Wes Anderson es que es fácilmente reconocible. Tan solo un plano basta para saber que estamos ante una película suya. Su gran defecto, sin embargo, es su aparente imposibilidad de evolución. Wes Anderson parece demasiado cómodo en su autocomplacencia, con sus planos ordenados de forma obsesiva y sus universos-casa de muñecas. Es difícil que cambie a estas alturas, de forma que The French Dispatch debe gozarse como lo que es: un precioso envoltorio, que esconde historias carentes de grandes emociones. Por fortuna esta vez ha reducido la peripecia al mínimo, algo digno de agradecer, y ha creado sus estructuras narrativas más enrevesadas hasta la fecha. A nivel visual, Wes Anderson alcanza su cima en esta película. La primera historia, la del pintor y la modelo, se cuenta entre lo mejor de su cine; las otras decaen un poco, al modo de aquellas películas de episodios de los sesenta marcadas por una irremediable irregularidad. Cuando pase el tiempo, el cine de Wes Anderson se valorará por la tristeza y la incomunicación que ofrecen sus personajes, paralizados en una mueca, acoplados a la perfección a un ambiente y a un decorado, a modo de juguetes olvidados que han perdido su función.  



È stata la mano di dio

Esta película ha logrado reconciliarme con el cine de Sorrentino. El director italiano por fin ha puesto su manierismo visual y su vampirismo cinematográfico al servicio de una historia verdaderamente poderosa, que alcanza grandes cimas dramáticas. Con más sobriedad de la que acostumbra, ha conseguido lo que pocos otros han logrado: hacer de una autobiografía un ejercicio de sinceridad y no de autocomplacencia. Si bien la escena de apertura todavía parece deudora de su ampulosidad previa, pronto la película adquiere el tono de una comedia costumbrista. En esta parte el tono dominante es el de la celebración de la vida familiar, con un retrato no exento de caricatura y dos o tres chistes de dudoso gusto.


Bruscamente la tragedia interrumpe el devenir cotidiano, de forma que la película se adentra en un terreno más complejo, más resbaladizo, más errático y emotivo, con algunas escenas de gran intensidad. Es el momento en el que la película y el propio Sorrentino parecen liberarse de todo un lastre previo, marcado por los escenarios barrocos, los personajes huecos y las poses estudiadas de sus películas anteriores. Todo esta parte del film refleja a la perfección la lucha entre una libertad no deseada y un sentimiento de abandono, alcanzando cotas inesperadas e inusuales en el cine de Sorrentino, en el que por primera vez la imagen sugestiva y la sutil ironía se pliegan con naturalidad ante los sentimientos y el desarrollo del personaje principal, creado con sorprendente habilidad por Filippo Scotti. Las citas a otras películas aquí aparecen mucho mejor integradas, pues Sorrentino tiene algo que contar y puede prescindir de sus habituales saqueos. Fellini aparece, el de I Vitelloni y Amarcord, e incluso algo hay en el tono de Cinema Paradiso y sobre todo de Call me by your name. Sorrentino recurre incluso a la autocita, desvelando el significado de alguna frase dicha casi por casualidad en La grande bellezza. Aparte de todo ello, la película puede interpretarse como un canto de amor a un tiempo y a un espacio concretos, con la dosis de nostalgia que parece requerir nuestra época.


Tre piani 

Tre piani me ha hecho dudar firmemente de mis convicciones morettianas. Hasta el momento, Moretti era para mí sinónimo de una escéptica celebración de la vida, incluso en sus películas más depresivas. Se ha hablado de humanismo y de neoclasicismo a propósito de esta película en la que Moretti pretende jugar a ser Haneke, aunque con menos morbo y crueldad, imponiendo al espectador un aleccionador tono depresivo. Humanismo hay, aunque el neoclasicismo bien podría tomarse por cierta pátina de telefilm, dada la parca funcionalidad de la mayor parte de los planos y lo excesivo de algunas interpretaciones (salvo excepciones notables, como Margherita Buy, Alba Rohrwacher y sobre todo Riccardo Scarmacio). No hay que descartar que la peor película de Moretti aparezca alguna vez en uno de los polémicos listados de Cahiers. 



 

 


domingo, 12 de diciembre de 2021

GOTA FRÍA (18 de octubre de 2018)

Por fin un día de relax en medio de la tempestad de acontecimientos que supone todo inicio de curso. Los alumnos están haciendo un examen; mientras, llueve en el patio. Esto parece un poema de Machado, aquel que me hicieron aprender de pequeño pero que ya no recuerdo. En momentos de quietud así sólo se oyen voces solapadas, chirriar de goznes y sonidos sordos de puertas abatidas, melodías repetitivas de flauta y el monótono precipitar de la lluvia sobre el patio vacío. Estoy relajado, puedo sentarme y estirar las piernas bajo la mesa del profesor, abrir la libreta y escribir. 

Este año estoy cerca de casa, demasiado. Casi se diría que puedo tocarla alargando el brazo. Podría tender una tirolina desde el balcón de mi casa y aterrizar cada mañana aquí. Esta cercanía contribuye sin dudarlo a la molicie, a la dejadez, de la que este edificio avejentado y descuidado parece un símbolo. Estas baldosas desprendidas de la pared, estos ventiladores que no funcionan o estos cajones hechos polvo aluden, con cierta ironía, al fracaso personal. ¿Qué fracaso personal? ¿El mío? ¿Tan bajo he caído?¡Pero si vivo a cuerpo de rey! ¡Pero si incluso podría pasearme por aquí en pantuflas! Maldita sea...¿Estaré haciendo bien las cosas?

Días así, con esta lluvia incesante que recuerda a las últimas carreras ciclistas otoñales, en las que es necesario encender los faros de los coches dada la oscuridad creciente, me traen cierta melancolía; una melancolía no triste, sin embargo. Una melancolía que es más bien el presentimiento dulce de que la felicidad ya pasó. Es cierto que algo que tomé por felicidad, pero que quizá tan sólo fue disfrute sensorial y hedonismo, pasó ya. Vinieron años invernales y después, una cómoda rutina. En días así, sin sol, me viene cierto sentimiento que es más bien la toma de conciencia de una caída del caballo. O más bien el recuerdo ya vago de una caída del caballo que me ha conducido al páramo de certezas en el que hoy me encuentro. 

Ha parado de llover. Las secuelas son visibles: la lluvia ha dejado sus tiras negras de agua en las fachadas de los sucios edificios que rodean el patio; habrá sembrado de charcos los solares en los que los niños dejaron ya de jugar desde los tiempos del Pequeño Nicolás; habrá dejado a las grúas y excavadoras inmóviles y paralizadas como extraños insectos ensartados con alfileres en los cuadros del despacho del entomólogo. Los transeúntes sorprendidos por la lluvia podrán retomar su marcha, después de haber permanecido un tiempo protegidos bajo la marquesina de la parada de autobuses, codo con codo en insólita comunidad, observando silenciosos la hipnótica lluvia. Sin embargo el momento de tregua es pasajero: vuelve a arreciar con fuerza. 

Esta lluvia de gota fría parece que no vaya a terminar y está oscureciendo el cielo, haciendo de las doce del mediodía unas antinaturales ocho de la tarde. Quizá colapse el tejado a dos aguas de la desvencijada fábrica abandonada que hay aquí cerca. Quizá convierta en más tristes todavía los grises semblantes de los altos edificios que se construyeron en pleno centro histórico en los sesenta y setenta, cuando se pensaba que el progreso técnico, industrial y automovilístico iba a ser ilimitado. Luego, cuando acabe esta hora de paz cruzaré con paso rápido el cauce seco por el puente por el que tantas veces he transitado de día y de noche, y recordaré aquellas noches de verano de la juventud, claras y despejadas, en las que volvía a casa borracho, acompañado u otras veces solo, dando tumbos, seguido por el paso silencioso de los gatos. Imaginaré ser otra vez Kafka cruzando el puente de San Carlos, en una tarde invernal, desde la fría y diminuta casa de su hermana hacia la casa insoportable de sus padres. Soñaré ser, otra vez más, ese Pamuk de Estambul, ciudad y recuerdos, cruzando el puente de Gálata hacia esa periferia ruinosa que en realidad hubo un tiempo en la que fue el mismo centro del mundo. Y mientras seguirá lloviendo sobre el puente tendido sobre un río ya inexistente, azotado por viento racheado que traerá consigo el tenue recuerdo de catástrofes fluviales pasadas. Sin embargo, la certeza del páramo en el que vivo, feliz y sin sobresaltos, acompañado del recuerdo vivo de esos días felices, me ayudará a volver a casa sano y salvo.