domingo, 17 de julio de 2022

CEMENTERIOS


Cuentos de la luna pálida (Kenji Mizoguchi, 1953)

 
Operazione paura (Mario Bava, 1963)

Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954)

Sueño de invierno (Nuri Bilge Ceylan, 2014)

El sanatorio de la clepsidra (Wojciech J. Has, 1973)

Hércules en el centro de la Tierra (Mario Bava, 1961)

Vertigo (Alfred Hitchcock, 1959)

El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966)

Verano del 85 (François Ozon, 2020)

The addiction (Abel Ferrara, 1995)

Dune (Denis Villeneuve, 2021)

El tercer hombre (Carol Reed, 1949)

Incendies (Denis Villeneuve, 2010)

How Green was my Valley (John Ford, 1941)

El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986)

FOTÓGRAFOS


Les amants reguliers (Philippe Garrel, 2005)

Apocalypse now (Francis Ford Coppola, 1979)

Blow up (Michelangelo Antonioni, 1967)

Boyhood (Richard Linklater, 2014)

Close up (Abbas Kiarostami, 1990)

La dolce vita (Federico Fellini, 1960)

El hijo de Saúl (Laszlo Nemes, 2015)

Persona (Ingmar Bergman, 1966)


Yi Yi (Edward Yang, 2000)

La peor persona del mundo (Joaquim Trier, 2021)

Viaggio in Italia (Roberto Rossellini, 1954)
 
El sabor de las cerezas (Abbas Kiarostami, 1997)

Carol (Todd Haynes, 2015)

De tal padre, tal hijo (Hirokazu Koreeda, 2013)

La doble vida de Verónica (Krzsystof Kieslowski, 1990)




sábado, 28 de mayo de 2022

LAS SOTAS DE MI BARAJA

Me gustan las biografías. Y me gustan las barajas, aunque apenas sepa jugar a las cartas. Lo mío con ambos temas es auténtica chifladura. Una más.

La vida de un biografiado es como un gran espacio en blanco, un terreno baldío si se prefiere, en el que cada pueblo y cada tiempo planta sus semillas. Cada uno encuentra en la vida de los otros lo que ya quiere ver.

Mis poetas adorados, una y mil veces objeto de recuento, son las sotas de mi baraja personal. Los veo como rostros esculpidos en la roca, al modo de unos moáis siempre encarados hacia un mar que ya no reconocen. También funcionan a modo de maniquíes de rostro blanco y liso, recién sacados de un cuadro de De Chirico: perchas en las que colgar una y otra vez mis prendas, mis disfraces.

Las sotas de mi baraja son poetas y escritores eternamente jóvenes, delgados y algo lampiños, asexuados, fallecidos o enloquecidos de forma prematura, después de arrastrar una vida de excesos y torturas autoinfligidas. Pudieron ser niños prodigio o también niños mediocres: lo que está claro es que fueron niños eternos. Solterones, hijos sin hijos, sojuzgados por la sombra persistente de progenitores tiránicos o ausentes. Forman parte de aquellos literatos que no fueron capaces de crear personajes más grandes que sus propias personas, tal era el mundo interior que albergaban dentro de sí.

La primera sota (la de bastos) es apenas un muchacho, aunque se disfrace de viejo con una ridícula pipa boca abajo y un sucio bombín. Su mirada gélida y azul combina la pureza asexuada de un ángel y el descaro insolente de un demonio algo mocoso. Y es que en su dorada melena de niño escogido se balancean algunos piojos. Como símbolo de la juventud luminosa, algunos lo tomaron por precursor de lo hippie, pero en verdad fue el primer punk: una buena persona disfrazada de canalla. En realidad siempre fue un niño aplicado lleno de severos remilgos que soñó, durante una breve temporada, con convertirse en el rey de los gamberros. Nunca acabó de adaptarse a las buhardillas de París y Londres, prefería los caminos, en los que entregarse al abrazo cálido de la naturaleza, más tierno que aquel que le ofrecía su casta y severa madre. En mi cabeza lo veo calzándose unas sandalias aladas (su albergue la Osa Mayor, decía), tejiendo telarañas por Europa, antes de dar el fatídico salto a África, ya cansado de todo y de las letras, ahíto de rimas, de drogas y de amores borrascosos, deseoso tan solo de dinero fácil y descanso. Acabó caminando demasiado...su rodilla hizo ¡crack!.

Algunos dicen de la segunda sota (la de espadas) que parecía un personaje sacado de la familia Adams, dado su pelo negro aceitoso, su gesto cadavérico, su firme nariz y sus potentes ojeras. Es fácil imaginarlo con una perenne palidez, aunque los que lo conocieron lo recuerdan más bien bronceado. Ahora le achacan muchos desvelos contemporáneos: los planes truncados de forma sistemática e inexplicable, las pesadillas exactas e interminables, los combates desiguales entre el individuo y una administración monstruosa e implacable...Yo en realidad lo veo como un Buster Keaton alargado, cómico a su pesar. Gentleman de modales exquisitos, podía pasar el día con un puñado de avellanas y cuatro o cinco avionetas en su imaginación. Ocultaba su naturaleza de faquir bajo la apariencia amable de un funcionario experto en accidentes laborales, novio eterno, escritor compulsivo de cartas. Aprovechando el silencio de la noche, se sumergía en prolongados buceos en las regiones de la sombra. Su escritura era monolítica, aunque se le escapase alguna risilla nerviosa. Tenía todo el laberinto del gueto metido en la cabeza y su ciudad era para él como una pecera de la que no poder salir, atenazado por el miedo a un padre excesivamente viril y poderoso. De tanto frío que pasó en habitaciones de altos techos, sus pulmones acabaron por pudrirse.

No hay nada que destaque en especial de la apariencia de la tercera sota (la de copas), podría ser un folio en blanco. Es ese personaje discreto e introvertido que ocupa la última mesa en la vinatería, con sombrero, bigote y corbata, y con la mente aparentemente en otra parte. Un hombre muchas veces repetido. Pero en este caso concreto, este personaje está calculando cartas zodiacales. Podría incluso estar grabando un pentáculo con un punzón sobre la madera de la última mesa de la vinatería. De ese tipo anodino, ¿quién diría que arrastra consigo una infancia y adolescencia africanas y un baúl con más disfraces y vestuario variado que aquel famoso de la Piquer? Unas veces habla con la sencillez de un pastor que define lo que sus ojos ven en las montañas. Otras, con el desencanto de un hombre moderno en eterno viaje, de motel en motel. Como un ventrilocuo, siempre encontró un muñeco que hablase por él. Y es que bajo su apariencia de hombre práctico y pulcro, de modales británicos, se ocultaba un niño juquetón al que le gustaba sembrar las conversaciones de mentirijillas indetectables. Pero tanto tiempo en las tabernas le acabó destrozando su interior.

Al modo de Kaspar Hauser, la cuarta y última sota (la de oros) estuvo encerrado en una torre. No muy alta, tampoco muy estrecha: más bien una torre bien amueblada, incluso con piano, al modo de una celda biedermeyer. A diferencia de Kaspar Hauser, nuestra sota pasó allí sus últimos días, cuando ya era un loco desdentado incapaz de reconocer el río que fluía delante de su ventana. Habían pasado ya los días en los que sus amados dioses griegos doraban las copas de los árboles en los atardeceres. Había sido antes un joven con apariencia de muchacha, excesivamente hipersensible ante la intensidad de la naturaleza y la mutabilidad de la política. Había creído con fervor en la revolución, aceptando ingratos trabajos con los que escapar de los sueños castos de su madre. Entonces, entre las burlas y los esfuerzos, llegó el amor. Tan solar e intenso que le abrasó, como la guerra que llegaba desde occidente. La muerte acabó quebrando su lira y se lanzó a un simbólico Etna. El de la locura: el que murió en la torre, de viejo, en realidad era ya otro.

Pero más allá de estas cuatro cartas, de estas cuatro siluetas con calzones ajustados, borceguíes y vistosos sombreros, ¿dónde están los poetas del presente? ¿En qué ciudad viven? ¿Qué palabras se meten en la mente? Los imagino en otros continentes, fumando delante de ventanas de edificios anónimos de ciudades dormitorio (en China, Nigeria o Pakistán), imaginando en convertirse algún día en los reyes de la baraja de cualquier adolescente.


martes, 24 de mayo de 2022

EL PERIODISTA

“Quisiera acabar con la necesidad de escribir un libro con un principio y un final”, dijo, hojeando el periódico, sentado en una de las mesas más alejadas de la entrada del bar, con la pose estudiada del que está tan atento al tema que lee (economía, cultura, deportes, opinión) como pendiente del ambiente. “Una novela sin forma. Es verdad que la vida tiene principios y finales, aunque me esfuerce en negarlo. Quizá estoy demasiado acostumbrado a nadar en los mares de la Historia, apartando cadáveres”. Chaqueta a cuadros, cigarrillo con boquilla, melena lacia, gafas de pasta: el pack completo. “Quiero renegar de la idea de crear un libro como si fuese un artilugio, con tramas bien tejidas, una secuencia lógica de acontecimientos. Ya sabe, todo construidito, pieza a pieza, para que no se caiga, como un andamio delante de la nada. La vida no es así. ¿Pero cuántos libros hay así? De hecho, ¿hay algún libro hoy en día que no sea así?”

Lo conocí por casualidad. Era un asíduo al bar al que solía bajar a almorzar. Corrían los años en los que todavía se leía el periódico en los bares, mucho antes de que los periodistas con ínfulas intelectuales tuviesen que buscar refugio en revistas basadas en la nostalgia, en las que aparecían, una y otra vez, las mismas historias trituradas y simplificadas, convertidas en cuentos. Él era uno de esos periodistas que buscaban algo de lucimiento en artículos mercenarios, intentando imprimir un sello literario a temas que no lo tenían. Sin embargo, a pesar de ser un ególatra narcisista, no tenía el punto de subnormalidad que encontré en muchos de los de su clase y que me empujó, llegado el momento, a cerrar de una vez por todas los periódicos.

“Aunque lo intente evitar, mi escritura se aboca al estilo confesional, en el que solo existe un atroz yo, hasta aburrir. A veces me toca escribir de otros temas, y entonces intento proyectarme en los personajes, sean estos cuales sean, deportistas, políticos, dibujantes de cómic. Intento sacar a relucir, de forma madura y antirrevolucionaria, todos los clichés. Pero en realidad me gustaría escribir algo grande e inabarcable, sin más tema que la vida. Es precisamente la ausencia de tema, la voluntad de totalidad, lo que me fascina de algunos ejercicios titubeantes.”

A veces, se confesaba en exceso. “¿Sabe la similitud entre yo y la catástrofe de Chernobyl? Ahora se la diré. Cuando uno se entrega sin fondo, cumpliendo con la definición que entonces di a esa palabra de límites imprecisos que es el amor, se corre el riesgo de que el núcleo quede expuesto, sobre todo tratándose de alguien tímido y reticente al trato humano como yo era entonces. Exploté, así de simple, esparciendo la contaminación y la podredumbre por mi vida. Ahora ya es imposible que crezca nada en ella.”

Se quedó un tiempo pensativo, continuando de la siguiente forma: "en realidad, retomando el tema anterior, mi renuncia a la vida no se debe tan solo al dolor. Sería autocompasivo y cobarde pensar de ese modo. Mi gran renuncia se debe a que me sentí cómodo – sí, aunque suene extraño – en la disputa, en la enemistad, en la separación, en el reproche, en la venganza. Vi una imagen de mí mismo que no quiero volver a conocer. Mezquina, llorona, agresiva. Dualidades al margen, me di cuenta de que era un tipo poco recomendable, vengativo y despreciativo, narcisista. Ahora vivo recluido en mi propio sendero interior, el que conduce a los salones más tediosos y repetitivos de mi imaginación – y en ellos soy feliz. Porque aquí dentro, con este calor de invernadero, entre estos vapores de establo de mi propia respiración, se han erradicado los sentimientos - ¡por ley! - , al menos en su faceta más esencial y sentida. Solo se permiten aquellos que funcionan a modo decorativo, como las bombillitas de colores y las banderas de una verbena de pueblo, esto es, la epidermis estética de los sentimientos. Todo aquello que de cursi y artístico se asocia a ellos, pero sin su imprescindible ración de sombra.”

Le gustaba cultivar cierto malditismo, el propio de un aprendiz de Bukowski menos alcoholizado o de un Vila-Matas con más ideas propias. Le gustaban, únicamente desde un punto de vista intelectual, las muchedumbres de los estadios, el "buen cine", los habanos.  Si Enric González y Jabois se hubiesen fusionado al modo de Goku y Krillin, habrían dado como resultado su figura. “En realidad me falta sentido de la estrategia. La capacidad para calcular los pasos precisos a dar, incluso la voluntad de convencer a otros con la palabra. Me da exactamente igual. El fracaso me atrae, la renuncia, el hecho de pasar desapercibido, sabiéndome poseedor de un tesoro. Por tanto, me dan igual los caminos hacia el éxito, las carreras de méritos, la acumulación de títulos. No hay nada más ridículo que esperar recibir alabanzas. De hecho, cuando te conviertes en alguien consagrado, habitual de los medios, acabas siendo un poco un objeto de burla, un peluche que ahogar en abrazos o un pelele que agitar en el aire, como un trapo. Solo sé que, para mantenerse en pie, a un paso le debe seguir otro, a una pedalada otra para mantener el equilibrio, y que una línea debe tener su continuación cuando acaba el renglón. Sin un plan. Quien piense que tiene un plan me enternece por su ingenuidad. Los genios destacan sin necesidad de plan. Los únicos que trazan planes exitosos, aunque momentáneos, son los jugadores de ajedrez. O los de shogi, con sus piezas tan sonoras y sus batallas silenciosas. Los demás nos arrastramos y avanzamos, somos vapuleados por el azar, paramos y aceleramos. Luego, ya después de muertos, vienen los análisis. Es lo que queda a la historia. A toro pasado, todos somos Manolete.”

Alzando la vista de las hojas del periódico, haciendo brillar sus diminutas pupilas por encima de las gafas de pasta que resbalaban sobre su nariz, buscaba aprobación. Se había abierto un blog y se había cosido unas coderas a la chaqueta para parecer todavía más una portada andante del New Yorker. Era todavía 2008, antes de las revoluciones y sus ídolos caídos, antes de los cambios drásticos que sacudirían su mundo, dejando obsoletos y embarazosos sus comentarios chistosos sobre las mujeres, obligándole finalmente a ceder. Hoy ya no habla del fracaso; como los poetas que acabaron vendiéndose a la idea del éxito o de la normalidad, lleva todas sus riquezas encima, en su tarjeta bancaria. Reconozco que hubo un tiempo en que le admiré.

sábado, 26 de marzo de 2022

VÉRTIGO

En una vieja novela de los años ochenta, una que solía gustarme demasiado, he encontrado una nota chirriante que me ha obligado a cerrar la página. La novela es de un autor consagrado, ya muerto, premiado en su día. La escena está ambientada en los años posteriores a 1968. Los personajes conversan en un bar sobre lo divino y lo humano, sobre política e historia. Aquel bar es un punto de encuentro de estudiantes revolucionarios y maduros intelecutales que han vivido la guerra. Uno de ellos, el maduro intelectual, un hombre comedido que todavía se dirige  de usted a los demás, se interesa por uno de los jóvenes estudiantes. La conversación parece interesante, de altos vuelos, humanística, pero de pronto el maduro intelectual interrumpe su discurso algo escéptico y lanza un piropo a una muchacha que entra en escena, y que apenas tiene frase.

Podría pensar que una escena así sería imposible de concebir hoy, dada la tiranía de lo woke de la que tanto se quejan los medios fascistoides. Pero no van por ahí los tiros. La escena me ha parecido misógina e innecesaria, propia de un mundo de códigos al que ya no pertenezco. En su momento, quizá un detalle así, insignificante en la trama, podía dar a la historia un tono desenfadado y moderno.  Lo que se dice canalla. Hoy, releyendo este libro que en su día me gustó (y me sigue gustando por otras cosas), ese pequeño detalle es una fractura que me separa del siglo XX. Uno de mis pies está en este lado de la grieta, en el tiempo de hoy, mientras el otro sigue anclado en el siglo en el que nací, cuando todavía existían la URSS, la RDA y Yugoslavia, cuando todavía se fumaba en los bares y se leían los periódicos: y en medio permanece la fractura. Ese abismo del tiempo se ha creado en estos últimos años, en esta última década: lo noto. Los procesos nuevos de los últimos tres años han acrecentado esa fractura, que ya no puede ser remendada de ninguna de las maneras. Estamos en otro tiempo. Pero uno de mis pies, como decía, sigue anclado en el siglo pasado. 

Yo he vivido el momento en que ciertos comentarios podían pasar por canallitas. Yo he vivido esa época. Era el mundo de mis padres, remozado con nuevas caras, con nuevos actores y actrices jóvenes que asumían los viejos papeles de siempre. Un mundo nacido con el desarrollismo económico y el consumismo, crecido en la época de las luchas políticas y sociales,  y envejecido en los laureles del aburguesamiento y del adocenado bipartidismo. Era un mundo de consensos, de bienestar, con cada cosa en su sitio. Los protagonistas de aquel mundo era mis enemigos de cuando tenía veinte años y ahora, tanto los enemigos de aquel tiempo como mi actitud de los veinte años, gritando "no a la guerra", me parecen propias de otro siglo. Quizá por eso me empeño en seguir comprendiendo a los adolescentes a los que doy clase, para no parecer un viejo que cree en el cíclico lugar común de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Por eso sustituyo con algo de ligereza a los ciclistas que me interesan, siempre buscando uno más joven que sustituya al viejo ya amoldado. Siendo yo, a fin de cuentas, el que encarna ya ese papel del viejo amoldado y aburguesado, que busca una vida sin sobresaltos. Mi tiempo, el de mi generación, el de nuestros consensos y creencias, también caerá, como cayó mucho antes el tiempo de mis abuelos, con sus derrotas, sus clichés de género aprendidos del cine clásico (y antes, en las novelas) y su única victoria.

Pero no me hagan caso. No soy tan viejo. Ni siquiera he llegado a los cuarenta, aunque me quede poco. Y además, entre los "mayores" siempre he encontrado gente de espíritu abierto ante las novedades y las sorpresa, gente que me ha parecido más abierta, más desprejuiciada y más sensible a los cambios que yo. Más solidaria también.  Y en mi caso, en aquellas reducidas parcelas que me interesan, aun me sigue atrayendo lo nuevo. Pero a veces, a medida que el abismo entre mi pie del siglo XX y mi otro pie del XXI se va haciendo más grande, me siento devorado por un tiempo que me produce cierto vértigo al echar la vista atrás. Ninguna experiencia, ninguna lección, ninguna nostalgia, ningún aprendizaje saco de todo ese mirar retrospectivo: tan solo vértigo.


sábado, 26 de febrero de 2022

LO DE UCRANIA

No tengo la fórmula secreta para desvelar la causa primordial del conflicto. No sé cuál es. Tampoco sé cuáles serán sus consecuencias. Inicialmente yo era de los que compartía la visión de que los Estados Unidos y la OTAN estaban forzando la máquina, intentando cercar a Rusia con la connivencia de un gobierno surgido de los rescoldos del movimiento fascistoide del Euromaidán, un gobierno agresivo e intolerante con la población rusa. Joe Biden estaba buscando una nueva provocación, volviendo a las andadas de la política desestabilizadora de la anterior administración demócrata, el nefasto legado de Hillary Clinton. La posible invasión se la estaban inventando, simplemente.

Esto era lo que pensaba, de lo que estaba convencido. Pero el discurso de Vladimir Putin del pasado lunes dio un nuevo cariz a la situación. En ese delirante discurso, de una duración my castrista y un espíritu algo borbónico, Putin ponía en duda la legitimidad de la existencia de un estado ucraniano soberano, atribuyendo su origen a arbitrarias decisiones administrativas de los bolcheviques, refrendadas por Stalin y Khrushchov. Con agresividad negaba de un plumazo la posible existencia de un estado que, con sus injusticias y sus errores, sus corruptelas y sus miserias, lleva existiendo treinta años en Europa. 

Los actos del jueves me pillaron de sorpresa, en la cama como a todos, siendo la constatación de que el delirio se convertía en realidad. Más allá de la escasa simpatía que me despertaba el gobierno ucraniano, la acción de Rusia era principalmente una agresión injustificada, la propia de una nación imperialista, destinada a destruir un estado ya asentado en Europa. 

La guerra, iniciada por la irresponsabilidad homicida de Putin, va a alargarse irremediablemente por la voluntad del gobierno ucraniano de resistir a toda costa, armando al pueblo. Pero, ¿queda otra opción? Resultan vomitivas las imágenes de la líder de la revolución naranja empuñando un fusil, pero ¿es legítimo aceptar sin más la desaparición de un estado, simplemente por el argumento de que es “artificial”? Todo parece llamar al heroísmo (ya se sabe, el No pasarán), pero tengo mis reservas. Me gustaría creer en la imagen creada por la propaganda, que vende la defensa del país como una lucha desigual de voluntarios contra el imperialismo (¡me recuerda tanto a Pérez Reverte ensalzando a los croatas!), pero bien sé que la gente normal intentará sobrellevar la situación lo mejor que pueda, escabulléndose si es posible, y solo las ratas, los fanáticos y los asesinos acabarán imponiéndose en el seno de ese ejército de voluntarios. 

La guerra acabará convirtiéndose en una carnicería, a menos que sea corta. No tengo ni la menor idea de cuánto durará. La propaganda actual se empeña en decir que el avance ruso se ha estancado: puede ser. La Unión Europea ha esperado unos días con frialdad para ver si en realidad "merecía la pena" implicarse un poco. Ahora parace que el momento de la soledad de Ucrania va a ser más corto de lo que se esperaba, ya que la rendición no ha sido inmediata, y muchos han olido la posibilidad de hacer negocio. Al desagradable viejo que gobierna en Washington se le han erizado las orejas. Y de nuevo será  la población civil la que quede atrapada en un fuego cruzado de nacionalismos que se niegan recíprocamente la existencia, espoleado por la escoria habitual que se ve animada en situaciones de este tipo. Porque de eso, y de no otra cosa, va esta guerra, más allá de lecturas geopolíticas de tablero de ajedrez y sesudos hilos de twitter: la cosa va de dos nacionalismos que niegan mutuamente su existencia, dos nacionalismos que han crecido entre vecinos a fuego lento (los peores), con apelaciones nebulosas a la historia, con sus etnias, sus batallitas y sus sitios escogidos. La típica basura de siempre. Y uno de esos dos nacionalismos, el más poderoso, el que está encabezado por un líder que parece haber dado un paso bastante decidido hacia la demencia (pues en la autocracia ya se situaba), es el que ha tomado la iniciativa. A pesar de sus apelaciones a la desnazificación, en su cabeza está la recuperación de unos límites de Rusia que mucho recuerdan al Lebensraum o a la Gran Serbia de antaño. Para ello no ha dudado emprender toda una Blitzkrieg que recuerda tanto a los peores momentos de Europa.


viernes, 28 de enero de 2022

DIARIOS DEL CONFINAMIENTO (II)

Cuando acaba la algarabía puedo asomarme al balcón. No sé por qué no estoy hecho para el bullicio y la fiesta. Cada uno reposa o cena en su cubículo, con las luces encendidas, y entonces yo salgo al balcón y me puedo fijar en aquellos pocos detalles que hoy constituyen la parte central de mi universo: un fragmento de cielo, hoy especialmente claro y con estrellas; los límites del edificio, tan irreales, tan inaccesibles, allá arriba. Si puediese extender los brazos podría tocar ese límite superior, sentir las nubes. Podría al menos dibujarlo. El cielo de hoy es digno del Sáhara y también este silencio, al fin. Un silencio que me reconforta y me tranquiliza, aunque me duela la cabeza; un silencio que continúa en la calle y que se extiende por la ciudad entera. E incluso más allá. 

Siempre me estuve preparando para esto, para la reclusión, para pasar desapercibido. Apenas es para mí una prueba. Siempre he considerado la calle como un nido de encuentros fortuitos desagradables: uno se topa con la gente a la que no quiere ver, y por mucho que dé vueltas en los barrios indicados, no se topa con aquellos a los que se quiere ver y a los que el azar podría brindar una buena coartada para el encuentro fortuito. 

Siempre soñé con estos momentos de bunkerización, de espacios reducidos y convivencias forzadas. Aunque en aquellas fantasías infantiles de refugio antiaéreo siempre estaban presentes mis familiares y yo no estaba solo. Ahora no es así. Pero he estado preparando a conciencia esta trastienda para no caer en la desesperación. No tengo tiempo ni en una vida para leer otra vez, o por primera vez, todo lo que hay aquí. Tampoco para ver todo el cine que tengo a mi alcance. Solo la comida resulta un problema, es lo único que me obliga a salir. 

Bien mirado, la bicicleta me era útil como vehículo para desfogar mi anhelo de paisajes y para pasar rápido por lugares "peligrosos". Podría llover, una lluvia de esas pasajeras, que apenas moja el suelo y que deja tras de sí un cielo limpio y despejado. O podría arreciar un suave viento, que agitase un poco los toldos de los vecinos y trajese olores de otras partes. 

¡No es la primera vez que me reconforta pensar que nadie, o casi nadie, sabe dónde estoy metido, dónde duermo, dónde he montado mi tienda! ¡No es la primera vez que he soñado con vivir en un espacio reducido! Antes fueron la galería de casa de mis padres y el trastero en el garaje, ideando al milímetro cómo organizar la vida en un espacio limitado. Supongo que lo mío es un trastorno. Se está agudizando algo en mí, un sentido antisocial, un deseo de escapismo, cierta agorafobia, que siempre había estado ahí presente. Pero sé, con algo del convencimiento que da el delirio, que este trastorno será mi mejor arma para salvarme, mi mejor mecanismo de adaptación. Pues en realidad no deja de ser una impostura.