miércoles, 13 de diciembre de 2023

PELÍCULAS DE RIVER PHOENIX

Aprovechando el estreno de Napoleón, interpretado por el excéntrico Joaquin Phoenix, he decidido ver en este último mes todas las películas posibles de su hermano River, el hermano bueno, fallecido de sobredosis en 1993 con tan solo veintitrés años. También he aprovechado para leer todo lo posible sobre su familia y sobre la vida del fallecido River. 

River Jude Bottom nació en 1970 en el seno de una comuna hippie en Oregón, hijo de John Bottom, un californiano borrachín de origen irlandés, y Arlyn Dunetz, una judía neoyorquina con un pasado de gris oficinista. Es difícil no pensar en la madre de Homer Simpson, con su conversión de ama de casa a activista, al pensar en la madre de River Phoenix, abandonando su antigua vida para marcharse a la California de las flores. Los Bottom dieron a su hijo un nombre tan espiritual como el de Río, sacado del libro Siddartha de Hermann Hesse, muy de moda entre los hippies. Pero pronto dieron el salto del espiritualismo orientalista al fanatismo religioso, integrándose en una secta, los niños de Dios. Esta secta practicaba el amor a Dios desde un punto de vista sexual, siendo los abusos infantiles algo habitual. Quizá el propio River los padeció. 

Los Bottom marcharon a Venezuela a predicar, teniendo más hijos por el camino. Todos ellos se criaron en la indigencia y sin una escolarización reglada. River y su hermana cantaban en las calles y predicaban la Biblia, consiguiendo aportar a casa algo de dinero. Al mismo tiempo, los Bottom fueron desarrollando la idea de que su primogénito era una especie de mesías, “el hombre de la casa”. De hecho, ya en ese momento el niño River era el que garantizaba el mantenimiento económico de la familia. 

Enterados de los abusos sexuales tan corrientes en su secta, los Bottom la abandonaron y, de vuelta en Estados Unidos, cambiaron su apellido por el de Phoenix, en honor a su “renacimiento” a una nueva vida. Después de intentar conseguir sin éxito un trabajo estable, John y Arlyn pusieron a sus hijos en circulación en todos los castings de anuncios posibles. Arlyn consiguió trabajo como secretaria en unos estudios televisivos y logró así colar a su hijo River en una serie de televisión, comenzando a partir de ese momento a exprimir su cara bonita, su pelo rubio y sus habilidades como cantante. En poco tiempo, River se convirtió en la fuente de ingresos familiar. Realizó sus primeros films y su rostro pasó casi de inmediato a convertirse en un fijo en las carpetas escolares y en las paredes de las habitaciones de las jovencitas norteamericanas. De esta forma, pasó de ser explotado en época infantil a serlo en su adolescencia como uno de tantos teen-icons.  

Superada la mayoría de edad, intentó distanciarse de la imagen sexualizada que ofrecían de él las fotografías adolescentes, convirtiéndose en vehículo de muchos discursos comprometidos, desde el veganismo al pacifismo, pasando por el activismo en favor de los animales. Pero tras su fachada de joven comprometido y saludable se ocultaba otra bien distinta, de incipiente alcohólico y politoxicómano. Stricto sensu, bebiendo cerveza hasta caer en redondo o metiéndose toda la coca y heroína al alcance no estaba quebrantando su rígido veganismo. La necesidad de mantener a la familia le obligaba a no renunciar a ningún papel, por infame que fuera, cuando en realidad quería dedicarse a la música. Pero en este apartado nunca fue tomado demasiado en serio: a sus conciertos con su grupo, Aleka's Attic, solo iban enfervorizadas adolescentes.  

Tras alcanzar su cúspide artística con My Own Private Idaho, comenzó su rápido descenso hacia los infiernos de la droga. Sus últimas películas fueron catastróficas y parecía condenado a un declive artístico del que él era muy consciente. En Los Angeles empezó a frecuentar a los Ret Hot Chili Peppers, sobre todo a Flea y a John Frusciante, con los que compartió noches regadas de alcohol y drogas. Sobre todo de heroína. Y así llegó el desenlace. Fue en la noche de Halloween de 1993, en el Viper Room, el bar de Johny Depp, donde los famosos podían meterse de todo sin paparazzis revoloteando alrededor. Algo tomó allí, que se mezcló con lo que quizá llevaba ya en el cuerpo de casa, teniendo una sobredosis. Ni su hermano Joaquin ni su novia, la actriz Samantha Mathis, supieron cómo actuar, mientras River agonizaba en la acera de Sunset Bulevard. Los servicios médicos fueron llamados demasiado tarde, cuando ya no había remedio. 

Casi todos los testimonios recuerdan a River Phoenix como un joven sensible y generoso, muy creativo y comprometido con grandes causas. Sin embargo, los más cercanos también podían hablar de sus tendencias autodestructivas. El joven actor que buscó desesperadamente alejarse de la superficialidad de Hollywood acabó convertido en uno de sus más ejemplarizantes muñecos rotos. Creció con la conciencia trágica de haber heredado los hábitos alcohólicos de su padre, sintiéndose muchas veces explotado y abandonado por su propia familia, de la que se sentía al mismo tiempo muy dependiente. Para la posteridad ha dejado algunas actuaciones memorables, otras no tanto. Se dice de él que se metía tanto en los personajes que no sabía salir de ellos, siendo en parte devorado por ellos, como le sucederá también a su hermano Joaquin. La interpretación y el cine eran para él tanto una fuente de placeres como de odios. Detestaba la parte superficial de promociones y entrevistas, que saboteaba siempre que podía, pero parecía interesarse por otras facetas del cine, dando consejos de casting o reescribiendo diálogos. Algunas escenas de sus películas se deben casi por completo a su concepción (como la escena de la hoguera de My Own Private Idaho). Con la actuación, al igual que con la droga, encontró un mecanismo para huir de sí mismo. 

En realidad no he visto todas sus películas, pero creo que con las completadas he tenido más que suficiente, pues hay algunas bastante mediocres. Vamos a hacer un repaso a algunas de ellas. 

Cuenta conmigo / Stand by me (1986, Rob Reiner)

Película del director de This is Spinal Tap, La princesa prometida y Misery, basada en una historia de Stephen King (The Body), se puede encuadrar en el género ochentero de "aventuras de pandilla de niños", ese que ha pretendido resucitar la serie Stranger Things. En cuanto tal, se asienta en múltiples clichés, siendo el más importante la característica definitoria de cada miembro de la pandilla. Está el miedoso, el loco, el sensible, el líder...River Phoenix encarga a Chris Chambers, un niño conflictivo y desatendido, que ejerce un liderazgo suave sobre sus amigos, aunando rudeza y sensibilidad. Este fue el papel que catapultó a la fama a River Phoenix, a la manera de un niño prodigio. A nivel personal, le pudo resultar fácil trasladar a la ficción el rol paternal que ya ejercía en la realidad con sus hermanas y su hermano pequeño. 

La película no está mal si se ve con ojos inocentes, aunque tiene un tono spielberguiano un tanto relamido, que provoca que la pátina de ternura que recubre el film sea un tanto excesiva. Sus grandes aciertos radican en la naturalidad con la que los niños se relacionan entre sí y algún que otro plano en el que los personajes aparecen empequeñecidos ante la naturaleza. Es una película que se puede ver con la ligereza y la falta de compromiso con la que se ve una película de sobremesa. Aunque en realidad son inquietantes los ecos que traza la película con la propia tragedia vital de River Phoenix 



Un lugar en ninguna parte / Running on Empty (1988, Sidney Lumet)

Película dirigida por Sidney Lumet, uno de los grandes directores norteamericanos en la transición entre la generación de los grandes estudios y la del Nuevo Hollywood. Dirigió películas como Doce hombres sin piedad, El prestamista, La colina, Tarde de perros, Network o El veredicto, todas ellas películas "clásicas", dominadas por el compromiso social y por una estética funcional, con una puesta en escena invisible. En esta ocasión, se trata de un drama familiar, pero enfocado desde un ángulo diferente. La familia Pope está marcada por un pasado de activismo antibelicista. Annie (Christine Lahti) y Arthur Pope (Judd Hirsch) formaron parte de un grupo izquierdista que atentó en 1970 contra una fábrica de napalm en plena guerra del Vietnam, con la consecuencia involuntaria de que un trabajador quedó gravemente herido. Por ello todavía son perseguidos por el FBI, y tanto ellos como sus dos hijos deben mudarse constantemente, cambiando de ciudad y de nombre. Esta es la premisa de la que parte la película. No solo la película pretende responder a cómo se vive en la clandestinidad, sino que el enfoque es más complejo: ¿Cómo asumir las consecuencias involuntarias que un acto del pasado tiene en la vida presente de los propios hijos? 

Como en todas las películas de Lumet, la puesta en escena está al servicio de la narración y de las interpretaciones de los actores y actrices. La cámara se difumina, evita los movimientos bruscos y los ángulos difíciles, y fluye con tomas largas, que permiten que las emociones se expresen en su justa medida. A pesar de una tendencia constante al plano general, ofrece primeros planos cuando son necesarios, siempre al servicio de la historia que se cuenta. La técnica es tan artesanal como invisible, no exenta de refinamiento. Por ello los actores se lucen, tanto los padres, como el propio River Phoenix en el papel de Danny, el hijo mayor. Para él ha llegado el momento de las decisiones: crecer en libertad, siguiendo un propio camino, aunque ello signifique traicionar los ideales familiares, o mantenerse fiel a ellos, renunciando a la propia autonomía.

El propio River Phoenix no era del todo ajeno a este tipo de decisiones, y por ello quizá se acopló tan bien al papel del indeciso, distante y un tanto arrogante Danny Pope. Su propia familia también había tenido una vida errante, tanto o más trágica que la de los Pope. También ellos habían cuestionado la forma de vida norteamericana, pero no desde la izquierda, sino desde un hippismo que acabó en los brazos de una secta. También el propio River Phoenix sintió el peso de su familia sobre las espaldas, la necesidad de ser fiel a unos ideales aunque el camino marcado por la industria de Hollywood fuese justo el contrario. Sin duda su familia no fue tan ejemplar ni modélica como la de los Pope, comprometidos pero al fin y al cabo indulgentes y humanos. Esta conjunción de aspectos personales y manga ancha otorgada por el director permitió que River Phoenix realizase una actuación formidable (como la de todo el reparto), quizá la mejor de toda su carrera. 





La última apuesta / Dogfight (1991, Nancy Savoca)

La siguiente película de River Phoenix fue una apuesta arriesgada: una película menor de una directora poco conocida, centrada en los prolegómenos de la Guerra del Vietnam. Unos marines, la noche previa a embarcarse para Vietnam, se comprometen a competir en un concurso deleznable: ganará quien invite a la fiesta a la chica más fea. Eddie Birdlace (River Phoenix) consigue atraer con falsas palabras a una chica de una cafetería (Lili Taylor). Lo que no preveía el joven marine es que se iba a enamorar de la muchacha, después de humillarla en la fiesta.

La película es un drama romántico bastante predecible, con un trasfondo político muy atenuado, e incluso con moraleja. Los personajes están un poco estereotipados: la chica fea es inteligente y creativa, los marines, bravucones, estúpidos y tramposos. Solo el personaje de Phoenix rompe un poco ese esquema, al desvelar, bajo el andamiaje de pelo de cepillo y postura tiesa, la sensibilidad de un joven inmaduro. No es una mala película, pero pasó de forma bastante desapercibida en su momento y sigue siendo bastante desconocida. De hecho, el escaso éxito del que gozó hizo que su directora (Nancy Savoca) acabase centrándose en la televisión. 

A la hora de trazar paralelismos con la vida de River Phoenix, en esta ocasión el personaje se separa de la persona de forma muy nítida. Su construcción del marine sensible, que intenta ocultar sus sentimientos bajo simplicidad y rudeza, está bastante bien conseguida. Es un personaje que se deja llevar por la corriente, y en determinados momentos parece realmente estúpido. En un principio simplemente parece un personaje desagradable y aprovechado, pero luego, poco a poco, va desvelando con notable eficacia sus propias inseguridades. En general realiza una muy buena interpretación, aunque es una pena que se trate de una película tan convencional. 




Mi Idaho privado / My Own Private Idaho (1991, Gus Van Sant)

Esta quizá sea la obra más recordada de River Phoenix y sin duda la de mayor calidad artística. Contraviniendo las recomendaciones de su propia agente, Phoenix decidió hacer caso a Keanu Reeves y apostar por esta película de Gus Van Sant, que ya había conseguido un éxito de crítica con Drugstore Cowboy. Se trataba de un claro giro en su trayectoria, pues abandonaba las películas clásicas y pretendidamente comerciales para apostar por el cine independiente y de autor, con todas sus consecuencias. A nivel personal, esta película marcó también su descenso a los infiernos. Decidió vivir de forma tan intensa el mundo marginal que retrata la película (a todo color, eso sí), que se dice que esta película marcó el inicio de su coqueteo serio con las drogas duras. También aquí conoció a los Red Hot Chili Peppers (el bajista Flea tiene un pequeño papel), de los que se hizo amigo de noches y de juergas. 

My Own Private Idaho es ante todo una película arty, con grandes hallazgos visuales y sonoros. En ese sentido, se sitúa en las antípodas de Running on Empty, la otra gran película del joven Phoenix. Gus Van Sant lo sacrifica todo al estilo, pero el resultado es cuanto menos llamativo e interesante. La película combina dos historias, que no siempre encajan con armonía. Por un lado, la historia de Scott Favor (Keanu Reeves), el hijo del alcalde de Portland, que se dedica a la mala vida, vendiendo su cuerpo como prostituto, con una amistad-amor paterno-filial con Bob Pigeon (William Richert), su particular Falstaff. De hecho, toda esta parte está inspirada en los dramas de Shakespeare que ya aglutinó Orson Welles en Campanadas a medianoche. La otra historia es la de Mike Waters (River Phoenix), otro chapero que trabaja entre Seattle y Portland, pero que procede de Idaho. Este es un joven desvalido y vulnerable, que busca desesperadamente a su madre, de la que solo tiene un recuerdo tan borroso como mitificado. Para encontrarla, se embarcará con su amigo Scott en una búsqueda errática, que los llevará a Idaho y de ahí a Roma. 

De todas formas, las vicisitudes de la trama son de interés secundario. Importa más el cómo que el qué. La narración avanza de forma casi impresionista, sin verbalizar siempre las intenciones de los personajes. También se juega a desconcertar al espectador con momentos surrealistas o aleatorios. No se buscan momentos climáticos a nivel dramático o emotivo, sino a nivel formal.  En ese sentido, es una película plagada de detalles memorables, entre los que se cuela algún que otro molesto fallo de raccord. A la planicie de Idaho, con sus cielos claros en movimiento, sus carreteras interminables y sus cabañas, se le unen los paisajes de la campiña romana, húmedos y verdes. Incluso el colorido del vestuario parece tener resonancias simbólicas. Todos los aspectos estéticos de la película están muy trabajados. La película acabó siendo no solo un ejemplo audiovisual de la estética de principios de los noventa, sino también una película referente para el colectivo LGTBI.  

Por lo que respecta a River Phoenix, quizá se trate de su papel más recordado. Su retrato del chapero confuso y desorientado, abatido de tanto en tanto por crisis narcolépticas que lo dejan a merced de los extraños, es aquel por el que pasará a la pequeña historia del cine. Es significativo que esta película, que retrata con tanto colorido la marginalidad, fuese la que llevase a Phoenix a dar un paso más allá en sus adicciones. La escena más memorable, quizá en toda la trayectoria de Phoenix, está en esta película. 







Esa cosa llamada amor / The Thing Called Love (1993, Peter Bogdanovich)

Después de un 1992 dedicado a una titubeante carrera musical y a sus crecientes adicciones, su representante le buscó una película para que centrara un poco su carrera, alejándose de Los Ángeles y de los Red Hot Chili Peppers. El proyecto no podía ser menos ilusionante: una película sobre la música country centrada en Nashville. Iba a estar dirigida por Peter Bogdanovich, el que fuera el niño prodigio del Nuevo Hollywood, pero que hacía más de quince años que no rodaba una película decente. River aceptó después de ver The Last Picture Show, la obra maestra inicial de Bogdanovich. Salía también de una ruptura amorosa y necesitaba alejarse de las drogas. Las circunstancias no eran las más propicias, de manera que durante los primeros días tuvo serios problemas para hacer con un mínimo de dignidad su trabajo.

La película es tan mala que cae simpática. Se centra en un triángulo amoroso en Nashville, la ciudad del country, entre tres jóvenes compositores de canciones. Son jóvenes y prometedores, pero también enamoradizos e inestables. Todo bastante predecible. Miranda Presley (Samantha Mathis) es una joven inexperta y vitalista llegada desde Nueva York, con la intención de abrirse camino en el mundo de la música country: lo mismo que si un catalán de Barcelona quisiese aprender sevillanas. En Nashville se encontrará con Kyle Davidson (Dermot Mulroney), un cowboy sensible, pero soso, tristón y algo alcohólico, y con James Wright (River Phoenix), una futura estrella de la canción. Este es un tipo endiosado y engreído, consciente de su atractivo. Cómo no, los dos jóvenes pugnarán por el amor de la joven. Las partes pretendidamente cómicas recaen en Sandra Bullock, cuyo personaje al final parece el más creíble de la película. 

La puesta en escena propuesta por Bogdanovich es correcta. El director, aun estando de vuelta de todo, rueda la película sin errores, con algunas escenas bastante conseguidas, pero sin grandes hallazgos visuales ni sonoros. No hay riesgo y en gran parte de la película se tiene la sensación de estar viendo un telefilm. Simplemente Bogdanovich se limita a rodar con veteranía y oficio una guion bastante plano, por no decir rematadamente malo. En realidad, la historia asume como propio el leitmotiv del sueño norteamericano, aquel que empuja a luchar por los propios objetivos y a encontrar el propio camino vital. La misma historia, en otro ambiente, quizá en la escena grunge de Seattle, hubiese funcionado. El triángulo amoroso no deja de ser una historia universal e incluso se podría caer en la tentación de pensar que se trata de un homenaje de Bogdanovich a su amado Truffaut, en concreto a su triángulo de Jules y Jim, aunque de forma menos graciosa y vitalista.

De todas formas, no todo es negativo: el personaje de Samantha Mathis está algo empoderado, y es capaz de poner en algunas ocasiones a los hombres en su sitio. River Phoenix crea un personaje bastante desagradable, taciturno y engreído, buscapleitos, machista y un tanto narcisista, un tipo tóxico en definitiva, pero que, al final, dados los códigos imperantes, queda un poco blanqueado. La interpretación de River Phoenix es cuanto menos extraña: pero si pretendía crear a un personaje algo gilipollas, lo logra. En los momentos musicales despliega un histrionismo excesivo, involuntariamente cómico, como si fuese Jack Nicholson. En el resto de ocasiones, su personaje parece completamente agotado, fuera de onda, asqueado de todo, como si fuese Marlon Brando. Ese River Phoenix me gusta, como si le costase mantenerse en pie o mirar directamente a los ojos de sus compañeros de reparto. Susurra las frases, con un acento extraño (quizá imitando el acento tejano). Phoenix interpreta al personaje un poco fuera de sí mismo, como si lo acompañara, como si comentara sus acciones. Dota al personaje de mucha oscuridad. La película no llegó a tener mucha difusión, pues apenas se estrenó en salas al coincidir con su fallecimiento.







Dark Blood (2012, George Sluizer) Estreno póstumo

Película maldita. Se trataba de un proyecto muy querido por el director holandés George Sluizer, conocido por La Desaparición (Spoorloos), película inquietante que recibió bastantes elogios, incluso de Kubrick (que pensó utilizar a la protagonista, Johanna ter Stegge, para uno de sus proyectos no realizados de los noventa). Tras la muerte de Phoenix antes de finalizar el rodaje, la película incompleta quedó guardada en un cajón, con riesgo de desaparecer, hasta que el propio Sluizer decidió montarla y estrenarla en 2012. Las escenas que no pudieron ser rodadas son narradas por el director, con lo cual la película puede decirse que está unida de forma un tanto inestable. A pesar de que un recurso así podría sacar al espectador de la historia contada, los momentos de voz en off resultan efectivos, aunque se tenga la impresión de que a la película muchas veces le faltan planos (en especial, faltan primeros planos, sobre todo de Phoenix, ya que todavía no habían sido rodados). Todo ello da a la película un carácter distanciado, casi involuntariamente vanguardista. Podría ser una obra inacabada inmortal, una especie de El hombre sin atributos o El castillo, pero no llega a tanto, ni mucho menos. En realidad es un quiero y no puedo en toda regla. 

La película cuenta con una buena fotografía y su trama es simple: una pareja de actores de Hollywood (Judy Davis y Jonathan Pryce) están intentando salvar su matrimonio con un viaje a través de la Norteamérica vacía, cuando su coche se queda parado en mitad del desierto. Allí son rescatados por the boy (River Phoenix), un joven viudo que vive en una cabaña en mitad del desierto, cazando lo que encuentra y esculpiendo pequeñas tallas de ídolos hopi, que almacena en una cueva o búnker, de extrañas resonancias espirituales. Es un personaje ambiguo, del que nunca se saben sus intenciones auténticas. Phoenix no muestra ese carácter anestesiado que había mostrado en The thing called love, aunque se le ve alejado de sus momentos más enérgicos y convincentes. A veces recita el diálogo como un papagayo (se dice que tuvo serios problemas para memorizar sus líneas, debido a su dislexia). La delgadez del personaje podría ser resultado de una decisión del propio Phoenix (crear un personaje que se alimenta de lo poco que encuentra en el desierto) o el resultado más palpable de sus adicciones. En el fondo tiene demasiada pinta de yonqui. 

El rodaje fue un suplicio, con Judy Davis haciendo la vida imposible tanto a River Phoenix como al propio director. Tanto es así que las escenas de contenido erótico se dejaron para el final, puesto que Phoenix no deseaba tener ningún contacto con una mujer que se burlaba repetidamente de él. Tales escenas nunca llegaron a rodarse. River Phoenix murió con la idea de que iba a tener difícil encontrar nuevos papeles si se desvelaban sus adicciones, más todavía después de sus últimos papeles en películas, que él mismo consideraba de serie-B. Quién sabe si, completada de forma normal, esta película hubiera podido ser más trascendente de lo que es, o cuanto menos más recordada.




martes, 7 de noviembre de 2023

ROMA

 

Palazzo dei conservatori (Coloso de Constantino) en El vientre del arquitecto (Peter Greenaway, 1987)

San Juan de Letrán en Tommaso (Abel Ferrara, 2019)

Via dei Tre Archi en Roma (Federico Fellini, 1972)


Piazza di San Bartolomeo all'Isola en Night on Earth (Jim Jarmusch, 1991)

Piazza del Popolo en My Own Private Idaho (Gus Van Sant, 1991) 



Murallas aurelianas en Caro diario (Nanni Moretti, 1993)

Acqua Claudia en Mamma Roma (Pier Paolo Pasolini, 1962)

Santa Maria della Pace en La Luna (Bernardo Bertolucci, 1979)


Coliseo en La Grande Bellezza (Paolo Sorrentino, 2013)


Fontana di Trevi en La dolce vita (Federico Fellini, 1960)

Quartiere Coppedè en Inferno (Dario Argento, 1980)


Piazza del Gesù en Esterno notte (Marco Bellocchio, 2022)


San Pedro del Vaticano en Brutti, sporchi e cattivi (Ettore Scola, 1976)

Palazzo della Civiltà Italiana en Pasolini (Abel Ferrara, 2014)

Ponte di Sant'Angelo en Accattone (Pier Paolo Pasolini, 1961)

Torre piezometrica dell'Eur en L'eclisse (Michalengelo Antonioni, 1962)


jueves, 26 de octubre de 2023

40 AÑOS

 Hace diez años realicé, con motivo de mi trigésimo aniversario, una selección rápida y poco reflexionada de 30 objetos culturales o lugares que habían marcado mi vida, por decirlo de un modo un tanto pedante y grandilocuente. Ahora, cumplidos los cuarenta, me dispongo a hacer lo mismo, por aquello de mantener las tradiciones creadas a lo largo de una vida. Repito la elaboración de la lista con la única norma autoimpuesta de no repetir ningún elemento que apareciese en la antigua lista de los 30, seleccionando esta vez, con la misma premura y falta de reflexión, 40 objetos culturales, lugares y acontecimientos que me han llamado la atención de alguna u otra forma, sin que ello signifique, ni mucho menos, que sean los mejores, los imprescindibles, los más importantes, ni los más nada. Es más, quizá mañana, en otras circunstancias, podría elaborar una lista completamente diferente. Así que tómese esta lista por lo que es: un mero divertimento fútil, sin pretensiones canónicas, y sí con mucho de efímero.  


5. libros

1. Rascacielos (J.G. Ballard, 1975). Este librito debe ser interpretado como una gran broma. Gélida, eso sí. La prosa precisa y burlona de Ballard describe con gran frialdad el proceso de degeneración física de un rascacielos de reciente construcción. Con el paso de lo días, los vecinos dejan en suspenso todo límite moral o cultural, desatándose una lucha tribal entre clanes, con una clara lectura social: la clase baja de los pisos inferiores, representada por el salvaje Wilder, la clase media representada por el acomodaticio Laing y la clase alta de los pisos superiores y del ático, representada por el distante Royal.





2. Guerra y guerra (László Krasznahorkai, 1999). Un inadaptado e ingenuo archivero de un pueblo perdido de Hungría descubre un deslumbrante manuscrito, tomando la decisión de compartirlo con el mundo. Para ello considera oportuno abandonar toda su vida y viajar a Nueva York, a la capital cultural mundial, para pasar a limpio el manuscrito en internet. Ese misterioso manuscrito, contado siempre en boca de Korin el archivero, es un canto a la belleza del mundo antes de los momentos de destrucción. 





3. Confesiones de una máscara (Yukio Mishima, 1949). Un bildungsroman sobre la ambivalencia y la indefinición sexual de un joven de buena familia en unos tiempos bastante convulsos para Japón. La historia es un trasunto de la vida del propio autor, dolido por ser declarado no apto para la guerra (sí, era un facha) y contrariado por sus deseos homosexuales y su gusto por la violencia. Es uno de esos libros que, como los anteriores, tiene una prosa para paladear, además de una dosis equilibrada de lirismo y cinismo. 




4. The Sonnets (William Shakespare, publicados en 1609, escritos seguramente entre 1593 y 1597). Invoco ahora a la gran figura sin discusiones de la literatura mundial, o cuanto menos anglosajona, con una de sus obras no tan conocidas, al menos no tanto como sus piezas teatrales. No soy yo un especial amante de la literatura anglosajona y mucho menos de ese idioma, pero estas piezas de Shakespeare destacan por su modernidad prosaica, por la capacidad para crear potentes imágenes, por su sentido del humor e incluso por la reiteración un tanto tediosa de algunos temas. Incluso estos sonetos tienen personajes, enigmáticos y esquivos, solo creados a partir de la voz del poeta: un triángulo amoroso, de rivalidades y pasiones, formado por el Fair Youth, la Dark Lady y el Rival Poet. 



5. La extracción de la piedra de la locura. Otros poemas (Alejandra Pizarnik, 1968 - 1971). Y finalizo la parte de la literatura con otro libro de poesía. Poesía y relato corto, para ser sinceros. Cuánta oscuridad, cuantas tinieblas, cuántas noches de pesadilla loca, con lobos y muñecas martirizadas, hay en los versos y en los cuentos de Pizarnik, sobre todo en ese estremecedor relato sangriento sobre Madame Bathory, que habría hecho las delicias del mismísimo Sade. 









5. obras de arte

6. Ajuar funerario de tumba KV62, perteneciente a Tutankamón (1334 - 1325 a.C.). Tengo que reconocer que nunca fui un gran admirador del arte egipcio hasta que lo vi en directo: y más que por el lujo exótico que se le asocia, todo ese oropel vomitivo que tanto ha explotado Hollywood y sus idólatras, lo que más me llamó la atención del arte egipcio fue su clasicismo. Está todo el arte occidental resumido y condensado en los tres largos milenios de civilización egipcia. Así que, a la hora de elegir, me quedo con todo lo relacionado con Tutankamón: no por el misterio que desprende su figura, sino por el revoltijo de objetos que encontró Carter al abrir su tumba. Me encanta ese desorden, la acumulación desbordante y psicótica que hay detrás de todo ello. La máscara, el sarcófago, las joyas, la silla, los juegos de mesa, el chacal, los guardianes, los carros: todos ellos objetos deslumbrantes y cotidianos de un mundo perdido.




7. De Staalmeesters (Rembrandt van Rijn, 1662). ¿Nos están realmente mirando? Siempre me lo pregunto. He tenido la oportunidad de ver esta obra en dos ocasiones, y en ambas me he quedado pensativo, paralizado, como si esos personajes retratados por Rembrandt, los síndicos de los pañeros, me observasen (e incluso me recriminasen algo con la mirada) desde su mundo ya perdido. Las obras de Rembrandt siempre nos interrogan. Hay pocas pinturas que capten tan bien un instante efímero como esta. 




8. La boda campesina (Pieter Brueghel el Viejo, 1568). Las Bodas de Canaán flamencas, con el humor característico de Brueghel, así como con su dominio de la composición y el color. Podría escoger cualquier obra de Brueghel, puesto que son obras en las que demorarse en sus  innumerables detalles (el fondo abarrotado del pajar, la cara de lelo del novio, la rebanada de pan con mantequilla, ya mordida, sobre el regazo de la niña en primer término...). Sin embargo, la miríada de detalles no apabulla, sino que está contrastada por la rotundidad, por el peso casi clásico, de sus figuras. Brueghel hizo de sus vulgares paisanos precedentes cómicos de aquellas esculturas soviéticas de campesinos épicos.  





9. El friso de Beethoven (Gustav Klimt, 1902). Este ciclo responde a una época, marcada por el simbolismo y la misoginia. La obra es un reflejo de los delirios de grandeza de la época, así como el anhelo de una tímida liberación sexual, ensombrecida por pesadillas sifilíticas. Destacan las líneas sinuosas, la palidez y delgadez de los cuerpos femeninos, los toques dorados y, sobre todo, la brutal bestia, mitad mono, mitad serpiente emplumada, rodeada de cadáveres. Esa figura del mono bestial siempre me ha cautivado, me considero un ferviente admirador de esa bestia. 






10. Invasion (Martha Rosler, 2008). Vi esta obra hace unos años en el IVAM, en concreto en 2019, un año en el que, aparte de trabajar yo justo al lado (pudiendo ir al museo en los tiempos muertos), se dio la casualidad que hubo una concatenación deslumbrante de exposiciones. Esta obra me llamó poderosamente la atención, y curiosamente no he investigado nada más desde entonces sobre ella, ni de la autora ni de su origen. (En realidad la he rescatado esta misma mañana de uno de los folletos que conservo de aquel día y la he puesto para, en primer lugar, poner una mujer, y en segundo, poner una obra de una artista que ni siquiera yo conozco y cuyo nombre no recordaba hasta que lo he vuelto a leer). 






5. discos



11. Tenco (Luigi Tenco, 1966). Siempre me he sentido atraído por la canción melódica italiana, de la que quizá Tenco sea su ángel triste y su poeta maldito. En este disco se compendian sus mejores canciones y en los diferentes registros de su voz se aprecia todo lo que podría haber dado de sí, de no haberse quitado la vida de un tiro en la cabeza, solamente un año después. El mood de Tenco oscila de la melancolía de algunas canciones (Lontano, lontano; Un giorno dopo l'altro), no exentas de lucidez, a la rabia e indignación ante las injusticias de otras, en consonancia con la moda de la época. El quiebro final de la voz de Come tanti altri está cargado de oscuridad.







12. Tranquility Base Hotel & Casino (Arctic Monkeys, 2018). Este disco, en el que está todo bien (la música, la voz, el diseño), me recuerda al futuro. O más bien a la visión que se tenía del futuro en el pasado, como en 2001, una odisea en el espacio. Durante un tiempo lo escuché demasiado al ir al trabajo y quizá por eso hoy lo tengo algo olvidado, pero me fascina esa mezcla rara entre viaje a la luna, baladas de crooner y descripción de un hotel. Está claro que es obra de alguien inspirado en su infancia-adolescencia por el llamado efecto 2000, aquella fascinación expectante por el nuevo milenio, que se prometía plagado de viajes al espacio y modernidades setenteras, y que luego, a la hora de la verdad, no nos deparó ni un mísero fallo informático global.  




13. Giubbe rosse (Franco Battiato, 1989). Es difícil escoger solo un disco en la prolífica carrera de Battiato, en la que abundan las letras fascinantes, casi siempre a mitad camino entre la poesía, la mixtura de referencias cultas y referencias pop y la enumeración de recuerdos, al modo de un Amarcord musical. En cada uno de los discos del Maestro, sobre todo los que van de 1979 a 1991, hay dos o tres canciones geniales. Me quedo finalmente con este de versiones en directo, ya que recopila algunas de sus piezas más icónicas (Voglio vederti danzare, Centro di gravità permamente), incluyendo además esa magnífica obra titulada Mesopotamia, que no figura en ninguno de sus discos de estudio, pero que contiene uno de sus versos más sublimes, a modo de pregunta sin respuesta: Che cosa resterà di me, del transito terrestre, di tutte le impressione che avuto in questa vita?.  






14. Unidad de desplazamiento (Los Planetas, 2000). Cuando se habla del conjunto granadino, los entendidos suelen hacer referencia a Una semana en el motor de un autobús como su disco principal. No les falta razón, ya que se trata de un disco genial a su manera, a pesar de ser una defensa de la vida politoxicómana. Sin embargo, he escogido su siguiente disco, ya que fue el primero que escuché de ellos. Cuenta con ese gran himno a la cotidianeidad (y a la drogadicción) que es Un buen día, con referencia incluida a Mendieta, y algunas de sus mejores piezas de su vertiente místico-politoxicómana, como En tierras altas. Otro de sus momentos más intensos es Santos que yo te pinte, en el que se fusiona su vertiente más sanjuandelacruciana con la pasivo-agresiva tan habitual (y denunciable) del grupo. Me gusta además la pieza instrumental que abre el disco, Flotando sobre loscos, que introduce al oyente en un territorio inestable, brumoso y complejo. 





15.  Duat (Cuchillo, 2010). Este disco lo recuerdo de un breve periodo oscuro de mi vida, no demasiado intenso en cuanto a tinieblas, todo sea dicho. El disco está muy bien, es breve y prácticamente todo instrumental: tiene buenos momentos, no como el siguiente disco del grupo catalán, que ya me gustó un poco menos, aunque fuese más solar y divertido. Este toma el título del inframundo egipcio, ese reino de las tinieblas en el que el dios solar tiene que abrirse paso a machetazos (es un decir). Tiene la pastosidad de una pesadilla acuosa que no se disipa del todo, dejando un olor a terreno brumoso en el que es difícil caminar, con destellos de luz que recuerdan un poco a Popol Vuh, aquel grupo de krautrock alemán que acompañaba con su música a las películas setenteras de Werner Herzog. 






5. películas

16. Lazzaro felice (Alice Rohrwacher, 2018). En este ejemplo de neorrealismo mágico actual se compendian algunos de los grandes temas del cine italiano de siempre: las relaciones sociales, lo rural, el interés por los vagabundos, la representación de la bondad incontaminada, el engaño, la fantasía... A veces es difícil empatizar con el candor excesivo de Lazzaro, que raya la idiotez, también con la verborrea embaucadora de Tancredo, pero estos detalles otorgan la distancia necesaria para hacer de esta obra una fábula y un reflejo poético del mundo, que a veces recuerda a aquellas películas de Pasolini con Totò. 






17. Bad Lieutenant (Abel Ferrara, 1992). Siempre que veo esta película me pregunto cómo el personaje principal puede seguir con vida después de una ingesta tan brutal y continuada de todo tipo de drogas. Cocaína, heroína, crack, ludopatía desenfrenada, un poco de sexo turbio e incluso un asalto sexual con abuso de poder de por medio...Harvey Keitel está en estado de gracia, sin filtros, completamente expuesto, y me encanta por ello. Pero lo que realmente más me gusta de la película es el seguimiento de los partidos de la final de béisbol (en serio).






18. Love exposure (Sion Sono, 2008). Es una película larga, que ha sido superada en muchos aspectos (ay, esa denunciable sexualización constante de las jovencitas en el mundo japonés), pero es difícil no quedar atrapado por la maraña de temáticas dispares que mezcla con asombrosa naturalidad (amor adolescente, la visión irónica de la confesión y del pecado, el mundo del hentai japonés, catolicismo y sectas, travestismo, violencia tarantiniana y un poco de comedia de enredo). Reconozco que es una peli de frikis, quizá excesivamente. Pero me gusta ese constante juego entre el pudor, el voyeurismo  (es difícil olvidar al príncipe de los pervertidos) y la constante ambigüedad sexual.
 




19. Aftersun (Charlotte Wells, 2022). Es película intensa (intensita incluso, dados los tiempos que corren), pero también sincera y autobiográfica. Me gusta que renuncie a efectismos y a dramatismos excesivos, y que en muchas ocasiones sea una película de ver la vida pasar. Pero ese discurrir está marcado por el doloroso contraste entre la vitalidad y curiosidad de la niña y los bajones depresivos de su padre. Para rematar, es una película con grandes hallazgos visuales. Tengo que reconocer que es una película sobrecogedora.




20. Only yesterday (Isao Takahata, 1991). Es pensar en Takahata e inmediatamente siento como si algo se me hubiera metido en los ojos. Está en una cima inalcanzable para mí en cuanto a bondad y humanismo... Pero antes que la dolorosa La tumba de las luciérnagas, una de esas películas de un solo visionado (por lo devastadora que es), me quedo con este cuento de aceptación y maduración, y rememoración de los sinsabores y aprendizajes dolorosos de la infancia, realizado con una sensibilidad exquisita y una capacidad para remover los sentimientos internos (al menos los míos) muy efectiva.  





5. programas de la tele 

21. Intro de Bola de Drac (Akira Toriyama, emitido en Canal 9 a partir de 1991). Ahora no la reponen al considerar inadecuada la sexualización constante de los personajes femeninos, y me parece buena decisión. Pero su intro es difícil de olvidar para un niño crecido en los noventa, dado el magnífico y dinámico dibujo de Akira Toriyama, así como la pegadiza canción en valenciano.




22. The Simpsons (solo la edad de oro, temporadas entre 1991 y 1998 aproximadamente). Uno se da cuenta de que se hace viejo cuando las referencias a los Simpsons, aquellas de la edad de oro, son incomprensibles para las nuevas generaciones. Cuántos personajes inolvidables, cuántas citas cinéfilas, cuantos momentos random que vienen a la cabeza. Es una pena que una serie así haya tenido una decadencia tan prolongada. Recuerdo todavía el primer capítulo que vi, allá por 1992, Viva la vendimia. En aquel capítulo, un estudiante de intercambio albanés fotografía toda la central nuclear, gracias a la ineptitud de Homer, mientras Bart viaja a Francia, donde lo explotan unos borrachos franceses.  




23. ¡Qué grande es el cine! (emitido entre 1995 y 2005). Quizá muchas de las opiniones de la tertulia del programa me resulten hoy un tanto anticuadas e incómodas, y nunca compartí la fascinación del grupo por el cine clásico (de Joguar Jocs), pero era un placer escuchar a Garci con su lista de acontecimientos de cada año y a Miguel Marías con su voz profunda, su pipa y sus siempre certeras y concisas observaciones. También a Lamet con su voz nasal y sus loas a Antonioni. Allí debía oler a cerrado, con tanto hombre y tanto cigarro, pero la verdad es que aprendí mucho de cine con ese programa.




24. El día después (en su versión con Nacho Lewin y Michael Robinson, entre 1992 y 1993). De este programa sobre fútbol recuerdo sobre todo un especial sobre los grandes futbolistas de todos los tiempos (Di Stefano, Pelé, Cruyff y Maradona) que grabamos en casa en VHS. Lo podría hoy citar de memoria. También recuerdo con mucha intensidad la sección de Lo que el ojo no ve, que era motivo de conversación al día siguiente en clase, así como la maqueta del estadio de Atocha. Y cómo no, al añorado Michael Robinson.




25. Retransmisiones del Giro de Italia en Telecinco (1993, 1994 y 1995). Los comentarios en el plató de J.J. Santos eran insoportables y patrioteros, al igual que los incisos técnicos de Oswaldo Menéndez y Jaime Ugarte. Eran los años de la indurainmanía, e incluso un niño como yo se daba cuenta de la parcialidad un poco forofa de los comentaristas. ¡Pero era el Giro, era Italia en primavera, en directo, en las tardes de junio cuando no había que ir ya a la escuela! Eran Argentin, Ugrumov, Berzin, Pantani y todos los demás, en los años buenos de Telecinco, cuando también daban los Caballeros del Zodiaco: una inolvidable experiencia.





5. lugares

26. Sala Nova del Palau de la Generalitat, València (1540 - 1593). Todo el Palau de la Generalitat me gusta y aprecio notablemente que se abriese al público desde 2015. Durante mucho tiempo constituía un recuerdo de la infancia, de una de aquellas visitas escolares, pero desde 2015 entro siempre que veo sus puertas abiertas (temo que lo vuelvan a cerrar al público en cualquier momento). Sin duda es la Sala Nova lo que más me gusta. Todo en ella es hermoso: el pavimento, la cerámica del zócalo, el artesonado y, sobre todo, sus pinturas de los tres estamentos del reino foral de València, el braç militar, el braç eclesiàstic y los representantes de las ciudades, sobre la quatribarrada. 




27. Biblioteca Pública de València, antiguo hospital (1547). Antiguo hospital psiquiátrico, uno de los más antiguos de Europa, no figura en la lista por ese detalle. Ni siquiera por su arquitectura, aunque cuente con un bonito espacio cupulado central. Actualmente es una biblioteca, una de las más grandes de la ciudad, ubicada en el centro, y uno de mis lugares preferidos, refugio de estudiantes, vagabundos y jubilados, pero también espacio de tranquilidad y lectura en una ciudad que muchas veces le da la espalda a la calma y al sosiego. 




28. Ouden Haven y Kubuswoningen, Rotterdam. Solo he estado en una ocasión en esta ciudad, pero me pareció un viaje al escenario de La naranja mecánica. Al poco de llegar a la ciudad, tuve la sensación de encontrarme en un centro comercial al aire libre, bastante soso; pero a medida que nuestro paseo progresaba, fui descubriendo lugares insólitos: el estrafalario mercado, a modo de túnel, con unos dibujos gigantescos de frutas; las viviendas cubo, todo un viaje al futuro imaginado en los setenta, y, sobre todo, el reducido puerto antiguo, un mezcla extraña de modernidad y tradición, un lugar de especial magnetismo y calma en el que disfrutar del atardecer con una buena cerveza. 





29. Museo del Prado. Es un lugar en el que me siento cómodo, aunque me moleste un tanto la solemnidad que lo rodea. Es un lugar en el que, a pesar de sus multitudes y de todos los actos que intentan asociarlo de forma grandilocuente a la marca España, puedo sentirme solo y en paz, completamente arropado. En él, en sucesivas visitas he encontrado un lugar en el que demorarme en la contemplación de ciertos cuadros, que no han tenido cabida en la sección correspondiente: El jardín de las delicias de El Bosco y todas las pinturas negras de Goya. 




30. Koppenberg. He puesto muy poco de mi obsesión por el ciclismo en esta lista. Tengo que resbalar y caer de alguna forma en esta filia mía, que me arrebata tanto tiempo. Mi segundo viaje a Flandes, realizado hace unos años, no tuvo más objeto que visitar algunos lugares señalados del Tour de Flandes así como dos museos de ciclismo. Pero más allá de eso, en la cima del Koppenberg (apenas una colina) hallé una sensación de paz difícilmente descriptible. De no haber sido así, el Koppenberg no habría aparecido en esta lista. Sentí algo parecido a la sensación de duración de la que hablaba Peter Handke. La luz dorada de un atardecer de verano penetraba tímidamente entre los árboles e iluminaba el prado contiguo, donde pacía una vaca silenciosa, mientras un ligero viento mecía suavemente las ramas: lo describo y me siento otra vez allí.




5. personajes de cómic

31. Ocatarinetabelachitchix, personaje corso de Astérix y Obélix (Astérix en Córcega, Uderzo & Goscinny, 1973). De Astérix y Obélix siempre me gustaron sus caricaturas nacionales. Era la forma con la que la dupla de Uderzo y Goscinny creaban cierto sentimiento europeísta entre los niños a través de los estereotipos: el niño español, orgulloso a más no poder, que a la mínima no respira; Petitsuix el helvecio, jovial y amante del queso; los bretones, que hablan extraño y juegan con una calabaza...De todos ellos me quedo con el personaje corso Ocatarinetabelachitchix, líder de clan de mirada penetrante, con la navaja siempre preparada cuando desafían su honor y amante de los quesos apestosos. 




32. Ryuk, el shinigami de Death Note (Tsugumi Oba y Takeshi Obata, 2003 - 2006). Este manga se centra, en sus primeros volúmenes, en la rivalidad intelectual entre Light Yagami, el estudiante justiciero, y L, el detective en la sombra. Pero más que en ellos prefiero centrarme en Ryuk, la criatura del averno que deja caer el cuaderno de muerte en el mundo de los vivos para matar su aburrimiento. Observa con placer cómo se va enrevesando la trama y cómo cada vez se lía más gorda. Más allá del cinismo psicópata de Light Yagami (que también atrae lo suyo) y de la perspicacia de L, la socarronería de Ryuk es de lo mejor del manga. 




33. Gaston Lagaffe, personaje de André Franquin entre 1957 y 1990. Podría haber elegido cualquier dibujo de Ibáñez, pero prefiero su referente auténtico. Gaston es un personaje que me gusta, quizá el que me es más afín de todos los aquí representados: perezoso e ingenioso a partes iguales, su vida consiste en inventar artilugios para poder dormir un poco más durante su horario de oficina, algo por lo que yo vendería mi alma al diablo. Tiene también una vertiente protowoke, pacifista y ecologista, que lo hace casi un pionero: ¿cómo no amarlo?




34. Pompeo, de Los últimos días de Pompeo (Andrea Pazienza, 1987). El personaje más representativo de la obra de Pazienza es Zanardi, un tipo descreído y malvado, un auténtico delincuente y casi un depredador sexual. La pericia artística de Pazienza siempre es sobresaliente, pero Zanardi es un personaje demasiado oscuro, demasiado ambiguo moralmente para que me atraiga (es un auténtico hijo de puta con el que es muy complicado empatizar). Seguramente el propio Pazienza, un genio del dibujo, tuviese también él esa vertiente hijodeputesca. Me quedo por tanto con Pompeo, un personaje algo más amable, politoxicómano como el propio Pazienza, del que es un poco un autorretrato. 




35. Sakamichi Onada, Shunsuke Imaizumi y Shoukichi Naruko, personajes principales de Yowamushi Pedal, creado por Wataru Watanabe (a partir de 2008). Esta manga de ciclismo ha sido una fuente de inspiración innegable, pues un poco de forma inconsciente, me inspiré en los personajes de Imaizumi (el moreno serio) y Naruko (el pelirrojo extrovertido) para mis Pisa y Serra. El personaje de Onada, protagonista de la serie, es un poco menos atractivo: una especie de Nobita en bicicleta. 




5 periodos (con sus acontecimientos)

36. Periodo 1983 - 1991




"¡Que te pego, leche!" (03/05/1989).
Estreno en España de Teenage Mutant Ninja Turtles, seguramente la primera película que vi en el cine y de la que no recuerdo absolutamente nada (30/11/1990). 
Dimisión de Alfonso Guerra como vicepresidente, por el caso Guerra (enero 1991). En esa época era fan acérrimo de el Guerra. 
Independencia de Eslovenia y Croacia (25/06/1991). Comienzan a aparecer nuevos países en Europa como setas. 
Boris Yeltsin se sube a un tanque, no entiendo muy bien lo que pasa (20/08/1991).


37. Periodo 1991 - 1999



Se acaba la URSS (26/12/1991). Hasta el momento había sido también un fan acérrimo de Gorbachov (me gustaba pensar que en la mancha de su calva se reproducía el mapa de la URSS en rojo). 
Sitio de Sarajevo (abril 1992 - febrero 1996), la primera guerra que veo por la tele. Supongo que iba con los bosnios. 
El arquero acierta en el pebetero en la inauguración de Barcelona '92 (25/07/1992). Es el verano de Curro y Cobi. Mis padres me llevaron a Barcelona y luego a Sevilla. Recuerdo ver en directo a Javier Sotomayor, el saltador de altura cubano, y a los ex-soviéticos (la efímera CEI), que competían de verde oscuro como Equipo Unificado. Comencé a pensar en Catalunya como una civilización superior porque tenían Cacaolat y no Choleck. En Sevilla recuerdo ser acribillado por múltiples mosquitos. Me fascinó el pabellón de Japón (mucho tiempo después descubriría que era obra de Tadao Ando) (julio-agosto 1992).
Separación pacífica de República Checa y Eslovaquia. Más países en el mapa. (01/01/1993) 
Voladura del puente de Mostar (09/11/1993). 
La propaganda electoral de los doberman. Gana Aznar (marzo de 1996). 
Jesús Gil se lía a hostias con los del Compostela (08/03/1996). En clase nos aprendemos el diálogo de la pelea de memoria.   
Rebelión en Albania. En la tele se ve mucho descontrol por las calles (enero - agosto 1997).
Liberación de Ortega Lara, con chandal granate y barba larguísima. Sacan en la tele el zulo. Abandono mis fantasías infantiles de interés y obsesión por los escondites y los espacios reducidos (01/07/1997).
Concentración en el pueblo, en pleno veraneo, contra el secuestro de Miguel Ángel Blanco (13/07/1997). 
Vera y Barrionuevo entran en la cárcel (10/09/1998). 
Bombardeos de USA y Reino Unido en Irak, en clase de 2º de BUP especulamos sobre las profecías de Nostradamus y el fin del mundo (diciembre de 1998).
Bombardeos de la OTAN sobre Belgrado (marzo-junio 1999). 


38. Periodo 1999 - 2007



El "efecto 2000" no es para tanto (paso de 1999 a 2000).
ETA asesina a Ernest Lluch (21/11/2000). 
El día que todo el mundo recuerda dónde estaba (y precisamente la mayor parte estábamos viendo la tele) (11/09/2001).
La boda hortera de la hija de Aznar (05/09/2002). 
"Unos hilillos de plastilina" (05/12/2002).
Movilizaciones contra la guerra de Irak (enero - marzo 2003).
La foto de las Azores (16/03/2003).
Ejecución de Sadam Hussein (30/12/2003).
El otro día en el que todo el mundo, al menos en España, recuerda dónde estaba (11/03/2004).
Fidel Castro se mete un hostión al finalizar un discurso (21/10/2004). 
Accidente en el metro de València, en la línea 1 (que solía coger mucho en aquellos días) poco antes de la parada de Jesús. Hay 43 fallecidos, a cuyas familias se intentará comprar su silencio (03/07/2006).


39. Periodo 2007 - 2015


"Ni en desiertos remotos ni en lejanas colinas" (07/11/2007).
"¿Por qué no te callas?" (10/11/2007).
El chupito de veneno con el que se suicida Slobodan Praljak (29/11/2007).
Asesinato de Alexis Grigoropoulos (06/12/2008).
Protestas en Irán por la manipulación electoral (junio 2009). Recuerdo leer artículos sobre el tema en el periódico. 
Agresión a Berlusconi con una miniuatura del Duomo (13/12/2009).
Detención de Bernie Madoff (12/12/2008).
Estado de alarma por la huelga de controladores, yo me quedo en tierra (04/12/2010).
Dimisión de Hosni Mubarak (11/02/2011).
Strauss-Kahn detenido en Nueva York por violador (14/05/2011).
Linchamiento a Muamar al Gadafi (20/10/2011).
"Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir" (18/04/2012).
"Què coi és la udef? (11/01/2013). 
Atentado contra los dibujantes de Charlie Hebdo y una tienda kosher en París (07/01/2015).
"El caloret faller!" (25/02/2015). 
"¡Qué hostia!...¡qué hostia!" (05/05/2015)



40. Periodo 2015 - 2023




Atentado de la sala Bataclan (13/11/2015).
Una alumna me informa en mitad de clase de que se ha muerto Rita Barberá (23/11/2016).
"Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el beneficio político el suyo" (13/06/2017). 
DUI el día de mi cumpleaños (27/10/2017).
"Thin and handsome" (12/06/2018).
Salida de Franco del Valle de los Caídos (24/10/2019). 
"Esto es un adoquín" (05/11/2019).
"Uno o dos casos aislados" (20/01/2020). 
"Stop the count!" (05/11/2020).
Los redneck toman el Congreso de los Estados Unidos (06/01/2021). 
Me despierto con las imágenes en el móvil de las columnas de tanques rusas invadiendo Ucrania (24/02/2022). 
En el discurso de anexión de las repúblicas de Lugansk, Donetsk, Zaporiya y Jerson, Putin aprovecha para meter su cuñita homófoba (30/08/2022).
Ataque por sorpresa de Hamas en territorio israelí, con múltiples asesinatos y toma de rehenes (07/10/2023). 

(Esta entrada debería haberse publicado en los primeros minutos del día viernes 27 de octubre, pero por precipitación mía, ha sido publicada en los últimos minutos del jueves 26 de octubre. No pasa nada. Habrá que esperar otros diez años para hacerlo bien).